Candidata al poder

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Director y guionista: Rod Lurie. Intérpretes: Joan Allen, Gary Oldman, Sam Elliott, Christian Slater, William Petersen, Jeff Bridges, Philip Baker Hall, Saul Rubriek. 128 min. Jóvenes-adultos.

El presidente norteamericano Jackson Evans (Jeff Bridges) elige a Laine Hanson (Joan Allen) para ocupar la vicepresidencia, que ha quedado vacante, pues quiere pasar a la historia como el primer mandatario que ha situado a una mujer en el segundo cargo de la nación. El máximo rival de Laine es un senador convertido en héroe tras intentar salvar la vida de una mujer. Para demostrar que es la candidata apta, Laine debe superar el durísimo interrogatorio previo a la investidura, con una acusación de inmoralidad pendiendo sobre su cabeza.

Candidata al poder cuenta en su activo con un buen reparto -Joan Allen y Jeff Bridges fueron candidatos al Oscar- y con modelos célebres, como Todos los hombres del presidente o El candidato. Así que Rod Lurie -crítico de cine convertido en director con Deterrence- sabía lo que debía hacer. Se le pueden reprochar algunos detalles de puesta en escena de director novel, y una pesada banda sonora, que ensalza a los buenos y estigmatiza a los malos; pero, en conjunto, la película se ve con agrado, y tiene buen ritmo y suspense.

Lo que realmente se puede y debe reprochar es el sectarismo de la película. Se trata de un panfleto a favor del partido demócrata, que se podría resumir en los siguientes términos: “El presidente Clinton hizo bien en beneficiarse a Monica Lewinsky y en mentir sobre ello porque nadie tiene que preguntarte por tu vida privada. Además, los demócratas son los mejores porque los republicanos son hipócritas, reprimidos y represores”. Para transmitir este mensaje, Laine Hanson, que al principio parece una mujer de moral dudosa -al igual que el propio presidente-, resulta ser una persona maravillosa, de sólidos principios y exenta de toda culpa; y otro tanto le sucede al presidente. Mientras, sus rivales demócratas y sus detractores republicanos, que parecían excelentes, no son más que un hatajo de hipócritas sin escrúpulos. En medio de insistentes declaraciones de principios, Hanson defiende el aborto libre -tramposamente presentado como la gran solución contra los abortos clandestinos-, y se declara atea y persona religiosa al mismo tiempo, que “reza bajo la cúpula de la Justicia” (el Senado norteamericano) y considera que no hay que proteger a la Iglesia sino “al Estado frente al fanatismo religioso”.

Cabe asombrarse de la ingenuidad propagandística de los demócratas, y de cómo han estropeado lo que podría haber sido una buena película.

Fernando Gil-Delgado