Esperanza frente a la soledad

51 Festival de Cine de San Sebastián

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Tres elementos han caracterizado la 51 edición del Festival Internacional de Cine de San Sebastián: el descenso de calidad respecto a la edición anterior, ciertas constantes temáticas sintomáticas de la cultura occidental y la presencia del mundo islámico através de la sección Amigos y vecinos, consagrada al cine magrebí.

Sobre la calidad de las 16 películas a concurso en la Sección Oficial hay que reseñar la presencia de seis películas rodadas en vídeo digital e hinchadas a 35 mm. Lo habitual es que este sistema abarate los costes de producción a costa de los ojos del espectador, que sufre un descenso notorio de la calidad del resultado final.

Buenos días, tristeza

En cuanto a las constantes temáticas, tanto en la Sección Oficial como en Zabaltegi -una selección de cine actual- numerosas películas giraron en torno a la soledad y a la insatisfacción vital. La soledad que predomina en el cine occidental es fundamentalmente afectiva, aunque también hay espacio para un formato más radical, el de la falta de sentido de la vida. En algunos títulos, como The Station Agent -Premio Especial del Jurado y Premio Especial SIGNIS-, se proponen salidas que permiten albergar una esperanza. Tom McCarthy, director de 34 años formado en la Escuela de Arte Dramático de Yale, se ha inventado un bello, sensible y muy divertido cruce ferroviario de tres vidas solitarias: un enano de voz portentosa, un cubano cascabelero que regenta un bar rodante y una pintora traumada por la pérdida de un hijo. Ninguna película fue más aplaudida en el Kursaal, sede del Festival.

Sin embargo, en la mayoría de las películas exhibidas, la ausencia de positividad tiene la última palabra, como es el caso de La herencia, sorprendente Premio del Jurado al mejor guión. Esta película del danés Per Fly es un retrato descarnado de cómo una vida familiar feliz puede llegar a ser incompatible con una existencia entregada sin reservas a los negocios.

En otras películas, la soledad y el sinsentido nihilista desembocan en un trastorno de la personalidad, como en las francesas Mi hermano, de Patrice Chereau -la cinta más atea del certamen-, y Los cuerpos impacientes, de Xavier Giannoli, donde se llega a incluso a la aberración. Schussangst, producción alemana dirigida por un georgiano y polémica ganadora de la Concha de Oro a la mejor película, también se incluye en esta categoría.

De un modo distinto, En la ciudad, del español Cesc Gay, contempla el mapa afectivo de un grupo de amigos barceloneses que rondan los cuarenta: algunos, ya casados con hijos, otros con amoríos diversos, y algunos, disponibles. Todos, de un modo u otro, viven instalados en la mentira y en la consiguiente incomunicación. Cesc Gay muestra un panorama que obviamente denuncia, ya que nadie alcanza la felicidad en el film, pero no propone alternativas, de modo que no salva a ningún personaje.

Un cierto optimismo

A pesar de este panorama de vacío y soledad, ha habido algunos títulos que reflejan una mirada positiva sobre la realidad. Por ejemplo, Camino en las nubes, del debutante brasileño Vicente Amorim, una singular road movie en la que una familia se desplaza por todo Brasil en busca de trabajo. Pobres y sufrientes, hacen más de tres mil kilómetros azarosos -desde Paraiba a Río-, pero siempre alegrados por el vínculo de su unidad. Aunque el padre mantiene algunos comportamientos discutibles, en general la película es un canto a la familia y a la libertad.

Otro testimonio de optimismo es la alemana Cuando llegue mi hombre. La película presenta un personaje simplicísimo, al estilo de la felliniana Cabiria, que participa espontáneamente de una actitud positiva hacia la realidad. Esta disposición, quizá demasiado primaria, le hace percibir más de lo que hay. Pero ello no le conduce al escepticismo sino a un volver a empezar sin sombra de rencor.

