Erin Brockovich

Director: Steven Soderbergh. Guión: Susannah Grant. Intérpretes: Julia Roberts, Albert Finney, Aaron Eckhart, Marg Helgenberger, Peter Coyote. 128 min. Jóvenes-adultos.

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Sigue la buena racha de Julia Roberts. A los éxitos de La boda de mi mejor amigo, Novia a la fuga y Notting Hill, hay que añadir ahora el de Erin Brockovich, que la ha convertido en la actriz mejor pagada del mundo y le ha ganado el aplauso de la crítica. Ha jugado a favor de la película la entidad dramática y social de los hechos reales que recrea, bien reelaborados por Susannah Grant.

Sin estudios, dos veces divorciada, con tres hijos, en el paro y al borde de la indigencia, el principal afán de Erin Brockovich es ser una buena madre. En 1993, esta temperamental y patética ex Miss Wichita se hizo contratar como secretaria de su honesto abogado (Albert Finney), ya cercano a la jubilación. Y así, entre legajos y archivos, Erin destapó e impulsó un histórico proceso legal contra una poderosa empresa que había realizado durante años vertidos tóxicos en un perdido pueblo californiano, provocando diversas enfermedades graves entre sus habitantes.

Quizá la trama resulta un tanto previsible, pues repite el ya clásico esquema David contra Goliat, usado recientemente en películas como Legítima defensa o Acción civil. Sin embargo, tiene a su favor que reduce al máximo las farragosas incidencias judiciales, para centrarse más bien en las tragedias de los afectados y en la lucha de Erin por unirlos. Además, esta lucha se enriquece con los esfuerzos de la mujer por hacer compatible ese trabajo con la dedicación a sus hijos y a su nueva pareja, un bondadoso motero (Aaron Eckhart), que acepta representar el papel secundario de canguro y casi padre de los críos.

Sobre esta base, Steven Soderbergh (Sexo, mentiras y cintas de vídeo, Kafka, Un romance muy peligroso) mima la interpretación de Julia Roberts, la contrapesa muy bien con las sólidas caracterizaciones de Albert Finney y Aaron Eckhart, y desarrolla con soltura, y a veces con vibración emotiva, la fórmula tradicional del drama costumbrista. Esta se presenta a través de una realización muy realista, de descolorida resolución visual, casi de reportaje televisivo. El tono es descarnado y a veces refleja un superficial permisivismo sexual. De todos modos, estos defectos se compensan en buena medida con una visión bastante positiva del trabajo, la familia y el poder transformador de la solidaridad.

Jerónimo José Martín

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