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A Aron Ralston le encantan los deportes de riesgo. Sin decir a nadie adónde iba, ha partido a los cañones de Utah, un paraje rocoso increíble. Allí disfruta de lo lindo hasta que un mal paso le hace caer por una sima. Su brazo queda atrapado por una roca que se diría imposible de mover. Aron pasará solo las 127 horas del título luchando por sobrevivir, y haciendo un particular examen de conciencia de lo que han dado de sí sus 25 años.

El británico Danny Boyle repite con el guionista Simon Beaufoy, con quien hizo la oscarizada Slumdog Millionaire. Ambos adaptan un libro del propio Aron Ralston donde cuenta su peripecia. Y entrega una historia de supervivencia donde es clave el amor recordado de los seres queridos, con un sugerido sentido de la providencia al fondo, tema ya presente en Slumdog, y desde luego en Millones. Aunque el metraje es escaso, el principal desafío al que se enfrenta Boyle es mantener el interés en una monosituación, esquema parecido al de Buried (Enterrado). Ciertamente resulta algo reiterativo, y puede cansar, pero el director muestra carácter con la cámara y sus encuadres, el uso de la cámara de vídeo de Aron, las escenas oníricas, la visión de gusano desde el fondo del abismo. También la partitura musical de otro miembro del equipo Slumdog, A.H. Rahman, ayuda.

Resulta meritoria la interpretación de James Franco, que soporta todo el peso actoral de la película; los demás son simples comparsas. Muy duro resulta el clímax, abordado de un modo hiperrealista.

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