Ana Iris Simón: “Apostar por lo nuevo solo por ser nuevo está siendo catastrófico”

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Duración lectura: 16m. 41s.
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Fotografía: Guillermo García

Ana Iris Simón –periodista, Campo de Criptana, 1991, casi treinta años– ha escrito un libro que es un parque de atracciones de sentido común y alta velocidad.

Se llama Feria (Círculo de Tiza) y es un debut literario con Puerta del Príncipe. No es una novela. Ni un ensayo. Va para la quinta edición y es un género mix como los Boom de doble cedé que nos traían los Reyes a los de la EGB.

Es un espejo y un retrato. Una historia real de La Mancha y una conversación honesta sobre España entera. Un hofmann de recuerdos y unas enseñanzas subrayadas con stabilo amarillo fluorescente de orgullo sano. Son personas de carne, hueso, corazón, ideas y oídos. Es homenaje y reflexión. Es pura naturalidad narrada en plata en el país de las subordinadas con papel de fumar. Es pico y es pala. Y puente.

Feria es una tesis oral sobre “la primera generación que vive peor que sus padres”. Un parón en el tiovivo del progreso, que resulta que a veces va al revés. Es un libro tierno y duro, pero se come como un algodón de azúcar. Al deshilachar sus pasajes nos entran unas ganas locas de dejar de pontificar y aprender a escuchar a las personas sin prejuicios.

Feria es puntillismo en un panorama de brocha gorda. Impresionismo contra expresionismo sordo. Un trabajo a contracorriente cuyo éxito suena a golpe ciudadano sobre la mesa: ¡No podemos seguir viviendo como en masa de tópicos, arrastrados por la inercia del látigo!

Ana Iris es la autora, y la hija de la Ana Mari y de Javi. Nieta de feriantes y agricultores, de María Solo y Mari Cruz. La amiga de Cynthia. Sus raíces y sus vivencias en Ontígola son ya patrimonio de los lectores. Ella es la vivaracha deslenguada que se pasea por la feria de las vanidades en plan kamikaze y con una sugerente autenticidad.

Sobre el tablao de una conversación en los bancos del barco vikingo, mientras suenan de fondo Camela, El último de la fila y aquellas bocinas lejanas de la tómbola –“¡A por otro, a por otro, a por otro perrito piloto!”–, charlamos sin miedo al que dirán.

— Esto de hablar con sentido común y una sonrisa sobre los temas candentes es muy revolucionario.

— Tuve mis miedos… En el libro salen conversaciones que sería incapaz de publicar en las redes sociales, y diálogos que tuve con mi padre de pequeña sobre temas que hemos vetado de la charla pública, porque cada vez andamos más de uñas… La respuesta de los lectores me ha sorprendido. Solo me han llegado críticas positivas, y me esperaba capturas del libro rulando por Twitter de gente acusándome de cualquier cosa.

— Opinar sin atacar, con el bagaje de una experiencia personal, es digerible por una amplia mayoría. Y hace pensar.

— Los debates publicados en los medios y los que se ofrecen en el Congreso de los Diputados cada vez están más lejos de las preocupaciones normales de los ciudadanos de izquierda o de derecha, que ahora mismo son tremendas, porque tienen que ver con la supervivencia. La cuestión es que los periodistas solemos centrar la realidad en estos debates, e incluso nos va la vida en ello, y pensamos que la vida es lo que sucede en Twitter. Y no. Por eso la política y los medios cada vez nos interesan menos.

— Dices que ser progresista está sobrevalorado.

— Es innegable que en estos años hemos conquistado libertades y derechos que eran necesarios, pero también es verdad que hemos hipotecado muchas cosas en su nombre. Hay aparentes conquistas que, en realidad, eran nuevas imposiciones.

“El feminismo enarboló la bandera de que el trabajo nos haría libres y eso casi ha impedido ser madres a las mujeres de las clases populares”

Desde aquel hombre nuevo de la Revolución Francesa que mira al pasado con condescendencia, hemos involucionado. Platón nos anima a extraer conocimiento de los que nos precedieron como una manera de apostar por el futuro. No tiene sentido apoyar lo nuevo solo por ser nuevo, porque los resultados están siendo catastróficos.

Feria es una pancarta pro-familia en medio de una estepa nacional.

— Mi familia es profundamente atea, pero mi abuela tuvo nueve hijos… ¡Que me digan a mí que tener una familia grande está asociado a lo religioso es no tener ni puñetera idea de lo que significa la familia para las clases populares! La izquierda se ha dejado perder en esta batalla. Ese estereotipo de que una familia grande es rancia no tiene ningún sentido. Mi experiencia ha sido toda la contraria.

