La tradición cosmopolita

La tradición cosmopolita

EDITORIAL

TÍTULO ORIGINALThe Cosmopolitan Tradition

CIUDAD Y AÑO DE EDICIÓNBarcelona (2020)

Nº PÁGINAS326 págs.

PRECIO PAPEL24 €

PRECIO DIGITAL12 €

GÉNERO

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Desde los cínicos y estoicos, con Cicerón, Hugo Grocio y Adam Smith entre sus mejores representantes, la tradición cosmopolita sostiene la igual dignidad de todos los seres humanos y la existencia de una solidaridad universal –también con los extranjeros– y los correspondientes deberes de justicia y ayuda. Es, como dice el subtítulo de esta obra, “un noble e imperfecto ideal”, nunca realizado del todo.

Martha C. Nussbaum recorre esa tradición y afirma, con ella, que la humanidad entera forma una comunidad moral en virtud de la conciencia y la libertad que es propia de todos. Los derechos humanos no son concesión del Estado, pues la raíz de la dignidad es la persona. Pero como el hombre es un ser social, la soberanía nacional es la expresión colectiva de la autonomía individual. De ahí sus serias dudas respecto a la legitimidad, por no decir la eficacia, de la injerencia humanitaria.

La tesis principal del libro es una firme defensa de la obligación de prestar ayuda material, no solo de proteger la vida y las libertades. Nussbaum no admite diferencia esencial entre los derechos humanos de “primera generación” (civiles y políticos) y los de “segunda generación” (económicos y sociales). Niega que se distingan por ser aquellos de estricta justicia y estos indeterminados: el deber de dar alimento a quien no tiene es tan cierto como el de respetar el libre ejercicio del culto. No se distinguen tampoco por ser los primeros de aplicación inmediata, pues, al igual que los segundos, exigen gastos para que sean efectivos (las elecciones, los tribunales… cuestan dinero). La miseria no deja intactos los derechos civiles, porque impide el desarrollo personal necesario para ejercerlos. Una vida a la altura de la dignidad humana exige la posibilidad de cultivar las capacidades propias, y como para eso son imprescindibles recursos (sanidad, educación…), es obligado facilitarlos. Es el “enfoque de las capacidades humanas”, que Nussbaum expuso en otra obra, Emociones políticas.

Sentado el principio, Nussbaum da muestra de realismo al señalar la escasa eficacia de la ayuda humanitaria internacional. No se promueve realmente el desarrollo si no se movilizan las energías del país ni se fortalecen sus instituciones, y eso no se consigue con solo dar fondos ni con proyectos diseñados por expertos. Una campaña de vacunación no es desarrollo; es desarrollo hacer crecer poco a poco un sistema sanitario propio, que se sostenga con personal y recursos del lugar. Eso es mucho más complejo que los mensajes de organizaciones filantrópicas que invitan a escolarizar a un niño con un donativo de tanto al mes.

No es paradójico, entonces, que Nussbaum predique el cosmopolitismo y defienda la soberanía nacional. La fraternidad universal es vacía, dice, si no se encarna primero en la solidaridad entre los más cercanos, de la familia a la nación. La humanidad cosmopolita no es una multitud indiferenciada: es la comunidad de las personas distribuidas en sociedades diversas, según la historia y la cultura comunes.