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Esta es una de las películas más personales de Ford y seguramente la más divertida. La cinta, que le mereció su cuarto Oscar al mejor director, es un canto a la vida sencilla, a las tradiciones, al carácter de los habitantes del país de los ancestros de Ford, Irlanda, que siempre fue idolatrado por el director como el lugar al que se vuelve para curar de las heridas de la vida.

Feo, católico, sentimental: señas de identidad del que casi nadie se atreve a poner en duda que es uno de los más grandes cineastas. Basta ver cómo está dirigida esta película para entenderlo: lírica, evocadora, nostálgica, y a la vez, chispeante, vitalista, divertida, tumultuosa… La música de Victor Young y la fotografía de Winton C. Hoch se unen a un magnífico diseño de producción para lograr una atmósfera logradísima.

Wayne y O’Hara, Ward Bond, Barry Fitzgerald y Victor McLaglen dan vida exuberante a unos personajes que salen de la tierra y cogen al espectador asfáltico por las solapas para zarandearle y decirle que la vida es bella pero corta y hay que vivirla con dignidad y un corazón noble y generoso. Todo, con una energía arrolladora y una poesía que te cala hasta el tuétano.

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