El dramaturgo norteamericano Howard Campbell ha vivido casi siempre en Alemania. Allí conoció a su esposa. Durante la II Guerra Mundial acepta actuar como espía para los aliados. Así que transmite información en clave a través de sus discursos radiofónicos pro-nazis, donde se autodenomina, no sin ironía, el “último americano libre”. Acabada la guerra y muerta su esposa, se convierte en un apestado -su misión debe quedar en secreto-, sin ganas de vivir.
Se alternan imágenes en blanco y negro de Campbell en prisión -donde escribe su increíble historia a la espera de ser juzgado como criminal de guerra-, con otras -la mayoría- en color, que resumen su vida. Podía haber sido un entretenido film de espionaje; pero es, conscientemente, una película oscura y pesimista, que dibuja un personaje -bien encarnado por Nick Nolte- para el que la vida parece no tener ningún sentido. Campbell actúa como espía no por altos ideales, ni por dinero. Sólo le atrae -y resulta difícil de creer: es lo más débil del film- interpretar en la vida real un personaje fingido. Asegura que la única nación que le interesa es la “nación de dos” que forman él y su mujer; pero tampoco le explica a su amada sus peligrosas actividades. Cuando muera ella, Campbell se convertirá en un espectro.
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Lo mejor de la dirección funcional de Keith Gordon es la escena que muestra a Campbell detenido en la calle, como una estatua, mientras la gente le rodea para no tropezar, símbolo poderoso del vacío que domina su existencia.
José María Aresté