Caso McCarrick: una página dolorosa en la historia reciente de la Iglesia

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Duración lectura: 8m. 11s.
Theodore McCarrick en el Foro Económico Mundial, 2018 (CC World Economic Forum)

Theodore McCarrick en el Foro Económico Mundial, 2018 (CC: World Economic Forum)

 

El caso McCarrick es “para la Iglesia católica, en los Estados Unidos y en Roma, una herida abierta y todavía sangrante, ante todo por el sufrimiento y el dolor causado a las víctimas”: así lo describe Andrea Tornielli, director editorial del Dicasterio para la Comunicación, en su declaración sobre el informe recién publicado por la Santa Sede. En esta “página dolorosa en la historia reciente del catolicismo”, añade, hubo quienes debían informar y no contaron todo, quienes debían valorar los indicios y los subestimaron, y quienes tomaron decisiones erróneas.

Hoy se sabe que Theodore McCarrick (Nueva York, 1930) cometió abusos y acosos sexuales, así como otros actos impropios, con jóvenes seminaristas, y algunos abusos de menores, a lo largo de unos veinte años, entre principios de los 70 y mediados de los 90. En ese tiempo fue nombrado obispo auxiliar de Nueva York (1977), obispo de Metuchen (1981) y arzobispo de Newark (1986), y después arzobispo de Washington (2000) y cardenal (2001). Además, desplegó una actividad pública impresionante, incluidos frecuentes viajes por el mundo, en muchos casos para realizar misiones por encargo no solo de la Santa Sede, la Conferencia Episcopal de EE.UU. o Catholic Relief Services, sino también del gobierno norteamericano, que le hizo objeto de homenajes y reconocimiento.

¿Cómo pudo llegar tan alto?

El informe elaborado por la Secretaría de Estado, anunciado hace dos años y publicado ahora, pretende responder a esa cuestión. En 446 páginas hace un repaso exhaustivo de la abundante documentación sobre el caso en los archivos de la Santa Sede, más la facilitada por las diócesis estadounidenses. Y aporta lo averiguado mediante cerca de un centenar de entrevistas a responsables de la Iglesia –incluido el Papa Francisco–, víctimas y testigos.

Rumores

En suma, de los abusos de McCarrick no empezaron a llegar informaciones hasta después del nombramiento para Newark, y al principio eran anónimas, genéricas –sin detalles de nombres, lugares y fechas–, sin pruebas, de segunda o tercera mano, y fueron tratadas como rumores inciertos. Cuando, con el paso del tiempo, el rumor se volvió clamor, se concluyó que había algo pero no se hizo una investigación completa y se acabó tomando solo medidas de reducción de daños, pidiendo a McCarrick que renunciara a la sede de Washington, cosa que hizo en 2006, y que limitara mucho su actividad pública y sus viajes, lo que apenas cumplió.

Solo cuando la archidiócesis de Nueva York recibió, en 2017, la primera denuncia de abusos a un menor, de 16 o 17 años, ocurridos a principios de los 70, se investigó el caso y se concluyó que la acusación era fundada. Francisco entonces privó a McCarrick del cardenalato y le ordenó retirarse de la escena pública para llevar una vida de penitencia.

Durante mucho tiempo no se obtuvieron pruebas, en parte porque las investigaciones fueron de corto alcance

Al año siguiente llegaron nuevas acusaciones. La Congregación para la Doctrina de la Fe (CDF) abrió un proceso y a principios de 2019 declaró a McCarrick culpable de solicitación en el sacramento de la confesión y de pecados contra la castidad con menores y adultos, con el agravante de abuso de autoridad. La pena impuesta fue la dimisión del estado clerical.

Sin pruebas

El informe contiene numerosas cartas y comunicaciones, anteriores a 2017, sobre las acusaciones de conductas inapropiadas y algunos casos de abusos con seminaristas. Que en Metuchen y Newark McCarrick invitaba a seminaristas a su residencia o a una casa en la playa y pasaba la noche con ellos, era conocido en los ambientes eclesiásticos. En 2002, él mismo reconoció que en esas ocasiones compartía cama con alguno, pero aseguró que no había hecho nada malo, si bien había sido una conducta “imprudente” de su parte. Si eso no se consideró suficiente para apartarlo de la función episcopal, fue porque las informaciones recibidas no eran de víctimas ni de testigos directos; unas eran más detalladas que otras, pero no aportaban pruebas. En fin, se tuvo en cuenta también que aquellos hechos ya eran un tanto antiguos y no se habían repetido.

Sin embargo, en el informe se lee también que el sucesor de McCarrick en Metuchen, Mons. Edward Hughes, fallecido en 2012, entre 1989 y 1994 oyó los testimonios de tres sacerdotes que habían sido seminaristas con McCarrick y habían sufrido abusos por parte de este. Pero no consta que hiciera nada al respecto, fuera de enviar a terapia psicológica a uno de ellos, que le confesó haber manoseado a unos chicos, y aconsejar a otro que olvidara todo.

