Transhumanismo: tecnologías muy modernas, ensueños muy antiguos

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Elena Postigo, directora del Instituto de Bioética de la UFV (Foto: Rosa Collado)

Cuando en 2011 la revista Time citó en su portada la fecha “2045” como aquella en  la que, según la teoría del progreso exponencial de la tecnología, se alcanzaría la “singularidad” –la migración de la mente humana a una suerte de ordenador– y, con ello, la inmortalidad, mencionó que uno de sus principales promotores, el ingeniero Raymond Kurzweil, podía estar dentro de cientos de años al mismo nivel que los Padres Fundadores de EE.UU.

También existía la posibilidad, claro, de que sus ideas terminaran siendo objeto de chanza, pues quizás su predicción no se cumplía jamás. Para el movimiento transhumanista, sin embargo, la “singularidad” se mantiene en ese horizonte como dogma incontestable: así como nada ha impedido que llevemos un teléfono-ordenador en el bolsillo o que se nos implante un chip en el cerebro para atenuar los síntomas del párkinson o la epilepsia, vamos de cabeza a un futuro en que la tecnología, sin demasiados miramientos éticos, corregirá los defectos propios de lo humano y nos hará cristalizar en el posthumano, en una inteligencia infinita, desprendida de limitaciones biológicas, eterna… Un “dios”, en fin.

La profesora Elena Postigo (@PostigoElena), doctora en Bioética y directora del Instituto de Bioética de la Universidad Francisco de Vitoria, lleva años diseccionando los planteamientos del transhumanismo, sus fundamentos filosóficos y sus implicaciones éticas. El volumen de información de que dispone es amplio, por lo que resulta ingrato un ejercicio de síntesis en nuestra conversación sobre el tema. Lo intentamos.

“El transhumanismo –refiere Postigo– es un movimiento cultural que se plantea la mejora de las condiciones físicas y psíquicas del ser humano con tres fines fundamentales: el superbienestar, la superinteligencia y la superlongevidad, entendida como vivir indefinidamente o como eliminar la posibilidad de morir. Comparte fines propios de la medicina, pues se plantea estimular las capacidades cognitivas, y eliminar el sufrimiento, la enfermedad, alargar la esperanza de vida… Me parecen objetivos positivos, aunque quizá asumidos con radicalidad. El principal problema está en el modo en que sus autores entienden el ser humano, y en los medios con los cuales se quieren alcanzar estos fines, entre los cuales está, por ejemplo, la eugenesia prenatal, embrionaria”.

La experta conoció en 2007, en Oxford, a Nick Bostrom, uno de los principales impulsores del movimiento. Su exposición sobre el transhumanismo le suscitó, recuerda, preocupación e inquietud, sobre todo desde el punto de vista bioético. A partir de lo que planteaba Bostrom y de lo que ella investigó, concluyó que los planteamientos filosóficos y éticos del fenómeno se saltaban muchas líneas rojas.

El movimiento cuenta entonces con unos fundamentos filosóficos concretos.

— Sí, aunque el transhumanista a veces ni es consciente de ellos, pues no es una filosofía en sentido estricto. Es una praxis o ideología, un conjunto de ideas sin un fundamento consistente con la finalidad práctica: la mejora de la especie humana.

El fundamento filosófico y antropológico más característico es el reduccionismo materialista: el hecho de concebir al ser humano como un conjunto de genes, neuronas, células, que funcionan como una máquina muy perfecta, pero que en el fondo es, dicen, “chatarra biológica” que ha de ser mejorada. La evolución natural ha llevado a que el producto sea defectuoso, por lo que hemos de tomar nosotros las riendas del desarrollo futuro, aplicando la ciencia y la técnica a esa máquina imperfecta para llevarla a otro nivel. Se mezclan aquí materialismo, reduccionismo y mecanicismo, al concebirse únicamente al ser humano en su dimensión material. Por supuesto, se excluye la espiritual y trascendente.

Todo esto va unido a una visión cientificista: solamente existe aquello que es observable por el ojo de la ciencia. No hay otra dimensión más allá de lo que la ciencia pueda captar. Es la versión contemporánea del positivismo cientista.

