Las protestas estudiantiles revelan una Francia inquieta y fatigada

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Las protestas estudiantiles revelan una Francia inquieta y fatigada
Manifestación de estudiantes en Toulouse, 14-10-2026 (foto: Mathieu Pinard Baillet / Le Pictor / DPA)

No es fácil resumir el malestar social y político de Francia que se ha desencadenado con las protestas de los estudiantes de secundaria. Da la impresión de que se entremezclan problemas diversos, algunos endémicos, que no parece sencillo resolver a corto plazo. Esto agrava la ansiedad y tensión de las jóvenes generaciones, demasiado acostumbradas a la inmediatez de las “soluciones ya” para satisfacer sus deseos.

El detonante de la actual situación ha sido la amplísima revuelta de los liceos, con manifestaciones también de una inusitada violencia. Los alumnos protestan contra el estado físico de los edificios, sin mantenimiento, con goteras y muebles rotos, con aseos descuidados sin jabón ni papel y –lo que ha sido más grave este año– sin medios para combatir la grave canícula; contra el funcionamiento deficiente derivado de plazas vacantes sin sustituto en aulas sobrecargadas; contra la falta de profesores que ayuden a los estudiantes en sus dificultades; contra las desigualdades sociales entre los liceos, que abonan la sensación de que la escuela republicana no cumple la misión prometida de promover la igualdad.

Todo esto viene agravado por el miedo al futuro, que comienza con la insatisfacción profunda ante el actual sistema de acceso a la universidad. Son demasiados los que no consiguen acceder a las carreras que desean, y valoran la exigencia de notas como otro elemento de discriminación y desigualdad. La plataforma Parcoursup –el sistema para preinscribirse en el primer año de universidad– se percibe como un algoritmo de selección elitista y discriminatorio (de ahí la demanda de supresión o revisión y, en concreto, de prescindir del peso del control continuo de las calificaciones académicas, antes condensadas en el célebre bac, mientras que ahora reflejan más las diferencias entre los liceos y perpetuarían las desigualdades). La escuela no garantizaría, por tanto, el ascenso ni la movilidad social: más bien generaría frustración entre los jóvenes y sus familias. Y el avance de los modelos de IA aumenta el temor al incremento del desempleo.

A esto se une, como es habitual, la protesta inmediata contra la represión policial, un elemento clásico de la técnica de la agitación social, no por conocido y repetido, menos eficaz. Bien es verdad que nunca se había llegado, ni en los momentos álgidos de los chalecos amarillos, a casi 7.000 detenciones. Se comprende la reacción de asociaciones familiares con el eslogan “¡Manos fuera de nuestros hijos!”.

Apoyo sindical a los estudiantes y nostalgia de los chalecos amarillos

Al movimiento de los liceos se unieron pronto los estudiantes universitarios, que tienen sus propias reivindicaciones, especialmente respecto de las condiciones de vida de quienes no ven asegurado ni mucho menos un alojamiento digno. No puede ser quizá de otro modo dentro de la crisis de la vivienda que afecta sobre todo a las grandes urbes, justamente donde están los principales centros universitarios. Desde aquí parece utópico, pero los estudiantes no se resignan tampoco a la pérdida de las comidas a un euro en las facultades…

La agitación de los liceos ha reactivado otros descontentos: por el alza del coste de la vida, por las reformas de las pensiones o por las desventajas de las zonas rurales

Se comprende que muchos sindicatos laborales apoyen el movimiento, por el miedo al futuro y la incertidumbre laboral de los trabajadores. Además, coincide con el crecimiento del coste de la vida y la erosión del poder adquisitivo, demandas sindicales clásicas, junto con la oposición a las reformas del régimen de jubilación y pensiones. Al desmoronamiento del tejido industrial, consecuencia también de la relativa invasión china de la economía europea, se une el temor tecnológico: la penetración de la inteligencia artificial y los reajustes empresariales hacen pensar en un proceso de reconversión laboral acelerado, con la destrucción de empleos actuales también en el sector servicios.

