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Cuando una película de abultado presupuesto, dirigida por el veterano guionista Akiva Goldsman (El cliente, Soy leyenda, etc.) y protagonizada por Rusell Crowe, Jennifer Connelly, William Hurt y Colin Farrel se estrena de tapadillo, sin apenas enseñársela a la prensa, uno puede temerse lo peor. Y probablemente acierte. Como en este caso.

Un cuento de invierno es eso: una fábula romántica de sinopsis imposible que, además de contar una historia en dos tiempos, aglutina más ingredientes que una ensalada en un autoservicio. Hay huérfanos rescatados del mar; enfermos de cáncer, tisis y tuberculosis; ángeles y demonios; estrellas, amores imposibles y, sobre todo, un caballo blanco que vuela. De fondo, una especie de discurso trascendente –por algo se habla de Dios y de Lucifer, que luce la cara de Will Smith– pero tan etéreo y ecléctico, que podría ser de una religión, de otra o de todas. La ensalada, otra vez.

Hay que agradecer a Colin Farrel que se tome en serio la historia o, desde luego, mucho más en serio que Rusell Crowe, quien –probablemente consciente del jardín en el que se ha metido– se pasea por la historia con cara de interpretar una función escolar que, en el fondo, no va con él.

Por no salvarse, no se salva ni la banda sonora, compuesta nada menos que por Hans Zimmer. Pero si una música se utiliza machaconamente para tratar de reflotar un barco a la deriva, acaba hartando. Por mucho Zimmer que se sea.

Sorprende encontrar unos créditos de nivel y una generosa producción en semejante producto. Quizás muchos confiaron en que el creador de los libretos de Una mente maravillosa o Cinderella Man podría estrenarse con cierto garbo como director. Evidentemente, no ha sido este el caso.

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