Emperor’s Club (El Club de los Emperadores)

TÍTULO ORIGINAL The Emperor’s Club

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Director: Michael Hoffman. Guión: Neil Tolkin. Intérpretes: Kevin Kline, Emile Hirsch, Embeth Davidtz, Patrick Dempsey, Joel Gretsch, Edward Herrmann. 104 min. Jóvenes.

En 1989, El Club de los Poetas Muertos, de Peter Weir, marcó a toda una generación con su exaltación idealista de la educación. Se unía así a un selecto grupo de películas sobre profesores y alumnos, encabezado por títulos como Adiós, Mr. Chips o Rebelión en las aulas, y que después se ha incrementado en la última década con films como El profesor de música, El hombre sin rostro, Profesor Holland, La versión Browning, El indomable Will Hunting o Descubriendo a Forrester. Ahora intenta marcar otro hito en ese subgénero Emperor’s Club, último trabajo de Michael Hoffman, director de la notable Un día inolvidable y de la mediocre El sueño de una noche de verano.

El guión se basa en el relato El ladrón de palacio, de Ethan Canin. Su protagonista es el veterano profesor William Hundert, que llega en helicóptero a una mansión donde se va a celebrar algo en su honor. Mientras deshace las maletas, recuerda el curso de 1972 en el internado para chicos St. Benedict, un prestigioso colegio estadounidense donde impartía la asignatura de Historia Grecorromana. Exigente y carismático a la vez, Hundert se fue ganando a todos los alumnos con sus vibrantes clases, hasta que llegó un chico nuevo, Sedgewick Bell, hijo consentido de un popular senador. A pesar de sus dotes intelectuales y humanas, Sedgewick se dedicó a hacer el gamberro a costa del profesor Hundert, que contraatacó con todas sus armas pedagógicas, incluido el reclamo de un tradicional concurso anual sobre Historia Antigua.

Michael Hoffman es peor director que Peter Weir, de modo que Emperor’s Club no tiene ni la calidad fílmica ni el vigor dramático de El Club de los Poetas Muertos. De hecho, su puesta en escena resulta a veces un tanto engolada y académica. Por otra parte, el guión no cala demasiado en el alma de los personajes, ni en sus relaciones, y abusa de un tono discursivo. Sin embargo, estos defectos no oscurecen demasiado las muchas virtudes del film, empezando por unas interpretaciones excelentes, con un sobrio Kevin Kline a la cabeza. A esto se añade una reflexión inteligente y emotiva sobre la vacuidad de vivir sin principios éticos, la importancia de educar el carácter en la juventud -“el carácter de un hombre es su destino”, dice Hundert- y la decisiva labor formadora del profesor. Todo esto se plantea desde un idealismo decidido, pero nunca iluso, persuadido de la capacidad de mejora del ser humano, pero consciente también de sus muchas debilidades y, en concreto, de ese obstáculo que definía Aristófanes: “La juventud envejece, la inmadurez se supera, la ignorancia puede ser educada y la borrachera desembriagada; pero la estupidez es para siempre”. No es un mal lema para los tiempos de corren.

Jerónimo José Martín

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