Gema Pérez Herrera: “Se nos vende una libertad entendida como autonomía radical, pero no sabemos qué hacer con ella”

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En su despacho de la Universidad de Valladolid (Foto: Cortesía de la entrevistada)

Si un día despertaras y no recordaras cómo te llamas, quiénes son tus padres, qué carrera estudias, qué idioma hablas, en qué país vives y hubieras perdido la memoria sobre tu infancia y adolescencia, ¿qué es lo primero que harías? Esa es la pregunta que Gema Pérez Herrera, historiadora y profesora de Historia Contemporánea y de Historia de la Cultura en la Universidad de Valladolid, hace a sus alumnos el primer día de clase.

La respuesta suele ser la misma: me miraría al espejo y me preguntaría quién soy. La desmemoria, el desconocimiento de la historia, provoca una pérdida de identidad y obliga a la búsqueda, suscita una pregunta sobre el sentido de la vida.

Gema Pérez Herrera (Santander, 1988) es investigadora especializada en cultura contemporánea, cine y representación de la mujer en la historia reciente. Ha centrado su trabajo en analizar cómo el cine y la cultura audiovisual reflejan las transformaciones sociales de nuestro tiempo.

Entre sus publicaciones destacan dos obras clave para entender su pensamiento. Por un lado, Barbie eres tú: La mujer millennial ante el feminismo vital (Eunsa, 2025), un ensayo en el que toma la película de Greta Gerwig como punto de partida para reflexionar sobre el feminismo contemporáneo, la crisis de identidad de las mujeres millennials y la tensión entre libertad, ideología y sentido vital.

Por otro lado, su obra Greta Gerwig. Biografía de la directora de “Barbie”, “Mujercitas” y “Lady Bird” (Erasmus, 2025) reconstruye la trayectoria de la cineasta estadounidense como una figura clave para entender el cine contemporáneo y la representación de la identidad femenina en el siglo XXI.

Desde ahí, Pérez propone una lectura de la cultura contemporánea marcada por la experiencia millennial: una generación atravesada por la aceleración tecnológica, la fragilidad de los vínculos y la pérdida de referentes estables, pero también por una intensa búsqueda de sentido.

¿Qué hace culturalmente interesantes a los millenials?

— A los millennials, como a cada generación, hay que entenderlos en su tiempo. Además de la crisis de madurez normal, nos han pasado varias cosas que explican nuestra situación actual.

Nacimos en una época de aparente prosperidad y estabilidad, en un mundo occidental que, tras la caída del Muro de Berlín, parecía haber alcanzado el “fin de la historia”.

Sin embargo, esa calma o seguridad era un espejismo. El mundo pronto se aceleró a una velocidad de vértigo por la llegada de internet. Se transformaron radicalmente las formas de vivir y, de manera especial, nuestros vínculos familiares, de pareja y de amistad.

A esta aceleración tecnológica se sumaron dos grandes crisis: el shock del 11-S, que rompió la estabilidad geopolítica y abrió un nuevo escenario internacional, y la fractura económica de 2008, que nos alcanzó precisamente cuando intentábamos incorporarnos al mercado laboral.

Pero el factor más determinante es de orden afectivo y cultural. Somos la generación en la que la revolución sexual del 68 ha permeado de manera nítida por herencia cultural, transformando por completo nuestras formas de vida, el modelo de familia y los parámetros de la sexualidad en Occidente.

Esta realidad es la que Greta Gerwig explora desde sus inicios en el cine independiente: el retrato de jóvenes con alta preparación, pero que viven en condiciones laborales peores que las de sus padres y experimentan un problema tremendo de comunicación.

Aquí surge la gran paradoja millennial: están hipercomunicados a través de las nuevas tecnologías y las redes; practican el “amor libre”; tienen múltiples posibilidades de consumo, pero no consiguen saciar sus necesidades o anhelos.

Se nos vende una propuesta de libertad entendida como autonomía radical, pero no sabemos qué hacer con ella porque no hay señales en el camino. Ese es el malestar espiritual que nos inquieta.

Esta generación no siempre encuentra respuestas en sus padres –hijos de ese sesentayochismo– y se ve obligada a buscarlas en una cultura que carece de valores morales o éticos compartidos. Por eso es la generación que acude en masa al psicólogo.

Bajo ese ruido ambiental existe una inquietud profunda por comprender el mundo y descubrir, finalmente, cómo encontrar la felicidad personal en medio de este caos; cómo lograr una vida plena.

— Y con este marco nos encontramos con Barbie, que para ti habla de la mujer millennial, entre otras cosas. ¿Cómo fue tu lectura de la película? Sales de verla y piensas: “Aquí hay algo”.

