El periodismo se enfrenta a una crisis de popularidad

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No se puede decir que la última edición del Digital News Report (DNR), un informe anual sobre los hábitos informativos mundiales que elaboran el Reuters Institute de la Universidad de Oxford y la Universidad de Navarra, traiga buenas noticias para los profesionales del periodismo. Los datos indican un descenso en el consumo de noticias, en el interés por los temas tratados y en la confianza en los medios. Ante esta situación, los autores ofrecen algunas recomendaciones.

El estudio, elaborado sobre una encuesta a ciudadanos de los cinco continentes, constata una cierta fatiga informativa en una parte importante de los consumidores de noticias. Si en 2015 dos tercios de los entrevistados se decían “muy interesados” por las noticias en general, ahora el porcentaje no llega ni al 50%. La manifestación más evidente de esa fatiga es el creciente porcentaje de quienes deciden evadirse de forma activa de la información al menos durante un tiempo o respecto a algunos temas. Esta tendencia, observada desde que comenzó a publicarse el DNR, es especialmente acusada entre los menores de 35 años.

Una de las razones esgrimidas por los “evasores” es de naturaleza cuantitativa: manifiestan un hartazgo por el exceso de información respecto a algunos temas que les generan tristeza o agobio, singularmente el coronavirus y la guerra en Ucrania. Pero también expresan quejas que podríamos considerar cualitativas: por ejemplo, que muchos medios –sobre todo las cabeceras tradicionales­– no ofrecen una cobertura adecuada, bien sea por la poca diversidad de voces, por un tono demasiado formal, o por un sesgo político, motivo que cita un tercio de quienes se han apartado deliberadamente del consumo de noticias.

Falta de confianza

No obstante, la desconfianza no solo aumenta entre este grupo minoritario, sino entre los consumidores de medios en general. Esto cierra un paréntesis de dos años en los que los niveles habían descendido; algo que entonces se atribuyó al papel “objetivador” que el periodismo había desempeñado durante la pandemia.

La desconfianza hacia los medios es mayor en el este y sur de Europa y en Latinoamérica, y menor en el norte de Europa y África

El informe muestra que el nivel de veracidad que se concede a los medios varía mucho por regiones. Es especialmente bajo en el este y el sur de Europa y en Latinoamérica (solo un tercio de los encuestados, de media, manifiesta confiar “en la mayoría de las noticias la mayoría de las veces”), y más alto en el norte y centro de Europa y África (en torno al 50% o más está de acuerdo con esa afirmación). No obstante, algunos países rompen los patrones regionales. Por ejemplo, los encuestados de Brasil y Portugal manifiestan una mayor confianza en la prensa que sus vecinos cercanos, y lo contrario ocurre con Reino Unido o Estados Unidos.

Teóricamente, la objetividad sigue siendo un ideal valorado por la mayoría de los consumidores, pero algunos datos apuntan a que esta demanda es, al menos, paradójica. Por ejemplo, los jóvenes denuncian más que los mayores la politización de los medios. Sin embargo, también son ellos quienes en mayor medida consideran que los periodistas “deberían poder expresar sus opiniones personales al contar las noticias”: así lo cree casi la mitad de lo encuestados menores de 25 años, por solo un 30% de los mayores de 55.

Polarización: diferencias por países

Según los autores, la creciente impresión de que el periodismo está politizado no se corresponde con un aumento de la polarización “objetiva”, que el informe mide según la distancia entre el perfil político de la audiencia de los principales medios y el de la población en general.

No obstante, el panorama es distinto según el país. En general, en el norte de Europa los medios más consumidos, frecuentemente las cadenas públicas de televisión, son centristas y se han ganado una reputación de objetivas.

Algo similar ocurre en Reino Unido con la BBC (aunque recientemente esté perdiendo algo de prestigio entre los conservadores); no obstante, junto a la cadena pública, existen otros medios también muy populares pero más alejados del centro político (The Guardian, a la izquierda, o el Daily Mail, en una derecha no conservadora). Por el contrario, en Estados Unidos los principales medios se encuentran bastante escorados a derecha e izquierda, sin que se pueda hablar de una referencia centrista que consiga atraer a personas de distintas afinidades ideológicas.

Menos lealtad a la marca y más mediación de las redes

Una de las peores noticias del informe para los profesionales del periodismo es que cada vez menos personas acceden a las noticias a través de los sitios webs o las aplicaciones de las propias cabeceras, mientras que crece el número de los que llegan desde una red social, con frecuencia sin que hubieran entrado a ellas con ese fin. En este sentido, se podría decir que está descendiendo la lealtad a una marca, y en cambio aumenta una conducta serendípica: encontrarse con la información más que buscarla por ella misma.

