Una propuesta contra el desdén de las élites

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Duración lectura: 7m. 18s.
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Más que cordones sanitarios, la quiebra de la confianza en las élites exige pararse a escuchar las preocupaciones legítimas y tratar de darles respuesta. Es lo que hacen Danny Kruger y Miriam Cates, diputados del Partido Conservador británico, con su propuesta de un nuevo pacto social poscovid. No se trata de azuzar la retórica “ellos contra nosotros” o “élite vs. pueblo”, sino de dar con las políticas públicas que hagan accesible el progreso a todos.

Nacida este mismo año, la New Social Covenant Unit (NSCU) pretende ser un catalizador de ideas y políticas públicas entre personas de distintas tendencias. Al frente de la iniciativa están Cates y Kruger, diputados desde 2019, pero en el consejo asesor predominan los profesores universitarios.

Las líneas maestras del proyecto las ha esbozado Kruger, quien fue secretario político de Boris Johnson unos meses y ha trabajado como asesor de los tories en políticas relacionadas con la sociedad civil. Él mismo ha fundado y dirigido dos organizaciones benéficas: una que trabaja con presos y otra con jóvenes en riesgo de exclusión social.

La hora de los hogares

El contrato social que Kruger quiere revisar es el de la teoría liberal, que según él convierte al individuo autónomo en el centro de la vida social. Las personas, dice, no somos seres libres de vínculos que surgen de no se sabe dónde para incorporarse a la sociedad en beneficio de sus propios intereses, como imagina el filósofo John Rawls. Somos herederos y artífices de un pacto social; es decir, de “un compromiso mutuo implícito, que se extiende hacia atrás y hacia delante en la historia, para sostener nuestra vida común y buscar juntos el bien común”, dice Kruger siguiendo de cerca al rabino Jonathan Sacks, fallecido hace unos meses.

Su planteamiento también guarda relación con el de Patrick Deneen, quien aboga por buscar estilos de vida que superen el ideal moderno de la libertad sin vínculos. Somos seres relacionales, con historia y con raíces. Crecemos como personas y como ciudadanos virtuosos, sostiene Kruger, dentro de tres formas de asociación básicas: la familia, las comunidades y la nación. Por eso, aboga por cambiar el foco de la política: es preciso dejar de mirar tanto al mercado global y hablar más de los hogares y los barrios.

El enfoque de Kruger se presta a la descalificación prematura: fácilmente puede verse como el enésimo enfrentamiento entre “abiertos” y “cerrados”, cosmopolitas y nacionalistas, liberales y populistas…  Pero encasillar su visión de la sociedad en este esquema sería simplificarla: si bien Kruger es un firme defensor del Brexit, no se opone por principio a la apertura económica y cultural. Pero sí cree que es un error desdeñar la soberanía de las naciones, y que la mejor manera de defender la democracia liberal es mostrar “que el sistema respeta a la gente”. ¿Cómo exigir tolerancia hacia la diversidad cultural a quienes sienten que no se les permite hablar o ven sus costumbres ridiculizadas?

Kruger reprocha a las élites que promuevan unos ideales que no quieren para sí. Ocurre, por ejemplo, con el matrimonio: muchos políticos y periodistas ven un bien social en la estabilidad familiar, pero luego van al Parlamento o a las redacciones y defienden que todas las formas de convivencia (incluidas las no estables) son igualmente valiosas; es decir, que da igual estar casado o no. El resultado, cabe añadir, es que los más educados y con más recursos económicos siguen viviendo de forma bastante “conservadora”, mientras trasladan al resto el precio de vivir en “progresista”.

Cosmopolitas sin beneficio

Varias propuestas de la NSCU miran a uno de los grupos más perjudicados por la crisis económica que ha traído la pandemia: los jóvenes. Antes de que estallase la crisis, Mary Harrington, columnista de UnHerd y miembro del consejo asesor de la NSCU, advertía frente al riesgo de que las nuevas generaciones, educadas por activa y por pasiva en el aprecio por la globalización y el multiculturalismo, acaben llenándose de resentimiento al constatar que los supuestos beneficios del ideal cosmopolita no les llegan. “Los millennials con educación universitaria han absorbido los valores de élite, pero nunca disfrutarán de su estilo de vida”.

