Cómo la Iglesia católica está reflexionando (y actuando) sobre los abusos

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Cómo la Iglesia católica está reflexionando (y actuando) sobre los abusos
El arzobispo de Madrid, durante un acto de reconocimiento y reparación a las víctimas de abusos en la catedral de la Almudena, 21-10-2024 (foto: Europa Press)

En 2002, un equipo de investigación del periódico The Boston Globe reveló que un sacerdote había sido trasladado de parroquia en parroquia por sus superiores durante años, a pesar de que se sabía que abusaba sexualmente de menores. Esta investigación, y las que la secundaron en otras partes del mundo, pusieron sobre la mesa la auténtica magnitud del escándalo: algunos obispos, por distintas razones, habían lidiado con el problema con un sistema de traslados que desprotegía a las víctimas y permitía que el abusador volviera a reincidir.

En las últimas dos décadas, con aciertos y errores, la Iglesia ha intentado articular la mejor manera de atender a las víctimas y ha tratado de responder a las dos preguntas clave: ¿Cómo hemos llegado hasta aquí? ¿Qué hacemos para que no vuelva a suceder?

Una mejor comprensión de los abusos de poder y de conciencia

A medida que han ido surgiendo más casos, la Iglesia también ha sido consciente de la existencia de víctimas adultas en el seno de la vida consagrada, en el seminario o en el contexto de la dirección espiritual.

Esta realidad ha permitido que la Iglesia ponga nombre a un tipo de abuso que no siempre incluye el sexual, pero que con frecuencia es un paso previo a este: el abuso de poder y de conciencia.

Reflexionando sobre el caso del cardenal Theodore McCarrick, en su Carta a una Iglesia que sufre: un obispo habla sobre la crisis de los abusos sexuales, el obispo Robert Barron explica lo siguiente: “Si alguien se pregunta por qué estos jóvenes no se resistieron, debe tener en cuenta que estas víctimas deseaban convertirse en sacerdotes, y que McCarrick era quien tenía el poder absoluto para decidir si ese sueño se cumpliría o no. La diferencia de poder permitía al agresor conseguir lo que quería y mantener a las víctimas en silencio”.

En su reciente libro Lobos disfrazados de corderos: pensar sobre los abusos en la Iglesia, el escritor y filósofo Fabrice Hadjadj aborda la ambigüedad que se da en las relaciones de abuso de conciencia (entre adultos) a raíz del caso del sacerdote francés Jean Vanier, que tuvo relaciones sexuales con seis mujeres adultas en el ámbito de la dirección espiritual.

Para evitar los abusos de poder y de conciencia, Hadjadj recomienda que todos, sacerdotes y laicos, recobren el sentido de responsabilidad, y así evitar el seguimiento ciego de figuras carismáticas

“En los abusos espirituales las categorías abusador y abusado no funcionan del todo”, explicó Hadjadj durante el Foro Omnes al que acudió a presentar su libro. Una afirmación que él sabe que suena políticamente incorrecta, pero que considera necesaria para comprender por qué personas adultas pueden ser manipuladas por una mística distorsionada como la que usaba Vanier para justificar sus actos.

Ante esto, el filósofo llama a recobrar el sentido de la responsabilidad personal, formar la propia conciencia en la doctrina ortodoxa de la Iglesia y no pretender sustituir el discernimiento propio por un seguimiento ciego de una figura con aires místicos.

Quiénes y cuántas son las víctimas

Volviendo a los abusos sexuales, la parte más necesaria del proceso es también la más difícil: conocer los datos reales y las historias de quienes han sufrido en manos de los abusadores.

Cada país ha llevado a cabo sus propias investigaciones y lo que sí se ha podido sacar en claro son dos datos de interés. En primer lugar, una gran parte de los casos de abuso sexual tuvieron lugar entre las décadas de 1950 y 1980.

Así lo revelan documentos como el informe John Jay (Estados Unidos, 2004), la Comisión de Investigación sobre Abusos Sexuales en la Iglesia Católica en Francia (2021) o el de la Comisión Independiente sobre Abusos Sexuales en la Iglesia Católica en Portugal (2023).

Las cifras sobre los años más recientes hablan de una bajada pronunciada. En España, por ejemplo, el último estudio de la fundación ANAR ofrece cifras desde 2008 hasta 2019 y, si bien detecta un crecimiento en el número de casos en el ámbito general, señala que solo el 0,2% de los abusos corresponden a sacerdotes.

El segundo aspecto, también presente en los informes mencionados, es que la mayoría de los menores víctimas de abusos sexuales por parte del clero eran varones. Esto contrasta con los datos de víctimas en el ámbito general, que suelen ser mayoritariamente niñas.