En tercer lugar, en el plano ético, el transhumanismo es deudor del utilitarismo: sería “ético” todo aquello que fuera útil para el máximo número de personas. Importan el fin que se quiere alcanzar y sus consecuencias, y no tanto la bondad o maldad de las acciones en sí mismas. Todo lo que ayude a la obtención de ese fin ha de ser considerado lícito: no importa si eliminamos embriones, o si investigamos sobre humanos y animales y se ven dañados, con tal de obtener como resultado la mejora de la especie. El fin es “sacrosanto”.

¿Sería este utilitarismo la objeción ética por excelencia?

— Sí. Un utilitarista te diría: “¿Por qué es malo obtener un fin que beneficiará a la sociedad futura?”. Desmontar el utilitarismo es complejo y se requerirían argumentos filosóficos, que existen, pero no es el lugar. Esa sería la objeción en el plano de la fundamentación ética, aunque la ética no se resuelve por objeciones generales. Hay que ir a las acciones concretas, a cada una de las intervenciones; por ejemplo, a la edición genética y lo que esta supone para la vida embrionaria. O a la eugenesia, que implica la selección embrionaria y la muerte de seres vivos en sus primeros días de desarrollo.

“Bioideología”

¿En cuarto lugar…?

— Quisiera decir que el transhumanismo es una ideología. En palabras de Dalmacio Negro, me atrevería a llamarlo “bioideología”, pues es un conjunto de ideas sin fundamento racional exhaustivo, cuya finalidad es la obtención de unos fines concretos. El transhumanista toma la parte por el todo: asume que el ser humano es solamente un conjunto de genes y neuronas, e intenta mejorarlo para que viva mejor e indefinidamente. Esa ideología justifica todas las acciones y sus posibles consecuencias.

Por último, se podría afirmar que es una pseudorreligión, pues hace aseveraciones que no se sostienen en el plano racional, sino que son pura fe en la ciencia, como que de aquí a 2045 lograremos ser inmortales, lo cual no está demostrado. En ningún sitio se ha demostrado que se podrá resucitar un cuerpo criogenizado (conservado en nitrógeno líquido a temperaturas muy bajas). No digamos ya un cuerpo: ni un cerebro, ni un hígado… Es una creencia. Además, plantea un objetivo final que es religioso: la felicidad plena en ese mundo de la mente volcada en la inteligencia artificial, en que los contenidos sinápticos de nuestra mente se subirán a un ordenador y allí tendrán una existencia postbiológica.

Los científicos rigurosos van con mucha cautela a la hora de prometer. El transhumanista acientífico promete cosas más allá de lo factible

Esto se parece mucho a lo que planteaba antiguamente el gnosticismo: decían que el cuerpo era la cárcel del alma; había que liberarse de él para ir a la perfección y contemplar la sabiduría. Aquí se hace una trasposición de lo mismo: dicen que no existe el alma, pero quieren abandonar el cuerpo para tener esa visión plena y perfecta, esa felicidad, que se obtendrá cuando se suba la mente a esa Inteligencia Artificial (IA) fuerte. Es una especie de visión beatífica en términos tecnocientíficos vaciada de todo contenido trascendente. Hay autores, como Francesc Torralba, que hablan del transhumanismo como un neognosticismo en clave tecnocientífica.

Uno de los argumentos transhumanistas es que, así como muchas ideas formuladas siglos atrás hoy son realidad gracias a la tecnología, sus grandes metas serán también perfectamente realizables.

— Efectivamente, no es inverosímil que, dentro de 500 años, parte de las promesas del transhumanismo se vean cumplidas. Pero a día de hoy, con el estado de la ciencia tal como la conocemos y basándonos en la ciencia publicada, podemos decir que no es factible en 10 o 20 años. No podemos prometer algo más allá de los límites de la ciencia actual, y el transhumanismo rebasa esos límites del realismo y va a un “tecnooptimismo” excesivo. Es probable que los conocimientos de genética, de nanotecnología y de neurociencia que alcancemos permitan hacer cosas hoy impensables, pero yo como académica y científica tengo que analizar con rigor lo que podemos hacer hoy o, como mucho, lo que podremos hacer en un plazo razonable.

No se pueden prometer cosas que en el presente no son factibles. Por ejemplo, no podemos hablar de edición genética y prometer que va a ser la solución a todos nuestros males, pues sabemos que quitar un gen no significa curar, porque puedes hacer que esto dé pie a una enfermedad desconocida en dos generaciones sucesivas.