— También es una oda a la maternidad. Rompe el tópico de que ser madre es, prácticamente, de ultracatólicas. Muchos hijos lo leerán y no se sentirán culpables por haber nacido inoportunamente…

— ¿El verdadero progreso era alargar la maternidad hasta los 40 años, cuando estamos al límite físico de nuestra capacidad? Paradójicamente, la tendencia de retrasar la maternidad convive con la fiebre por buscar hijos como un proyecto individualista, almacenando esperma congelado y óvulos donados, y no como un proyecto de amor entre dos personas… ¡Eso no puede parecerme un avance! Es un paso adelante que quien decida tirar por ahí no sea estigmatizado, ni encarcelado. Vale. Pero el fenómeno de los bebés a la carta empieza a ser mayoritario y me parece una tragedia.

— La natalidad en España es una tragedia. Estamos en el hijo único como tasa universal. A veces no queremos. Pero muchas veces es que no podemos…

— Mi generación ha hecho bien en denunciar que las condiciones materiales nos impiden tener una familia, pero no siempre retrasamos la maternidad por esa razón.

Es evidente que las condiciones materiales no ayudan: tenemos sueldos precarios, mucha incertidumbre laboral –yo he vivido tres ERE con 28 años–, y la vivienda es carísima, pero también creo que todo depende de las prioridades personales. No podemos estar todo el rato arrojando balones fuera y echando la culpa a las generaciones precedentes. A lo mejor hemos preferido tener Netflix, compartir piso en Malasaña, viajar a Tailandia e ir a todos los festivales del mundo… Las prioridades reales tienen mucho que ver con dónde invertimos. No es verdad que seamos una generación ególatra que no quiere tener hijos, y tampoco es cierto que no tengamos hijos porque no podemos. Dudo de que los padres de la gente de mi generación tuvieran las condiciones perfectas para poner en marcha una familia.

— Esa ilusión por ser madre es fácil que la compre gente con sensibilidades diferentes. Pero lo de apostolar ser ama de casa, ya…

— Me resulta terrible pensar en tener un hijo y a los seis meses depositarlo en un lugar donde lo cuide otra persona a la que pagamos por ello…

“Esta sociedad rinde un culto excesivo a la juventud y a la innovación, y se olvida de la sabiduría del anciano”

Poner en primer lugar la realización personal solo a través del trabajo, y que la propia familia sea el segundo plato, sería para plantearse a quién estamos sirviendo con nuestro “empoderamiento” para pagar ese precio. La incorporación de la mujer al trabajo conlleva consecuencias positivas, como la independencia económica, pero otras son inhumanas, como no poder cuidar a nuestros hijos. El feminismo enarboló la bandera de que el trabajo nos haría libres –recordemos que esa frase estaba en las puertas de los campos de concentración–, y eso quizás les valga a las mujeres de las clases altas, que pueden cogerse una excedencia de dos añitos y reincorporarse sin consecuencias, pero a las mujeres de las clases populares casi les ha impedido ser madres.

— Arremetes contra la igualdad por decreto y le quitas la exclusividad al movimiento feminista oficial.

— El feminismo, ni es un movimiento exclusivo, ni es patrimonio de nadie. Hay quien ha dicho que trato de vender como progresista algo que es conservador, y respondo con C.S. Lewis: “Cuando ves que te acercas a un precipicio, la cuestión no es seguir avanzando, sino retroceder”. Yo no planteo un modelo alternativo de feminismo, simplemente digo qué me parece bien y qué me parece un atraso, incluso qué me parece ridículo o absurdo de este dogma uniforme.

— ¿Se pueden decir cosas así de libres si no te declaras antes votante de Podemos?

— No. Soy consciente de que hablo desde una posición ideológicamente privilegiada y de que estoy en un contexto cómodo para criticar algunas cosas. Quizás las podría haber dicho igual, pero no habrían tenido el mismo eco si yo no fuera una mujer, supuestamente joven y procedente de una familia comunista como la mía. Por otra parte, sin mi tradición familiar no habría llegado a estas conclusiones. En otro entorno, los debates que tuve y tengo con mi padre –por qué los obreros no podemos tener patria, la ética de la inmigración en una sociedad global…–, o mis reflexiones políticas, sociales, espirituales y vivenciales, no habrían sido posible.

— Hablas de Dios como si fuese necesario en la sociedad de la eficacia.

