Tres estaciones

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Director y guionista: Toni Bui. Intérpretes: Don Duong, Nguyen Nogc Hiep, Tran Manh Cuong, Harvey Keitel, Zoë Bui, Nguyen Huu Duoc, Kieu Hanh. 110 min. Jóvenes-adultos.

Vietnam es un país en plena transición. En el Saigón actual van surgiendo hoteles dedicados a una elite y a turistas extranjeros. La noche muestra los mismos carteles luminosos que se pueden ver en cualquier gran urbe del planeta, anunciando idénticos productos. Pero este lujo no está destinado al pueblo, que vive en la miseria. La joven Kien An recoge lotos blancos en el lago del Maestro Dao y los vende en la ciudad. Hai y sus amigos conducen ciclotaxis, versión mejorada del ricksaw, y viven en la calle. Lan, enamorada del lujo, se prostituye en los modernos hoteles. Woody es un pequeño vendedor ambulante, Y James Hager, que combatió en los años 60, quiere hacer las paces con su pasado, y busca a la hija que abandonó durante la desastrosa evacuación del país.

Tres estaciones es un poema visual en el que Toni Bui muestra el pasado, el presente y el futuro de su país, y hace un canto a la esperanza a través de unos personajes variopintos cuyas vidas se cruzan al azar. El director-guionista da las razones de su esperanza: él confía en las personas y en unos ideales de amor y belleza que, a pesar de las apariencias, no son cosa del pasado.

Toni Bui construye las cuatro historias en difícil y riguroso paralelismo: tienen el mismo ritmo, el mismo crescendo y llegan simultáneamente a una conclusión parecida. El paso de una historia a otra viene facilitado por la magnífica fotografía de Liza Rinzler, que alcanza cotas líricas en los pasajes del lago, en el paseo otoñal por el parque y en algunos expresivos primeros planos.

La sensibilidad y la estética orientales son componentes importantes en Tres estaciones que, sin exagerar, tiene un ritmo lento y está plagada de alusiones y símbolos. El pasado es un templo en medio del lago, un mercado flotante que sigue funcionando igual que antaño, un viejo poeta y una canción popular “que me cantaba mi madre”. El presente está ahí, hecho de sudor y trabajo, y con el temor de que llegue lo malo de Occidente: unas flores de plástico que compiten con los lotos recién cortados y que “no se marchitan ni envejecen”; la gente que vive en los hoteles, que, como dirá la prostituta Lan, “no son como nosotros y yo quiero ser como ellos”. “Hay otras formas de ganar dinero”, le responde Hai. Este, el conductor de ciclotaxi que, cuando no tiene pasajero, se dedica a leer, es todo un símbolo, amable y sereno, de todo lo bueno del pueblo llano vietnamita. El futuro está en las decisiones que toma cada personaje, en el Maestro Dao que vuelve a escribir al recordar su juventud -“única época en la que fui puro”- y en el joven Woody, que vuelve a trabajar.

En fin, una gran película, que supera las fronteras y logra un mensaje universal.

Fernando Gil-Delgado