— Yo sigo muy de cerca a Greta Gerwig desde hace años porque me parece una cineasta fascinante. A través del cine ella quiere conocer las narrativas específicas de las mujeres y de lo femenino, lo que ella llama los “mitos” de las mujeres. Y, al mismo tiempo, quiere que esas historias lleven al espectador a lo universal.

Es decir, cuando tú lees la Odisea, seas mujer u hombre, te identificas con sus valores universales: el mundo ordinario, la llamada a la aventura, la salida del hogar, el mundo nuevo, la gran prueba, los límites, el camino de regreso y el descubrimiento del sentido.

¿Por qué parece que la literatura de mujeres, el cine de mujeres, es solo para mujeres? A través de lo femenino también se puede alcanzar lo universal. Esta es una de las grandes obsesiones narrativas de Greta Gerwig.

“Las ideologías son reduccionistas: nos cierran ante la complejidad de lo real”

— ¿Cómo valoras el hecho de que en Barbie el conflicto empiece por la entrada de la imperfección en un mundo artificialmente perfecto?

— En la película, la irrupción de la imperfección –que se manifiesta simbólicamente en la idea de la muerte– hace que la protagonista toque tierra, literalmente. Es una metáfora muy potente de la madurez, especialmente para una generación de mujeres que está llegando a los 40 años y empieza a notar un cambio de fase, donde la finitud se hace presente de muchas maneras.

Para entender el impacto de esto hay que mirar el contexto generacional. Los millennials hemos crecido en una cultura que nos vende posibilidades infinitas y fomenta así que nos comportemos como eternamente jóvenes. Somos esa generación que llega a los 30 o 40 años sin haber asumido, en muchos casos, los compromisos vitales tradicionales: una casa, una estabilidad o una familia propia.

En este sentido, asumir la imperfección es una forma de realismo. Es el momento en el que te das cuenta de que no eres quien proyectabas cuando tenías 18 años, ese puesto de trabajo ideal o ese lugar soñado. Y quizá nunca lo alcances.

Este golpe de realidad provoca en el millennial una crisis de identidad profunda: aparece la incertidumbre y la pregunta de quién eres realmente fuera de esas proyecciones. Barbie nos recuerda que la vida es finita, que la perfección no existe y que la felicidad no es incompatible con eso.

Lo más atractivo de la propuesta de Greta Gerwig en la película es su concepto de libertad como aceptación de lo real. Con Barbie quería preguntarse qué hace valiosa la vida de una mujer, y su respuesta no es cerrada ni se ajusta a un modelo ideológico previo, sino que invita a asumir la realidad personal, física y cultural de cada uno, con todas sus consecuencias.

Es una reacción frente a ciertos discursos o moldes ideológicos que tratan de imponernos visiones muy cerradas.

“El feminismo originario era más humanista: buscaba integrar, no expulsar”

— ¿Pero no parece que esa propuesta cultural convive a la vez con otro tipo de propuestas más ideológicas?

— Por supuesto. Y la cuestión de la mujer ahora mismo es un campo de batalla enorme, uno de los nervios centrales de nuestro tiempo. ¿El feminismo es una ideología? De entrada, no. ¿Puede llegar a ideologizarse? Sí, en la medida en que genere un pensamiento único y expulse a quienes no lo compartan o se salgan del molde. Las ideologías son reduccionistas: nos cierran ante la complejidad de lo real. El feminismo más hegemónico o mainstream hoy ha caído en alguna de estas trampas.

Creo que eso es precisamente lo que Greta quiere dinamitar con sus historias; quiere decir: “dejemos que la mujer sea libre a la hora de vivir como mujer”. Sin olvidar que esa libertad pasa por reconocer que, como seres humanos, tenemos límites, que hay realidades esenciales –la primera de ellas, nuestra naturaleza sexuada– que no se pueden obviar y que hemos de integrar en nuestra búsqueda de una vida plena. Somos naturaleza y cultura.

Durante la presentación de uno de sus libros en la Universidad de Navarra (Foto: Cortesía de la entrevistada)

— ¿Puede una película como Barbie decir algo sobre el hombre? Sobre todo en un momento en el que el hombre no quiere escuchar nada que venga desde el feminismo.

— Por desgracia, el discurso más mainstream ha cristalizado una idea de feminismo muy ideológico y excluyente, ante la que muchos hombres reaccionan –lógicamente– alejándose. El feminismo originario era más humanista: defendía que las mujeres fueran entendidas como seres humanos completos e íntegros en la sociedad, en lo público y lo privado, en igualdad de derechos y dignidad con el hombre. Era un proyecto que buscaba integrar, no expulsar.