¿Cómo hemos llegado hasta aquí?

“No se trata solo de las malas acciones de individuos perturbados psicológicamente, sino de una secularización estructural en el clero que los ciega ante la decadencia moral que resulta de la corrupción de la doctrina”, escribe el cardenal Gerhard Müller en el prólogo del libro El abuso sexual en la Iglesia católica (2019) de la escritora y socióloga Gabriele Kuby.

La degradación de la moral sexual en la sociedad, y el clericalismo y la deficiente formación de los sacerdotes dentro de la Iglesia, fueron los ingredientes principales en la crisis de los abusos

Kuby defiende que, entre otras cuestiones, “el abuso sexual desenfrenado dentro y fuera de la Iglesia es uno de los resultados de la revolución sexual”.

Se hace eco así del diagnóstico que hizo Benedicto XVI, quien en 2019 escribió La Iglesia y los abusos sexuales: “Se puede decir que en los 20 años entre 1960 y 1980, los estándares vinculantes hasta entonces respecto a la sexualidad colapsaron completamente”.

Además, esta revolución sexual coincidió en el tiempo con la celebración y posterior aplicación del Concilio Vaticano II, que provocó que, en muchos seminarios, se intentara ofrecer una nueva formación sacerdotal y una nueva teología aún en pañales a unos aspirantes al sacerdocio educados en una sociedad en el que la moral sexual ya se había degradado, según explica el actual rector de la Universidad San Dámaso, Nicolás Álvarez de las Asturias, en su conferencia Lo que hemos aprendido de la crisis de los abusos (2024).

Álvarez de las Asturias también pone el foco, por un lado, en el clericalismo, que nace de una distorsión de lo que es el ministerio sacerdotal al sustituir el servicio por el poder. Por otro lado, también destaca la falta de acompañamiento de los sacerdotes una vez abandonan el seminario.

Thomas Berg, sacerdote y profesor de Teología Moral, resume así la cuestión: “He pasado más de una década en un seminario intentando ayudar a formar a futuros sacerdotes para prepararlos para una vida dedicada al hospital de campaña de la Iglesia. En la última década, nuestros seminarios han tratado de abordar lo que históricamente ha estado en las raíces de la crisis de los abusos: una selección inadecuada de los candidatos al sacerdocio, la falta de conciencia sobre la necesidad de que un candidato aborde sus propias heridas vitales durante la formación, la ordenación de hombres que no alcanzaron la madurez psico-sexual, etcétera”.

Sin embargo, queda la pregunta más dolorosa: ¿por qué se produjo el encubrimiento? Aquí se dan una serie de factores que van desde la imprudencia hasta la mala fe, pasando por un deseo desaforado de proteger la reputación de la institución.

“Durante décadas, el liderazgo de la Iglesia ha visto tal comportamiento como simplemente un pecado que podría ser tratado a través de la oración, el asesoramiento espiritual y, tal vez, un retiro prolongado. Al darse cuenta de la poca fiabilidad de este enfoque, se concluyó que la terapia psicológica era la solución. Para ser justos, muchos obispos de los años setenta y ochenta reasignaron a sacerdotes infractores después de haber recibido la confirmación por parte de psicólogos de que estos hombres eran aptos”, explica Barron.

También el carácter marcadamente homosexual de los abusos que se dan en el seno de la Iglesia habría provocado un mayor celo por la ocultación, según denuncia Kuby, que matiza que “la homosexualidad no es la causa del abuso sexual de los niños, sino la condición previa; de la misma manera que la heterosexualidad no es la causa del abuso de las niñas por parte de los hombres, sino la condición previa”.

Cómo la Iglesia católica está reflexionando (y actuando) sobre los abusos
Una sesión del curso “La prevención de los abusos en la Iglesia. Acompañar, tratar, gestionar”, celebrado en la Universidad Pontificia de la Santa Cruz (Roma) en febrero de 2024 (foto: Gianni Proietti)

Y ahora, ¿qué?

Una vez realizado el análisis, urge actuar, y el primer paso debe ser acercarse a las víctimas.

“No excusamos a los criminales de guerra simplemente porque sus crímenes ocurrieron hace años, o porque las heridas emocionales influyeron en sus actos. Hacerlo con los abusadores sexuales es decirle a la víctima que lo que le ocurrió no fue realmente algo tan terrible”, advierte Michael D. O’Brien en un ensayo incluido en el libro de Kuby.