— En el discurso público se replica siempre el mismo patrón: quememos lo viejo, porque lo que crearemos nosotros después será mejor solo por ser nuevo… Don José Luis, un párroco de Ávila, que es donde vivo ahora, me decía el otro día que la presunta muerte de Dios ha generado que fuésemos politeístas creando un montón de dioses: el trabajo, el dinero, el deporte, el ocio… La ideología es uno de esos diosecillos a los que rendimos culto. Cada vez tengo más claro que el ser humano es un ser espiritual. Viktor Frankl, en La presencia ignorada de Dios, habla de cómo Dios está, aunque no lo queramos ver. La manera de enfrentarse a la muerte de los ateos revela que no son tan ateos, al menos eso he visto en mi familia. Pensábamos que matar a Dios iba a ser intrínsecamente positivo, un avance y la liberación absoluta… Y el intento tampoco ha sido para tanto…

— Cuentas que te encontraste a Dios en el campo contrario. Por tu historia se ve que una conversión en el siglo XXI tiene mucho que ver con hacerse preguntas honestas.

— Mi abuela materna era súper creyente y tengo dos tíos abuelos de esa rama que son curas, aunque mis padres no me bautizaran de pequeña y me criaran en un ambiente ateo practicante. Crecí entre dos mundos: el de mi abuela, que les decía a mis padres que me tenían de mora mientras me enseñaba a rezar y me llevaba a las procesiones, y el de mi padre. El choque se observa muy bien en cómo me explicaron la muerte cuando murió una compañera del cole con tres años. Mi abuela me decía que estaría en el cielo con los angelitos. Mi padre, que estaba en el suelo y se la estarían comiendo los gusanos. Entre la fe y el paganismo me fui forjando mi criterio.

— ¿Ser católico en la vida pública está mal visto en España?

— En España, el cristianismo es una mayoría en retroceso, por eso es muy fácil despotricar sin filtro. Nuestra historia reciente lo propicia. Es muy sencillo atacar al por mayor, pero esas piedras no se dirigen solo contra lo religioso, sino contra todos los valores occidentales, que son cristianos. En parte, esa crítica a bulto es un reflejo de la vergüencita que tiene Occidente de sí mismo. Tenemos mucho que aprender de nuestros pueblos ancestrales y de nuestro pasado.

— En el libro hablas de tus abuelos como si levantaras un monumento en el Km 0 de España. Después de lo que estamos viviendo con esta pandemia.

— Tratamos con injusticia a nuestros abuelos, porque creemos que todo lo anterior es peor. Una vez le pregunté a mi abuela por el feminismo, y me dijo que estaba muy bien, que hubo una época en la que los derechos de las mujeres eran de segunda, pero que también había muchas tonterías. En ese momento, pensé: pobrecita mi abuela, no sabe nada, porque no ha podido leer a tales autores, no ha sido guay, como yo, y no ha podido vivir en Madrid. Ahora, pienso: ¡Seré tonta juzgando a mi abuela con esa condescendencia! ¡Claro que ella había podido llegar a conclusiones más lógicas y más altas que yo sin necesidad de leer a no sé quién! ¡Claro que no era una pobre señora de pueblo alienada y sometida! Ella era lo que quería ser, y decía lo que quería decir. Y punto.

Hemos mirado a nuestros abuelos como si fuesen víctimas del retroceso, y ese enfoque es poco realista. Esta sociedad rinde un culto excesivo a la juventud, a la innovación, y se olvida de la sabiduría del anciano, del viejo de la tribu, del patriarca, de pedir consejo y abrazar su manera de ver el mundo.

“La dialéctica cainita de que los españoles se matan la crean artificialmente los políticos y los medios porque da clics, porque da ‘likes’ y porque da votos”

— En la España de los coches de choque de la polarización, ¿dónde está el stop?

— No lo sé. Es una realidad que me da mucha pena. La polarización es peligrosa. Azuzar la dialéctica de la alerta antifascistas y la dictadura socialcomunista entre quienes están a salvo, es una irresponsabilidad. Mi bisabuelo murió en Francia exiliado y cuando hablan de fascistas en el Congreso me quedo en shock. ¡Fascistas fueron los que le llevaron a él a la cárcel y después al exilio, y no lo que tenemos hoy en las Cortes! Me pasa igual cuando hablan de la dictadura socialcomunista por el otro lado. ¡Comunista era mi abuelo, y no quienes hoy se sientan en los escaños! Me duele este ambiente crónico guerracivilista y no entiendo que se use en vano su carga destructiva. La clase política y los medios lo alimentan para distraernos de los problemas realmente importantes.

— ¿Qué es preocupación social de izquierdas de verdad y qué es pirotecnia de feria de pueblo?