La agitación de los liceos ha reactivado otros descontentos, como las clásicas quejas de la Francia periférica contra las élites urbanas en el poder. Muchos problemas vienen de lejos y despertaron en su día con el movimiento de los chalecos amarillos, que no acabó de cerrarse satisfactoriamente. La canícula de este año ha sido especialmente devastadora para la agricultura, y ha despertado viejos resentimientos geográficos y sociales. Acentúa la sensación de que las zonas rurales están menos atendidas en transporte, sanidad y servicios esenciales. En el campo se advierte aún más la subida de transportes y combustibles: es casi imposible vivir y trabajar sin el coche, y llenar el depósito resulta cada vez más caro.

El excesivo peso del sector público

Ha comenzado estos días la discusión parlamentaria de los presupuestos del Estado… Podría acabar una vez más con el gobierno, un escenario repetido, que tuvo quizá su momento álgido en la gran apuesta por la seriedad de François Bayrou, tumbada por la Asamblea Nacional.

Durante la pandemia y la posterior crisis energética, el Estado francés ha venido amortiguando el impacto económico con un gasto público expansivo. Sin embargo, con un déficit que roza el 5,4% y una deuda pública superior al 117%-119% del PIB, la carga de los intereses se ha vuelto insostenible. La necesidad de aplicar recortes y sacrificios presupuestarios (como contención de pensiones o ajustes en los servicios públicos) choca directamente con el estado anímico de una ciudadanía demasiado dependiente en su conjunto del sector público.

Objetivamente, el gobierno apenas tiene margen de maniobra. Pero nadie quiere poner el cascabel al gato. Menos aún el presidente de la República, para quien el fin de su mandato es también el archivo del derrotado

”cueste lo que cueste” (quoi qu’il en coûte), que da sus últimos estertores por la asfixia de la deuda. Sin embargo, la calle no lo acepta y sigue reclamando mejoras, por ejemplo, en el desbordado sistema de salud pública, como se comprueba a diario en la crisis de las urgencias.

El momento político

Todo se complica por la fragmentación política, con tres bloques parlamentarios casi irreductibles. Emmanuel Macron fue reelegido en 2021, pero perdió la mayoría en la Asamblea Nacional. La disolución de la cámara y las subsiguientes elecciones agravaron la polarización. La falta de mayoría absoluta ha exigido recurrir al equivalente francés de los decretos-leyes españoles, unidos a la amenaza de mociones de censura, con el consecuente desgaste institucional: crece la desconfianza de los ciudadanos en sus representantes, y aumenta la percepción de que el Ejecutivo gobierna de espaldas a la calle y al parlamento. La sensación de impotencia democrática ha acabado trasladando el debate político a las protestas populares, acentuadas y quizá promovidas por la izquierda radical. Junto a muchos carteles que reflejan el miedo al futuro, algunos no dejan de reflejar la nostalgia revolucionaria: “La lucha de clases comienza en los liceos”.

En ese contexto se sitúan los movimientos de líderes y partidos ante las elecciones presidenciales del 2027: la primera vuelta será a finales de abril.

La proximidad de esa fecha condiciona cada medida y cada protesta. Los partidos de la oposición (tanto de la extrema derecha como de la izquierda radical o socialdemócrata) capitalizan el descontento popular y lo instrumentalizan como plataforma electoral. El clima de precampaña paraliza posibles consensos y transforma cualquier propuesta –especialmente las presupuestarias– en una batalla de desgaste político, como proemio de una de las contiendas electorales más complejas de la V República, por el vigor de los dos grandes extremos políticos.

Veremos el alcance y los resultados de la gran movilización de este 17 de octubre –una fecha anunciada desde mediados de septiembre–, en la que se esperaba una convergencia de las numerosas convocatorias lanzadas a través de las redes sociales, y apoyadas por un buen conjunto de organizaciones y líderes, incluidos algunos candidatos a la elección presidencial.

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