Jonathan Sacks, un rabino aplaudido en el Vaticano

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Duración lectura: 2m. 12s.
Jonathan Sacks (CC On Being)

Jonathan Sacks (CC On Being)

 

El británico Jonathan Sacks, que fue rabino jefe de las Congregaciones Hebreas Unidas de la Commonwealth, murió en Londres el pasado 7 de noviembre a los 72 años. Le dedica un recuerdo en las páginas del Wall Street Journal Meir Soloveichik, director del Straus Center for Torah and Western Thought de la Yeshiva University (Nueva York).

Cuando Soloveichik supo de la muerte de Sacks, le vino a la memoria “uno de los lugares menos judíos del mundo: el Vaticano”. Allí estaban los dos, junto con otros teólogos y personalidades religiosas, en 2014, para participar en un congreso interreligioso sobre la complementariedad entre hombre y mujer, organizado por la Congregación para la Doctrina de la Fe.

En su discurso, Sacks “combinó ciencia, sociología y la Biblia, todo analizado con la elocuencia que le hizo famoso”. Soloveichik cita un pasaje memorable de aquella intervención: “Nos acercamos a Dios más que nunca al traer a la existencia una nueva vida, convirtiendo la prosa de la biología en la poesía del espíritu humano, redimiendo la oscuridad del mundo mediante el resplandor del amor”.

Anota Soloveichik: “Fue el único momento del congreso, que yo recuerde, en que la audiencia entera se levantó y dio un largo aplauso. En el centro de lo que en el pasado se llamó Cristiandad, un rabino expresó lo que Occidente una vez había creído”. Para Sacks, el secularismo europeo es consecuencia del rechazo a tener hijos. “Europa se muere”, dijo una vez en 2009. “Dijo –comenta Soloveichik– que aquello era una verdad indecible, pero la dijo de todos modos. Y como él siempre hablaba con mesura, sin animosidad, su voz resonaba”.

También se refiere Soloveichik al debate de Sacks con los “nuevos ateos”, como Richard Dawkins o Christopher Hitchens. De ellos escribió que, pese a su fama de críticos de la religión tradicional, carecían de “la pasión de Spinoza, la agudeza de Voltaire, la tremenda profundidad de Nietzsche”. De uno comentó que no había dado la menor muestra de haberse enfrentado a las cuestiones que la sola ciencia no puede abordar: “Si existe un orden moral objetivo, si la idea de libertad humana es verdadera o falsa, y si la sociedad es capaz o no de sobrevivir sin los ritos, las narrativas y las prácticas comunes que crean y mantienen la cohesión social”.

En fin, cuenta Soloveichik, “a los ateos como Dawkins, Sacks aplicaba un aforismo que apreciaba mucho, tomado de un catedrático de Oxford: en la superficie es profundo, pero en el fondo es superficial”.

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