Eso nos lleva, desde la ética, a ser prudentes y a aplicar el principio de precaución a la hora de realizar determinadas intervenciones. ¿Crees que puedes hacerlo? Fenomenal. Pero no puedes prometer cosas que hoy no puedes, si eres un científico riguroso. Los que lo son, aquellos que verdaderamente saben de neurociencia y genética, van con muchísima más cautela a la hora de prometer. Es el transhumanista acientífico quien promete cosas más allá.

Peligros de la manipulación genética

Ante algunas posibilidades que ofrece la ciencia actual, como la edición genética en línea germinal, la sensación es que, como son procedimientos con alta tecnología y encaminados al “bien” de la persona, gozan de cada vez más aceptación.

— La aceptación viene del desconocimiento, de la ignorancia. Quienes verdaderamente conocen el estado de la cuestión –y hablo de catedráticos de genética que conozco–, te exponen con claridad que la edición genética a día de hoy puede tener efectos off target, fuera del objetivo, no deseables y nocivos para la salud de las personas, lo que nos lleva a reclamar mucha cautela.

El creador de la oveja Dolly, Ian Wilmut, ha dicho que él no clonaría a un ser humano, porque ha visto cantidad de defectos congénitos en ovejas recién nacidas, y afirma que nunca aplicaría esto a una persona porque es pura experimentación. Todavía no controlamos estas técnicas y no podemos decir que las utilizamos con total seguridad para salvaguardar la integridad física y psíquica de los seres humanos.

Con la edición genética, lo mismo: ¿se podrá el día de mañana curar equis enfermedades? Seguramente. A día de hoy no es posible, porque se ha visto, cuando utilizamos la edición génica en algunos tipos de patologías, que si quitas un gen puedes dar pie a una enfermedad o a muchas; quizás a una enfermedad que todavía desconocemos. Esto nos lleva a la cautela extrema. Hay una moratoria internacional para no utilizar edición génica en humanos, por los riesgos que conllevaría para su salud. Además, este tipo de experimentos siempre requieren que se realicen en la fase embrionaria, con embriones obtenidos in vitro, acto que es también contrario a la dignidad del embrión humano.

Los transhumanistas, sin embargo, plantean que, si se puede hacer, se tiene que hacer. ¿Puede llegar a ser obligatoria la asunción de sus premisas?

— A día de hoy, tal como están concebidas nuestras sociedades en Occidente, y debido también a los derechos que se tutelan, no sería posible. Quizás sí, si el día de mañana el gobierno lo ejerce el poder tecnocrático. Hoy no son obligatorias, aunque de forma muy sutil nuestras leyes se van impregnando de este tipo de planteamientos ideológicos.

Por ejemplo, los transhumanistas dicen que quien tenga determinadas enfermedades congénitas no debería existir, por lo que habría que utilizar la eugenesia embrionaria, la selección embrionaria preimplantatoria. No hay que olvidar que el transhumanismo nace de un humus cultural eugenista. Si uno estudia a Julian Huxley, quien acuñó la expresión transhumanismo, observa que es eugenista y vive en una tradición de este corte.

El eugenismo cala en legislaciones nacionales contemporáneas. Está, por ejemplo, la eliminación de embriones de personas con síndrome de Down. Según datos de la Fundación Lejeune, en Francia y España nace apenas el 10% de las personas con este síndrome que nacían décadas atrás. ¿Por qué? Porque se nos ha ido inculcando la mentalidad eugenésica de que no tienen derecho a vivir, y la falacia de que la alteración cromosómica es incompatible con la vida.

El transhumanismo plantea una serie de intervenciones a nivel genético, a nivel cerebral (con nanochips, con medicamentos, etc.), que podrían atentar contra la integridad de la vida y la salud de las personas, su dignidad, su intimidad, su privacidad, su libertad, la justicia, etc.

Inmortalidad para ricos

Por otra parte, parece ser un movimiento de élites. A la mayoría, el salario no nos permite congelarnos a la espera de una resurrección o de una migración mental en 2045. ¿En qué medida puede esto afectar la concepción de una sociedad democrática de ciudadanos libres e iguales?