Juan Pablo II cambia de opinión

Así, cuando en 1999 se planteó la candidatura de McCarrick para una diócesis más importante, primero Nueva York y luego Washington, que por tradición llevan aparejado el cardenalato, la acumulación de acusaciones indirectas llevó a descartarla. Al año siguiente, Juan Pablo II quiso revisar la cuestión y pidió nuevos informes. El nuncio los encargó a cuatro obispos que conocieron a McCarrick. Tres de ellos no comunicaron todo lo que sabían, según se ha visto ahora. Uno era Hughes, que refirió haber oído denuncias de algunos sacerdotes: las de uno –el que había confesado abusos– no le merecían crédito, y no podía comprobar las otras. Finalmente, en junio de 2000 el nuncio desaconsejó promover a McCarrick porque, si bien no había pruebas contra él, sí había sospechas y también base para dudar de su “madurez moral”. McCarrick fue nuevamente excluido.

Pero en agosto siguiente, McCarrick escribió al secretario del Papa, Mons. Stanisław Dziwisz, para replicar a los informes contrarios, de los que había tenido noticia por alguien de la Curia romana. En especial, aseguraba que jamás había tenido relaciones sexuales con nadie. Juan Pablo II leyó la carta y le creyó: apoyándose también en recomendaciones favorables de otros obispos norteamericanos, cambió de postura y le nombró para la sede de Washington. El año siguiente le creó cardenal.

Nuevos datos

No hubo nuevos datos hasta 2005, poco después de la muerte de Juan Pablo II. En julio, McCarrick cumpliría 75 años, y antes presentó la renuncia, por edad, a Benedicto XVI. Como es corriente en estos casos, el Papa decidió prolongarle el mandato por dos años, como recomendaron la Congregación para los Obispos y el mismo nuncio que había desaconsejado el nombramiento.

Ese mismo año, el sacerdote a quien Hughes no dio crédito recurrió a la Santa Sede contra la negativa de su obispo a confiarle un encargo pastoral por los pasados abusos de menores. La CDF solicitó a la diócesis la documentación sobre el sacerdote, y allí descubrió las acusaciones contra McCarrick, el primer testimonio de una víctima que veía la Santa Sede. El recurso fue rechazado, pero el prefecto de la CDF, Card. William Levada, consideró creíble la acusación y advirtió a Benedicto XVI, que instó a McCarrick a renunciar.

En el caso McCarrick faltó un procedimiento claro para asegurar que se investiguen las denuncias contra un obispo

El siguiente episodio fue en 2012, cuando el nuncio en EE.UU., a la sazón Carlo Maria Viganò, recibió una carta de otro de los sacerdotes que hablaron con Mons. Hughes. Le notificaba que se disponía a presentar una demanda civil contra las diócesis de Metuchen y Newark en busca de indemnización por los abusos sufridos de parte de McCarrick. Viganò informó a la Congregación para los Obispos, y el prefecto, Card. Marc Ouellet, le encargó que recabara una información completa de aquel sacerdote. Viganò no lo hizo, y la Congregación no volvió a reclamárselo.

En consecuencia, cuando Francisco fue elegido Papa, no recibió novedades sobre el caso McCarrick, y pensó, según dice el informe, que sus predecesores lo habían resuelto. No actuó hasta que llegó la denuncia de 2017.

El silencio de las víctimas

Aunque el trauma de los abusos suele hacer que las víctimas tarden en hablar, quien lee en el informe tantos avisos a las autoridades eclesiásticas y tantas pesquisas inconcluyentes por parte de estas, se pregunta cómo pudo costar tanto tiempo obtener pruebas contra McCarrick. El informe dice que se debió, en parte, a que las investigaciones de la Santa Sede fueron de corto alcance: nunca se intentó hablar con víctimas y testigos presenciales.

Además, es revelador algo que aparece hacia el final del informe. “Muchas de las víctimas dicen que antes se sintieron impotentes para denunciar a McCarrick por miedo a no ser creídos por sus padres o superiores eclesiásticos, o por estar convencidos de que sufrirían represalias si hablaban”. Incluso hay quienes, al ser entrevistados para elaborar el informe, “se irritaron al ver que la conducta de McCarrick fuera investigada tanto tiempo después, y revivieron sus traumas a causa de la publicidad dada al caso y, a veces, por las pesquisas hechas para elaborar el informe”.

Todo eso indica que en el caso McCarrick faltó un procedimiento claro para asegurar que se investiguen las denuncias contra obispos, de modo que no queden muertas porque otro obispo no haga nada y el denunciante no tenga a quien acudir. Faltó, en fin, lo que dispuso el Papa Francisco el año pasado en el motu proprio Vos estis lux mundi. La experiencia con el caso McCarrick, dice Tornielli, ha inspirado esas medidas, para aprender de “los errores cometidos” y “evitar que la historia se repita”.

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