El perspicaz detective Sherlock Holmes ha sido secuestrado en la isla de Malta, y tanto él como su captor van dejando algunas pistas. Las seguirá la intrépida hermana del vecino más famoso de Baker Street, Enola Holmes, nacida no de la pluma de sir Arthur Conan Doyle, sino de la imaginación de la estadounidense Nancy Springer, a inicios de los 2000.
Da vida a Enola la actriz británica Millie Bobby Brown, estrella también de esta tercera entrega de la saga; un filme de ritmo frenético, dirigido por Philip Barantini (el mismo de Boiling Point y de la inquietante Adolescencia), con escenarios en el Londres victoriano y en la barroca y soleada La Valeta, que en la época de la trama se encontraba bajo dominio británico.
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En su búsqueda del hierático Sherlock –un Henry Cavill siempre muy versátil–, la joven deberá enfrentarse a la némesis del inspector: la malvada Moriarty –sí: mujer y negra, licencias donde las haya– y colocarse, sin proponérselo, en ruta hacia un tesoro escondido, fruto de la rapiña de los representantes coloniales de la entonces “reina de los mares”.
Justo la extemporánea crítica a este pasado puede, por lo poco sutil, restar elegancia a la historia. “Hay muy pocos apellidos británicos que no estén empañados por el mal que causó su imperio”, suelta la antagonista, como si el Londres de esas décadas no fuera el mismo de los agudos contrastes que retrató Dickens. No hacía falta nada tan panfletario, pero “la mano que mece” la industria manda.
Si, a pesar de ello, nos quedamos con la convincente actuación de Brown; si hacemos lo mismo con la cuidada ambientación y fotografía; con los constantes y joviales guiños de la protagonista a cámara para implicarnos en sus razonamientos y en sus ganas de aventura, y si damos por bueno que una joven británica del XIX puede emular a Bruce Lee sin despeinarse, podremos pasar un rato razonablemente divertido. Y ya luego a otra cosa.