— En efecto: es sumamente elitista, y se desarrolla en universidades de élite por parte de científicos, políticos e ideólogos de élite. Son quienes van a tener los medios para aplicarse estas tecnologías –como la criogenización, que ronda los 100.000 dólares–. Esto podría generar profundas desigualdades. Pero no es algo lejano. Ya sucede. Se advierte en la posibilidad de solicitar un diagnóstico prenatal, de insertarse un nanochip en el cerebro, de utilizar un fármaco para el control emocional y moral…

La premisa de que, de la perfección física y psíquica, se deriva mayor felicidad y bondad moral, es una afirmación gratuita, sin fundamento científico

Hay autores, como Jürgen Habermas, que es agnóstico y que ha criticado la eugenesia liberal y los planteamientos transhumanistas, que consideran que esto va a generar sociedades desiguales e injustas, con personas capaces de aplicarse estas técnicas, otras que no van a poder, y las discapacitadas. Algunas no van a llegar, porque serán eliminadas antes de nacer.

Sobre el objetivo de la migración de la mente a un ordenador, el transhumanismo señala que el posthumano será irremediablemente bueno en lo moral. En ese hipotético escenario, ¿se reduciría o se potenciaría la libertad humana?

— Yo critico la premisa de que, de la perfección física y psíquica, se deriva mayor felicidad y mayor bondad moral. Es una afirmación gratuita, sin ningún fundamento científico, entre otras razones porque la bondad no estriba solo en nuestras capacidades físicas y cognitivas. A los hechos me remito: hay personas muy perfectas y muy infelices, y personas discapacitadas que son muy felices.

En cuanto a lo segundo, para los transhumanistas no existe la libertad. El transhumanismo es materialista, por tanto, determinista. Afirma que no hay espacio para una libertad verdadera, y que todo está condicionado por nuestros genes, por nuestras fases neuronales. Según el planteamiento transhumanista, estaríamos condenados a ser aparentemente libres, pero como la premisa inicial es falsa, la conclusión es falsa. Existe la libertad, aun con límites, y seguiremos siendo libres, si bien es verdad que quizá algún nanochip, como el Neuralink de Elon Musk, pudiera condicionar la libertad humana e incluso hackear el cerebro para adelantar o condicionar ciertas decisiones. Esta es la razón por la que cualquier intervención sobre el ser humano ha de ser estudiada y valorada con mucho cuidado y precaución.

Antihumanismo

Por último, de lo que le he leído, apunto una crítica breve y muy directa al fenómeno: más que ver en el transhumanismo un “humanismo posmoderno y laico”, Ud. advierte que se trata de un engañoso antihumanismo…

— Es una negación del humanismo. Ellos mismos dicen que no es llevar lo humano a un potenciamiento máximo, sino sobrepasar lo humano e ir al posthumano ideal. A esa existencia ideal, que plantea Anders Sandberg (del Future of Humanity Institute, en Oxford), de vivir en una nube, en una existencia beatífica, viéndolo todo, conociéndolo todo.

Es antihumano porque aboga por eliminar lo humano, al considerarlo imperfecto, sin ninguna dignidad especial ni derecho a existir, en pos de ir a una especie superior. Además, parte de una premisa profundamente anticristiana: no admite la existencia de la condición de criatura del ser humano; por tanto, como alguien que se ha hecho a sí mismo y evolucionado de la pura materia, llegará a evolucionar aun más y a sustituir a Dios; de alguna manera, es creador de su propia existencia. Es el “seréis como Dios” (Gen. 3.5). ¡Es real: es un ateísmo profundo! Es el ser humano que se pone en el lugar de Dios para crear seres que ya no serán humanos, sino posthumanos.

Este movimiento tiene una incapacidad para comprender que la debilidad humana, la vulnerabilidad y la finitud nos proporcionan sabiduría, conciencia del límite. Eso el transhumanista nunca lo reconocerá. Pero justo cuando somos débiles, vulnerables, nos damos cuenta de nuestra condición humana limitada. Ello nos aporta mucha sabiduría para comprender el valor de lo verdaderamente importante, para aceptar los límites de nuestro conocimiento y de nuestra existencia. Particularmente, la sabiduría de no querer considerarnos como dioses.

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