El hijo de Saúl

El hijo de Saúl

TÍTULO ORIGINAL Saul fia

PRODUCCIÓN Hungría - 2015

DURACIÓN 107 min.

PÚBLICOAdultos

CLASIFICACIÓNViolencia

ESTRENO04/12/2015

DIRECTORES

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Gran Premio del Jurado en el festival de Cannes, Globo de Oro a la película en lengua no inglesa y candidata al Oscar, la ópera prima de László Nemes (Budapest, 1977) es otra muestra de la vitalidad de una nueva generación de cineastas de países del centro y el este de Europa. Son realizadores de gran creatividad, no solo en la forma sino en la materia narrativa. Nos sorprenden con historias muy poderosas, con una alta capacidad de impacto y una mirada sobre la realidad del país que les ha visto nacer: para entender el presente y el futuro hay que mirar al pasado. Ya lo vivimos con las extraordinarias 4 meses, 3 semanas, 2 días (2007) del rumano Christian Mungiu, con Bárbara del alemán Christian Petzold y con Ida (2013) del polaco Paweł Pawlikowski, por citar tres ejemplos recientes. Antes, en 2002, el más veterano Alexandr Sokurov había estrenado El arca rusa.

El hijo de Saúl es un verdadero puñetazo encima de una mesa cinematográfica en la que ya son muchos los que han hablado de los campos de exterminio de los nazis y de la persecución contra los judíos. Nemes y Clara Royer escriben una historia que observamos pegados a la cabeza de un judío húngaro que auxilia a los nazis a aniquilar a los de su raza.

La película se proyecta en formato 1:33:1, y así la imagen es llamativamente cuadrada, voluntariamente estrecha, enmarcada lateralmente en negros ominosos. La cámara, siempre junto a un Saúl que va y viene como ayudante del verdugo, nos permite ver y oír el horror de Auschwitz-Birkenau en 1944. El guion es asombroso porque logra trasladarnos la estremecedora rutina de unos asesinos y de sus cómplices en la que, inesperadamente, se incoa algo parecido a una reacción moral, a una tentativa de bondad. La manera en que rueda Nemes (el director de fotografía es Mátyás Erdély), usando el desenfoque, sin darnos planos limpios, recurriendo al fuera de campo y editando un sonido aterrador, es una lección magistral de estética y de ética cinematográficas. La cinta es, obviamente, devastadora. Lo terrible sería que no lo fuese.

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