La conversación final entre Barbie y Ken en la película me parece que ofrece la clave para esto: no somos Barbie y Ken como identidades etiquetadas, sino que es Barbie y es Ken. Es una llamada a la búsqueda de la identidad de cada uno, que es el tema obsesivo en su cine: quiénes somos, qué nos hace ser lo que somos y qué espacio de libertad hay ahí. Es una invitación a buscar la auténtica identidad personal con vistas a convivir y crear un mundo donde ninguno aplaste al otro.

La gran pregunta en Barbie es qué hace valiosa la vida de una mujer, y, por analogía, la vida de un hombre.

— En tu libro no hablas solo de Barbie sino de toda una generación de mujeres millennials que están haciendo una propuesta cultural distinta. He encontrado tres temas transversales en tus obras. Empiezo por la muerte.

— La muerte siempre ha obsesionado al ser humano porque es un destino inevitable y enigmático, estrechamente vinculado al sufrimiento. Son las religiones las que han proporcionado alguna respuesta a ese enigma. En el mundo secularizado occidental, por primera vez en la historia del ser humano, nos encontramos ante una cultura que niega de manera explícita la trascendencia. Con ello ha dejado la cuestión de la muerte sin respuesta, no quiere mirarla. El modelo cientificista y racionalista no proporciona esas respuestas.

De hecho, Greta empieza a escribir el guion de Barbie encerrada en casa durante la pandemia de 2020. Investiga sobre Ruth Handler y se entera de que tuvo una doble mastectomía por un cáncer muy agresivo. Entonces dice: la mujer que ha creado la muñeca del cuerpo perfecto es una mujer imperfecta. Si se encontrasen las dos, ¿de qué hablarían? ¿Qué vida es más auténtica? ¿Merece la pena ser humano? ¿Qué hace valiosa la vida real frente a la vida ideal?

De nuevo, el realismo: aunque vivamos en la cultura del entretenimiento, el ocio, el consumo y el materialismo hedonista, tarde o temprano nos encontramos con la muerte. Ante la ausencia de respuestas, algunos optan por el individualismo emotivista: que elijas tú el momento de tu muerte, que sigas controlando desde tu autonomía radical, igual que has controlado toda tu vida. Otros, en cambio, se atreven a mirarla cara a cara. Sirat, de Óliver Laxe, o Los destellos, de Pilar Palomero, son algunos ejemplos recientes. Y de ese ejercicio surgen posibles respuestas; la de Laxe, completamente nihilista.

En Cinco lobitos y en Los destellos no está presente la trascendencia; no ofrecen ese destello luminoso que sí tiene la Barbie de Greta, con su final y el encuentro con su creadora. Pilar Palomero, por ejemplo, se queda solo en el cuidado y en la pervivencia de los vínculos que el amor ha creado, en lo meramente humano, pero mira la muerte desde el realismo y desde la humanidad, y eso ya abre la puerta a cierta esperanza o a otras realidades de la vida. Alauda Ruiz de Azúa hace algo similar en su ópera prima: el personaje de Amaia madura en el cuidado de una madre enferma y en el descubrimiento de la imperfección en la relación de sus padres.

— Segundo tema: Dios. ¿Cómo pasa una generación educada en la ausencia de Dios a volver a hacerse estas preguntas?

— Figuras como Greta Gerwig, Alauda Ruiz de Azúa o Ana Iris Simón se atreven a mirar la realidad sin respuestas preconcebidas y están abiertas a reconocer lo que hay en ella.

Experimentan y reconocen que el mal existe, y eso les interpela. En la experiencia del sufrimiento, a veces, se abren vías de comprensión más profundas de la realidad. Fíjate en Ana Iris Simón cuando encuentra, en una situación de mucho mal y sufrimiento, la presencia de Jesucristo.

Experimentar el mal, pero también el bien, la fuerza del amor o de la belleza, puede ponernos frente al misterio del ser humano y de la vida.

En esta línea, muchas de estas mujeres artistas millennials están reaccionando tras la experiencia de la maternidad o del cuidado de una madre enferma. Ven en ello algo que trasciende la mera utilidad o practicidad de la vida: el valor de hacer cosas de una manera desinteresada o gratuita, no desde la lógica productiva.

Y, finalmente, la contemplación de la belleza, que nos acaba llevando al bien y a la verdad cuando se la mira con ojos honestos.

Tercer tema: la identidad. Un concepto muy presente en Barbie, pero también en el cine de Carla Simón o en el libro Feria.

— Me gusta lo que dice Mary Eberstadt en Gritos primigenios: que “¿quién soy yo?” es la pregunta más cargada en la actualidad, se mire por donde se mire, y que la pregunta por la identidad es la pregunta por nuestra pertenencia en el mundo.