— Ahora mismo, que se paguen los ERTE correctamente, que la gente pueda tener techo, pan y comida, y que podamos fundar familias. Lo demás son fuegos artificiales por parte de la izquierda, y por parte de la derecha. La izquierda de verdad debería estar en sintonía con las preocupaciones de mi abuelo. Aunque quizás los que se dicen de izquierdas no sean de izquierdas…

— El éxito de Feria puede reflejar que la tercera España –la que está harta del pasaje del terror del cainismo destructivo– cada vez tiene más hambre y más voz.

— El cainismo y los bandos se crean artificialmente desde los púlpitos políticos y mediáticos, porque da clics, porque da likes y porque da votos. En los pueblos se ve bien que las cosas no son como nos las cuentan desde hace muchos años. Mi padre es comunista y tiene compañeros de trabajo a los que quiere muchísimo que votan a Vox. Pensar que en las calles vivimos en disposición de enfrentamiento no es realista. Basta bajar a cualquier bar de cualquier pueblo de España para comprobar que esa dialéctica cainita de que los españoles se matan solo es verdad en el Congreso de los Diputados.

— En tu libro hablas de éxito sin ir de coach.

— Mi abuelo fue al colegio hasta los siete años y por las tardes, porque por las mañanas estaba ayudando en el campo. Para mí, su éxito es que tenga una familia así de grande. He descubierto lo que era el amor viendo cómo se querían mis abuelos, y considero que ese es el verdadero triunfo. El mayor caso de éxito que yo conozco es el de mi abuelo, que no está aparcado en ninguna residencia, vive con mi tía y cada semana recibe visitas de un montón de nietos que le quieren con locura.

— Dile a Círculo de Tiza que olé. Que esta autenticidad es valentía. Y que enhorabuena por las ventas.

— Feria era un libro arriesgado, en primer lugar, porque no es una novela, no cuenta ninguna mentira, no tiene un principio y un final, no es nada comercial, y muchas de las cosas que dice discrepan sobre lo políticamente correcto y eso siempre genera tensión. Sin embargo, no me han cambiado ni una coma. Editan con muchísimo cariño y respetando al autor.

— Hay un comentario en la web de la editorial que dice: “Este libro cambiará la Historia”. ¿Un comentario del comentario?

— ¡Lo ha escrito mi novio!

 

Diez ítems para la década que viene

  1. Una idea que moverá la sociedad: Los publicistas nos bombardean con que será la empatía y ojalá acierten. Pero en todos los sentidos y direcciones, no solo en los que a cada cual nos interesan.
  2. Una idea que agitará la cultura: Dos: elitismo y antielitismo. Dice Víctor Lenore que es el nuevo eje en el que nos moveremos y me parece interesante y necesario si hablamos de cultura, con todos sus matices: hay mucho elitismo disfrazado, paradójicamente, de lo contrario.
  3. Un libro para entender lo que viene: La bestia colmena, de Pablo Und Destruktion. Y ojalá también venga el antídoto que propone para combatir eso que viene. Y que regresen las canciones bonitas.
  4. Una banda sonora: De nuevo, Pablo Und Destruktion.
  5. Una persona de 2010-2020 que influirá especialmente en 2020-2030: No sé.
  6. Un acontecimiento de 2010-2020 que será decisivo para 2020-2030: No sé.
  7. El puente más seguro para unirnos como sociedad: No sé.
  8. La vacuna que nos ayudará a ser más humanos: Acordarnos de reparar en aquello que nos trasciende. Mirarnos, mirar hacia abajo –a las raíces– y mirar hacia arriba –a Dios, creamos o no en él–.
  9. El clásico de la literatura que no podemos aparcar nunca: ¡Ninguno! Y, como españoles, tenemos donde mirarnos y mucho que conservar de El Quijote a Campos de Castilla. Personalmente, y yéndome al otro lado del charco, me marcó profundamente Rayuela, una novela que muchos aman durante su juventud, pero de la que luego se avergüenzan. Y, aunque seguramente cada vez le encuentro más pegas, sigo releyéndola cada año. Aprendí a leer dos veces: una, en primero de primaria, gracias a mi profe Rosa. Otra, en 4º de la ESO, gracias a Julio Cortázar.
  10. La mejor manera de salir adelante después de la pandemia: Sin olvidar lo que decíamos que habíamos aprendido de ella. Y de todo lo que ha puesto en evidencia que nos hace mal, tanto a nivel individual como colectivo, para poder cambiarlo: que nuestra sociedad se rija por la productividad y el trabajo asalariado, que la mayor parte de los recursos estén en manos de unos pocos; lo que supone tener a los críos aparcados en guarderías y a los viejos, en residencias, etc. ¡Y poniendo una dosis de música y otra de poesía en la coctelera del corazón!

Álvaro Sánchez León
@asanleo