¿Cómo exigir tolerancia hacia la diversidad cultural a quienes sienten que no se les permite hablar o ven sus costumbres ridiculizadas?

Hay muchas cosas deseables en la apertura, dice Harrington. Pero también hay que hablar de los efectos colaterales que produce, como el aumento del coste de la vida o la desigualdad. Con un horizonte de desempleo, deuda universitaria, sueldos bajos, alquileres desorbitados…, los jóvenes cosmopolitas son tan perdedores de la globalización como la clase obrera que hoy se apunta con entusiasmo al populismo antisistema. Por eso, no debería sorprendernos la rabia de muchos de ellos contra un sistema que “tiene poco que ofrecer en términos de beneficios concretos”.

Propuestas

Si es verdad que la crisis del coronavirus debe servirnos para sacar lecciones y replantearnos desde el modelo productivo hasta hábitos sociales…, habrá que hacer lo mismo con ciertas inercias políticas. Una que Kruger quiere romper es la tendencia del Estado a desentenderse de las regiones que se ven vaciadas de jóvenes en busca de oportunidades, y que está dando lugar en diversos países a una brecha geográfica entre “metrópolis florecientes” y “ciudades arruinadas”, en palabras de Paul Collier.

Para compensar la estampida, Kruger propone desarrollar una nueva “economía del lugar”, que, entre otras cosas, suponga invertir más en la formación profesional de los jóvenes que se quedan; y en la mejora de las infraestructuras, desde el transporte y la conexión a Internet, hasta aquellas “que forjan una comunidad”: biblioteca, parques, asociaciones juveniles… Aquí hay que ser imaginativos: la biblioteca del siglo XXI de un pueblo puede ser también un centro de enseñanza para adultos, un lugar de coworking, una lanzadera de emprendedores y startups

Otro ámbito donde romper inercias son los servicios públicos: Kruger los ve “demasiado centralizados, demasiado aislados, demasiado racionalizados, demasiado individualizados y demasiado reactivos”. Para cada una de estas pegas, tiene un enfoque alternativo. Por ejemplo, frente a una atención excesivamente individualizada, aconseja apoyarse más en el contexto familiar y comunitario de las personas, en la línea de la noción del “bienestar relacional” que promueve la también británica Hilary Cottam. Esto también ayudaría a la prevención, en vez de esperar a que surjan los problemas para ponerles remedio.

También es importante, dice, fijarse en cómo atender mejor las necesidades de los ciudadanos. A veces, más que una pastilla, vendrá bien buscar “soluciones sociales” más creativas, como incentivar la participación en un club de jardinería o en un coro. En esto es clave la colaboración con la sociedad civil: organizaciones benéficas, asociaciones de padres y profesores, iglesias…

Para los jóvenes tiene una propuesta muy concreta: fomentar en ellos el aprecio por “las vocaciones al cuidado y a la creatividad”, dos fuentes de empleos que sobrevivirán a la automatización: profesores, cuidadores de niños y ancianos, emprendedores sociales… Además de ayudarles a salir de esa nueva clase social que es hoy el precariado, esas profesiones permitirán pasar de un modelo de servicios públicos basado en la máxima de “la equidad en la escasez” a otro que fomente “la calidad en la abundancia”. Así se podrá poner fin a “vergonzosas ratios”, como las de “30 alumnos por un profesor, 100 presos por un funcionario, 10 mayores por un trabajador social”…

También hay que romper inercias en el ámbito de los valores y los estilos de vida. Sobre el feminismo, Kruger hace ver –citando a su colega Miriam Cates– cómo muchas mujeres han pasado de no poder elegir una profesión fuera de casa a no poder elegir el tiempo y las energías que quieren dedicar a sus familias. Por eso, creen que el nuevo pacto social requiere repensar el feminismo y favorecer que las mujeres que son madres “puedan tener más de lo que quieren”, dice Kruger.

Respecto al matrimonio, lamenta que se le haya ido vaciando de sus notas distintivas. Y aunque ve difícil revertir esos cambios, cree que el Estado debería tomar partido por la estabilidad familiar y premiarla con “un mayor apoyo oficial”, incluidos mayores “privilegios legales, reconocimiento social y ayudas económicas”.