La flaqueza del bolchevique, de Manuel Martín Cuenca, adapta la novela del español Lorenzo Silva. Relata una historia urbana tan hermosa como tremenda. Un ejecutivo madrileño, hastiado entre atascos, aeropuertos, reuniones y auditorías, se ha vuelto cínico y amargado. Un día descubre a una hermosa adolescente que le cambiará la vida. Pablo no es un pervertido, ni busca nada morboso con ella, sencillamente le deslumbra, y estar con ella, pasear y charlar se convierte en un oasis donde vuelve a sentirse humano y a redescubrir la belleza del mundo. La pena es un final que da al traste con la esperanza.

Por último, el veterano cineasta cubano Fernando Pérez inauguró el Festival con Suite Habana, singular documental que ha merecido el Gran Premio SIGNIS. En realidad no es un documental, sino una serie de estampas cotidianas de la vida de gente corriente en La Habana, durante un lapso de 12 horas. Película sin diálogos, sin trama convencional, únicamente nos muestra el vivir silencioso de tantos cubanos que, a pesar de su postración, luchan y alimentan sus deseos y aspiraciones más humanas.

Un oasis de religiosidad

El premio Futur Talent, que otorga SIGNIS, fue para el debutante iraquí Amer Alwan, que en coproducción con Francia, dirige Zaman, el hombre de los juncos. Se trata de una conmovedora historia de amor atravesada de una concepción muy religiosa de la vida. Zaman y su mujer han vivido siempre en los pantanos del sur de Irak. Ella padece una extraña enfermedad debida a la guerra. Consulta al único médico de la zona y éste le aconseja que vaya a la ciudad a buscar medicinas. Navegando a lo largo del Tigris, y después de innumerables esfuerzos, Zaman llega a Bagdad. Alwan, antes documentalista, logra con su primer largo de ficción una pequeña obra maestra. Cine preciso, pausado, contemplativo, en el que el entorno natural y los primeros planos de los personajes se armonizan maravillosamente al servicio de una historia sencilla en su trama pero densísima por su calado humano. Zamán es muy religioso, pero no un fanático; ve en todo la mano de Dios y a él se dirigen sus continuas plegarias.

En realidad, los únicos personajes que rezan en las películas vistas en San Sebastián son musulmanes. En este sentido, La joven de la perla, bella cinta británica, no aborda el componente religioso del “best seller” de Tracy Chevalier sobre el pintor católico holandés Jan Vermeer y la sirvienta protestante que le sirve de modelo en el célebre retrato. La premiada y excepcional fotografía del portugués Eduardo Serra es el pilar de una inteligente historia de amor a la pintura, que rinde culto al genio del gran maestro de Delft, bien interpretado por Colin Firth.

Un palmarés contradictorio

Con los abucheos del público y de la crítica, el Jurado concedió la Concha de Oro a la cinta alemana Miedo a disparar (Schussangst), del georgiano Dito Tsintsazde, enfermiza historia que se apunta al socorrido fatalismo determinista para contar un descenso a la violencia y la venganza. La película no aporta nada y su barniz surrealista encubre una evidente falta de propuesta. Antes de dar a conocer este premio, el más importante, la portavoz del Jurado recordó que los estatutos del Festival impiden entregar más de dos premios a una misma película. La advertencia venía a cuento de Te doy mis ojos, inteligente y notable película de la actriz y realizadora madrileña Icíar Bollaín sobre una mujer maltratada. Sus dos protagonistas se llevaron los dos premios de interpretación.

Memories of Murder, una simpática película coreana, hubiera estado mejor en Zabaltegi, más que en la competición oficial. Sin embargo, esta historia de binomio policial que convive con la corrupción de un sistema enfermo ha sido la más premiada: Concha de Plata al mejor director, Premio al Mejor Nuevo Realizador (galardones oficiales) y Premio FIPRESCI de la crítica internacional.

Juan Orellana / Alberto Fijo / Jerónimo José Martín