Somos los herederos de ese gran cambio cultural que tuvo lugar en los años sesenta. La contracultura quiso romper con la herencia del pasado occidental y crear un mundo nuevo de la nada, desde la utopía de deseos bienintencionados. Renunciar a las raíces, o perderlas, te sitúa en un entorno donde la identidad se disuelve. Es lo que planteo a mis alumnos: si te levantas sin conocer tu historia, no sabes quién eres.

Esta ruptura con el pasado lleva a pensar que la identidad es algo que solo se construye, que depende exclusivamente de los deseos y las decisiones individuales. Mucha gente ha crecido ya dentro de esa concepción y eso genera una angustia existencial y una gran desorientación.

Lo que comprendí al ver Lady Bird, la ópera prima de Gerwig –esa historia de una adolescente que quiere llegar a ser alguien y darse a sí misma un nombre–, es que la identidad tiene también mucho de lo recibido, de lo que no hemos elegido pero nos ha sido dado gratuitamente: desde la familia hasta la cultura.

Es algo que Ana Iris Simón ha afirmado en varias ocasiones: que quizás lo más valioso de lo que tenemos es precisamente lo que no hemos elegido, sino lo que hemos recibido: una herencia, una familia, una tradición, una fe.

— Tú recoges la definición de cultura de Ortega y Gasset: un “sistema de ideas vivas que cada época posee”. ¿Qué sombras le ves ahora al sistema de nuestra época?

— Creo que nos encontramos en una encrucijada cultural. Parte de nuestra cultura occidental ha decidido romper con un pasado que considera opresivo y, con ello, se ha cerrado a muchos de los grandes referentes que nos ayudaban a entender quiénes somos y hacia dónde deberíamos ir. Ante esa orfandad, estamos desconcertados: ¿para qué sirve elegir si no hay una meta o si da igual lo que se elija?

Esto lo explico siempre con la metáfora de la brújula: las brújulas solo funcionan cuando están imantadas y señalan el norte. A día de hoy, nuestra cultura es como una brújula desimantada. Te dice que da igual a dónde vayas; parece que lo único que importa es que camines y carpe diem. Pero la realidad es que los caminos pueden acabar en precipicios y que también hay puertos a los que llegar. Al renunciar a la tradición y a la cultura milenaria de Occidente, hemos decidido bajarnos de los hombros de gigantes, y el resultado es que volvemos a ser un enano que chapotea en el barro.

“Si rompemos con nuestra tradición, dejamos a los jóvenes reducidos al impulso de la dopamina”

¿Y las luces?

— Las luces me parecen precisamente ese anhelo de búsqueda y la autenticidad a la que ese anhelo a veces conduce. La búsqueda honesta –o desesperada, al percibir esa desolación que mencionábamos– rompe el conformismo y puede llevar a superar la mirada superficial. Ver cómo esa búsqueda persiste, a pesar de las rupturas o de tantos mensajes que buscan hacernos vivir anestesiados, es una fuente de esperanza en el ser humano y en su capacidad de descubrir la verdad y dejarse transformar por ella. El ser humano, con su libertad, es el auténtico agente de cambio en la historia: de él puede esperarse siempre lo inesperado.

— ¿Qué ves en las siguientes generaciones en su relación con la cultura?

— Veo una gran falta de referentes y una escasez de formación cultural. Debido a esto, a veces no saben interpretar lo que ven: los productos culturales de otras épocas –o incluso de la suya– son como lienzos en blanco. Por eso evalúan las cosas a un nivel emocional: “me gusta” o “no me gusta”, porque no poseen otros criterios ni conceptos, y se quedan en el impacto que les provoca.

Pero en cuanto les enseñas que en la cultura se encierra mucha belleza y sentido, que en ella hay respuestas o anclajes en los que podemos agarrarnos para vivir, ellos se te acercan porque también quieren aprender, quieren descubrir lo que ven que a ti te hace vibrar. Muchas veces les mueve más ver tu actitud ante la cultura que cualquier discurso. Me gusta usar la palabra “desheredados” (el concepto no es mío). Si rompemos con el legado de nuestra tradición y no educamos en ella, hacemos a las nuevas generaciones incapaces de degustar todo lo bello que la humanidad nos ha dejado en herencia, las cosas valiosas que han trascendido en el tiempo. Y sin esto, dejamos a los jóvenes reducidos al impulso de la dopamina.

Pero cuando ellos ven que las cosas son mucho más que eso, muchos se enganchan, porque perciben ahí algo; llevan dentro ese anhelo. Tú eres un poco como la cerilla que se le acerca y ¡bum!, ellos prenden.

Creo que el auténtico sentido de nuestro trabajo como profesores o educadores es precisamente suscitar ese fuego, el amor por el saber y la verdad, para que se conviertan en antorchas o velas encendidas que pasen el testigo a las generaciones futuras.

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