Nuevos protocolos de tolerancia cero, una formación sacerdotal con mayor carga psicológica o una escucha más cercana a las víctimas son algunos signos del cambio dentro de la Iglesia

En los últimos años, la Iglesia ha avanzado mucho en la comprensión de cómo acoger, acompañar, escuchar y atender las necesidades de las víctimas. En el reciente libro Para que tengan vida todas las víctimas, la teóloga y psicóloga clínica Rosa Ruiz Aragonés explica que la resiliencia natural del ser humano le hace capaz de superar hasta los hechos más aberrantes, y detalla los pasos que deben darse y los que se deben evitar para que esa sanación se pueda dar cuando las víctimas denuncian en la Iglesia.

Una de las principales reclamaciones de las víctimas es asegurarse de que se están poniendo los medios para que no se vuelvan a dar los abusos.

Las instituciones, conferencias episcopales, seminarios, colegios y demás ámbitos católicos han ido creando una serie de protocolos que suelen incluir la política de tolerancia cero, la retirada inmediata de su actividad del sospechoso, la puesta en marcha de investigaciones y denuncias, y una verificación de antecedentes de las personas en contacto con menores.

Además, se ha renovado la formación de los candidatos en el seminario con una fuerte atención a la dimensión humana y psicológica de la persona, y un foco especial en poder garantizar el acompañamiento integral de los sacerdotes durante el resto de su vida, explica Álvarez de las Asturias en su conferencia.

En este aspecto, conviene destacar que en ningún caso se considera que el celibato sea la fuente del problema. Massimo Introvigne, sociólogo italiano, recuerda en el libro de Kuby que “no existe ninguna relación entre celibato y pedofilia, ya que hay más pedófilos entre los clérigos casados que entre los sacerdotes católicos. En Estados Unidos, cerca de mil sacerdotes han sido acusados de abusos sexuales contra menores, y solo unos cincuenta fueron declarados culpables. Mientras tanto, hubo hasta seis mil profesores y entrenadores deportivos, la mayoría de ellos casados, condenados por los mismos abusos”.

De hecho, el camino apunta en la dirección contraria: retomar la vivencia más radical del sacerdocio. Como sostiene Barron, “es imperativa una renovación del sacerdocio. No creo ni por un momento en un cambio en su estructura esencial o su disciplina. En mi opinión, es extremamente ingenuo pensar que permitir que los sacerdotes se casen o que las mujeres sean sacerdotes mejorará mucho esta situación. Más bien, lo que se necesita es una revitalización del sacerdocio, una rededicación a sus ideales”.

En el caso de los abusos de conciencia y de poder, la Iglesia ha puesto el foco en garantizar que la formación de la persona que acompaña es la adecuada para un contexto de dirección espiritual.

También ha intentado crear estructuras que prevengan, en vez de fomentar, el abuso. Son aquellas en las que no hay una absolutización de la autoridad, en las que prima la colegialidad, en las que se practica la corrección fraterna y en las que los cargos son rotatorios, según explica Cristina Sánchez Aguilar en Para que tengan vida todas las víctimas.

Una restauración plena

Benedicto XVI ya marcó la prioridad: “Por encima de todo, la Iglesia debe dirigir sus esfuerzos hacia medidas concretas para curar a las víctimas”.

Esa curación no se consigue solo con dinero, advierte Thomas Berg: “Necesitamos adoptar una serie de prácticas pastorales que trasciendan las indemnizaciones a las víctimas y el castigo a los autores. Necesitamos prácticas que devuelvan la dignidad y la capacidad de acción a las víctimas. Muchos de nosotros encontramos esperanza en la aplicación de prácticas de justicia restaurativa”.

“La Archidiócesis de St. Paul y Minneapolis ha sido pionera en la aplicación de estas prácticas en su propia respuesta a las víctimas. Estas prácticas hacen hincapié en decir la verdad, reconocer el sufrimiento de los supervivientes y escuchar sus historias. Mientras que la justicia punitiva se centra principalmente en castigar al delincuente, la justicia reparadora se centra en primer lugar en las víctimas y en la búsqueda de su restablecimiento. A continuación, sigue un proceso en el que todas las partes implicadas en el delito se reúnen para buscar una solución y hacer frente a las consecuencias del delito y a las implicaciones futuras para todos”, explica Berg.

Porque no basta con atender solo a las víctimas. “El cristianismo no solo se interesa por las víctimas, sino también por los pecadores”, es otro de los mensajes claves de Hadjadj, que advierte de la responsabilidad que tiene la Iglesia sobre los abusadores que han surgido en su seno.

Una asignatura en la que, quizá, todavía queda mucha tarea pendiente.

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