Facebook sigue siendo la red más usada para acceder a información, pero Instagram y TikTok crecen entre los más jóvenes

Esta actitud es especialmente frecuente entre los jóvenes. El informe constata una brecha generacional creciente entre los menores de 25 años y el resto: hasta 2018, un porcentaje similar en uno y otro grupo empezaba su navegación informativa desde la web o la app de una marca periodística; actualmente, mientras los hábitos de los mayores de 25 apenas han cambiado, apenas un cuarto de la población más joven utiliza estos lugares como su punto de partida.

Aunque Facebook se mantiene como la red social más usada para el consumo de noticias, entre los jóvenes ganan fuerza otras más centradas en lo audiovisual, como Instagram y TikTok. No obstante, solo un 15% de ellos accede a noticias desde esta última, lo que da cuenta de las limitaciones del formato. El informe cita a dos usuarios, un chico de 18 años y una chica de 22, con opiniones diferentes sobre la idoneidad de estas plataformas como fuentes de información. El primero señala que “todo en ellas denota una falta de profesionalidad y de rigor; no te puedes fiar, además de ser odiosamente ruidosas”. La segunda reconoce la falta de credibilidad, pero destaca “la presentación”. Por otra parte, admite que frecuentemente su consumo de información obedece a que, estando en TikTok por otros motivos (“haciendo scroll”), el algoritmo le sugiere algunas noticias.

El (lento) despegue del periodista sin marca

En la lucha por fidelizar a la audiencia, las marcas tradicionales no solo compiten contra las redes sociales. Recientemente también se tienen que enfrentar a periodistas particulares que publican sus contenidos en plataformas como Substack o Medium, muchas veces después de haberse ganado un prestigio en medios tradicionales, y que buscan crear una base de lectores enfatizando su enfoque personal. Aunque la mayor personalización de los contenidos –por oposición al corporativismo de la marca– es otra de las demandas del público más joven, no parece que por ahora este tipo de periodismo esté atrayendo a un número significativo de ellos.

En general, las personalidades del mundo de la información más conocidas entre los encuestados siguen estando ligadas a medios tradicionales, y especialmente a la televisión: presentadores de programas o analistas. No obstante, el público joven también cita a estrellas del “periodismo alternativo”: influencers en las redes sociales, youtubers, podcasters o cómicos.

El nivel de polarización mediática en cada país se refleja en los referentes informativos. Mientras en Reino Unido o el norte de Europa los comunicadores más reconocidos son algunos analistas políticos valorados por su objetividad, en Estados Unidos o Brasil se nombra sobre todo a periodistas o tertulianos famosos por su independencia de criterio o su actitud polémica.

Recomendaciones

En conjunto, el DNR refleja un escenario plagado de retos para el periodismo, especialmente en lo referido a los jóvenes, que son quienes tendrán que sostener económicamente a los medios en el futuro. En este sentido, los autores ofrecen algunas propuestas en cuanto al tono y al contenido de las informaciones.

Por ejemplo, para luchar contra la “fatiga informativa”, que los jóvenes señalan de forma más acusada, recomiendan adoptar un enfoque constructivo, capaz de transmitir esperanza. Otra de las propuestas es mejorar la claridad de las noticias. Aunque no es el motivo principal del desinterés o la falta de confianza en los medios, un porcentaje significativo de encuestados, sobre todo entre los menores de 25 años, señala esto como un obstáculo. Combinar formatos (texto, vídeo, gráficos) puede aportar profundidad o cercanía a la presentación de los hechos. En concreto, los autores señalan que el vídeo genera conexiones más fuertes con la audiencia, y por tanto puede ayudar a fidelizarla.

Otros problemas diagnosticados por el informe tienen más difícil solución; por ejemplo, cómo mantener el rigor en las piezas informativas alojadas en redes sociales como TikTok o Instagram, donde tienen que competir por la atención del usuario con otros contenidos menos exigentes; o cómo aumentar el número de suscriptores –o al menos mantenerlo– en un contexto de desconfianza creciente hacia las marcas tradicionales y de incertidumbre económica.

Por otro lado, sería interesante analizar con más detalle el mercado informativo del norte de Europa, que claramente muestra una salud y estabilidad por encima de la media (más interés por las noticias, más aprecio por la objetividad de los medios, más fidelidad a las marcas consolidadas, más suscripciones), para poder sacar algunas lecciones.

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