Progresismo de gama alta

Progresismo de gama alta

El progresismo cultural que emergió en los años 60 y 70, sigue siendo un signo de distinción social en muchos ambientes. Apoyar sus ideas garantiza que uno nada a favor de la corriente, aunque de hecho viva de forma más conservadora. Sin embargo, para otros que sí las ponen en práctica, el precio por vivir “en progresista” es alto.

Rob Henderson, estudiante de doctorado en la Universidad de Cambridge, creció desde pequeño bajo la tutela de instituciones públicas y familias de acogida. Su madre era adicta a las drogas y su padre los abandonó. Tras unos años en el ejército, estudió psicología en la Universidad de Yale gracias a una ayuda del gobierno federal. Allí descubrió una nueva clase social: la de los jóvenes acomodados que promueven ciertas ideas y estilos de vida, sin quererlos para sí.

Lo ilustra en el New York Post con el ejemplo de una compañera de Yale: se crio en una familia tradicional, ella misma quiere formar una y, sin embargo, sostiene que la sociedad no tiene por qué quedarse estancada en la norma de la monogamia. ¿Cómo se explica esto? La hipótesis de Henderson es que, si antes los ricos adquirían bienes de lujo y practicaban exclusivas aficiones para hacer alarde de su posición social, hoy hacen lo propio apoyando “ideas y opiniones que confieren estatus a los ricos a un precio muy bajo, mientras perjudican a las clases bajas [que las ponen en práctica]”.

Entre las “creencias de lujo” que identifica Henderson en ese artículo están: la opinión de que todos los modelos familiares son igualmente valiosos; la idea de que la religión es irracional o dañina; el mensaje de que la dirección de nuestras vidas depende más de la suerte que de las decisiones personales; o la obsesión con el “privilegio blanco”. Esta última idea le desconcierta especialmente, pues no entiende qué mérito hay en que los “blancos privilegiados” pidan ayudas para otros grupos distintos de los blancos pobres.

Brecha matrimonial

En otro artículo publicado en Quillette, Henderson desarrolla su hipótesis fijándose en la brecha matrimonial entre ricos y pobres, una nueva forma de desigualdad a la que están prestando atención varios académicos norteamericanos. Resume la tendencia en un dato: en 1960, el 95% de los hijos de familias de clase obrera vivían con sus padres biológicos, idéntica proporción que los de familias acomodadas; en 2005, ese porcentaje había caído al 30% para los de clase obrera, mientras que entre los ricos se situaba en el 85%.

A diferencia de los progresistas por convicción, los progresistas por postureo promueven unas ideas sin quererlas para sí

Los sociólogos Bradford Wilcox y Wendy Wang han estudiado más a fondo esa desigualdad, distinguiendo entre las parejas pobres y las de clase obrera, de un lado, y las de clase media y alta, de otro. Su conclusión es que hoy en EE.UU. el matrimonio no solo es minoritario entre las personas con menos estudios e ingresos, sino que además viven en hogares más inestables. Lo que supone que ahora parten con una “doble desventaja: tienen familias más frágiles y menos recursos socioeconómicos”.

Aunque Wilcox y Wang atribuyen la creciente brecha matrimonial a una combinación de factores “económicos, culturales, políticos y cívicos”, conceden mucha importancia al cambio de valores que trajo la revolución sexual: “Mientras los de clase media y alta han ido rechazando para ellos y sus hijos la dimensión más permisiva de la contracultura, los pobres y los de clase obrera han ido abrazando ese permisivismo”. Tendencia que también vinculan al descenso más pronunciado de la práctica religiosa entre los de clase obrera.

Nueva paternidad y padre ausente

Es verdad que, gracias al feminismo de los años 60 y 70, los padres de ahora se implican más en el cuidado de sus hijos y tienden a mostrarse más afectuosos que los de antes. Pero este nuevo ideal de paternidad, sostiene Nicholas Zill con datos del Censo de EE.UU., no lo están disfrutando muchos de los 18 millones de niños y niñas que viven con su madre pero no con su padre, como resultado de una ruptura o de una relación ocasional.

Son las clases altas –para las que el matrimonio sigue siendo la norma– las que más se benefician del nuevo ideal de paternidad

Y si es cierto que la custodia compartida es ahora más común entre las parejas divorciadas que hace 50 años, observa Zill, entre las parejas de hecho siguen siendo minoría –menos de una cuarta parte– las que tienen acuerdos de ese tipo en caso de ruptura. El resultado es que, de los padres que no viven con sus hijos, el porcentaje de los que declaran no haber tenido contacto con ellos en el último año se ha mantenido estable entre 2007 y 2015, oscilando en torno al 35%.

La conclusión de Zill sugiere que no basta afirmar la corresponsabilidad en la crianza para garantizar la implicación del padre en el cuidado familiar. Para facilitar que esta buena idea beneficie al mayor número posible de niños, hace falta compensar el influjo de una mala idea: que da lo mismo estar casado o no.

Una izquierda dividida

Las recientes elecciones británicas, en las que el Partido Laborista ha sufrido su derrota más sonada en décadas, ha sacado a la luz la tensión en el seno de la izquierda entre las prioridades de la clase obrera y las de los jóvenes cosmopolitas de clase media.

Al igual que otros laboristas de base, Paul Embery –bombero, sindicalista y partidario del “laborismo azul”– lleva tiempo criticando la deriva elitista que tomó su partido, “mucho antes de que Corbyn tomara las riendas”. En su opinión, el establishment laborista yerra al no entender que sus votantes de siempre “quieren que los políticos respeten su forma de vida” y que den más importancia a “nociones del mundo real como el trabajo, la familia y la comunidad” que a genéricas apelaciones a la diversidad y la inclusión.

Para recuperar a esos votantes, sostiene Embery, el Partido Laborista “debe aprender a respetar a aquellos que, por ejemplo, votaron a favor del Brexit; se oponen a la inmigración a gran escala; quieren un sistema de justicia duro y efectivo; se sienten orgullosos de ser británicos; apoyan el protagonismo de la familia en la sociedad; prefieren un sistema de bienestar basado en la reciprocidad –algo a cambio de algo– en vez de en el acceso universal; creen en el Estado nación; y no se obsesionan con el multiculturalismo o los derechos de los transexuales”.

Los sorprendidos por el trasvase de votantes laboristas al Partido Conservador siempre podrán atribuirlo al populismo de las masas perdidas. Pero también pueden preguntarse qué hay detrás de la revuelta cultural contra las élites que ha estallado en Occidente. A su vez, apunta Mary Harrington en UnHerd, el camaleónico Boris Johnson tiene el reto de atender “voces y prioridades que llevan tiempo excluidas del debate público dominante”, sin caer en las garras de la demagogia.

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