Al borde de una tercera guerra mundial, un informático experto en ciberseguridad, Daniel Kellner (Josh O’Connor), roba una cantidad inmensa de información clasificada a Wardex, la potente organización paraestatal en la que trabaja, dirigida por el misterioso Noah Scanlon (Colin Firth). Sus sicarios perseguirán por medio Estados Unidos a Daniel y a su novia Jane (Eve Hewson), una exnovicia católica todavía en crisis de fe. Mientras tanto, Margaret Fairchild (Emily Blunt), meteoróloga en una modesta cadena de Kansas City, comienza a hablar en lenguas extrañas y a dominar la mente de otras personas dándoles acertados consejos sobre sus inquietudes más íntimas. Guiada por un impulso singular, el camino de Margaret se cruzará con el de Daniel y Jane, y también con el de los matones de Wardex.
La nueva película de Steven Spielberg, El día de la revelación, no me ha ganado a la primera. Salí del cine contento, pero no con el entusiasmo que imaginaba. Éste me ha ido llegando al pensar la película y comentarla con otros críticos. Porque en ella, el casi octogenario Mago de Hollywood reivindica su propio cine y el gran cine en general como genial medio de entretenimiento y como un eficacísimo agitador de conciencias, especialmente necesario en tiempos recios, como el actual, dominados por el individualismo, la insolidaridad y la polarización.
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Si en Los Falbelman Spielberg afrontó con valentía y brillantez la gran herida de su vida –el divorcio de sus padres–, en El día de la revelación alza de nuevo la mirada al cielo y al futuro, y lleva al extremo los planteamientos fílmicos y filosóficos que ya esbozó en películas como Encuentros en la tercera fase (1977), E.T., el extraterrestre (1982), A. I. Inteligencia artificial (2001), Minority Report (2002), La guerra de los mundos (2005) e incluso Ready Player One (2018). Como en ellas, en El día de la revelación despliega todo su talento fílmico, para ofrecer una exuberante puesta en escena, clásica y moderna a la vez, inspirada esta vez en Alfred Hitchcock, sobre todo en su capacidad de generar y entrelazar intrigas a un ritmo trepidante. Hasta la espléndia partitura del maestro John Williams suena a ratos como si la hubiera compuesto Bernard Herrmann, así como la variada fotografía de Janusz Kamiński recuerda a menudo a la de Robert Burks en Con la muerte en los talones o Vértigo.
Ciertamente, la maestría de Spielberg con la cámara y el buen hacer de los montadores Sarah Broshar y Steven Heberle disimulan algunos pasajes confusos del más bien sencillo guion del propio Spielberg y David Koepp, que ya trabajaron juntos en cinco películas desde Parque Jurásico (1993). El espléndido reparto saca el máximo partido al cóctel de géneros que proponen: thriller, comedia, drama, ciencia ficción, fantasía… Josh O’Connor, Colin Firth y Colman Domingo sostienen muy bien la intriga central en torno al valioso material que unos quieren hacer público y otros mantener en secreto. Emily Blunt destensa el suspense con constantes golpes de humor y de emotiva humanidad. Y Eve Hewson añade una perspectiva cristiana y, en concreto católica, al tono apocalíptico y existencial de la trama, y a los dilemas morales que se afrontan.
Es sobre todo en esta entidad dramática y de fondo donde El día de la revelación mejora mucho cuando la piensas y comprendes que va mucho más allá de la fascinación por los ovnis o las conspiraciones. Porque, tras su aparente tono naïf, esquemático y palomitero, se oculta una profunda reflexión crítica sobre el lastimoso mundo actual. Por un lado, Spielberg lanza un alegato a favor de la transparencia y veracidad de la información –sobre todo la que difunden los gobiernos y políticos–, de modo que se trate a los ciudadanos como adultos y no como niños sin criterio propio o títeres del miedo, la ideología dominante o lo políticamente correcto. Y, sobre todo, propone la empatía, la solidaridad y la caridad –la civilización del amor– como el gran remedio contra los prejuicios, odios y egoísmos que generan las guerras y los conflictos. Al fin y al cabo, para Spielberg, los extraterrestres serían los nuevos inmigrantes que desafiarían nuestra capacidad de acogida y quizás los detonadores de un cambio de rumbo para bien.
En este último punto irrumpe con especial fuerza esa perspectiva cristiana, aportada por la formación católica del agnóstico David Koepp, que ha reconocido que “la religión es una parte importante de El día de la revelación”. Una antropología, una cosmología y hasta una teología muy ricas, coherentes con las que el hebreo Steven Spielberg despliega en algunas de sus películas más realistas, serias y potentes, como La lista de Schindler (1993) o El puente de los espías (2015), ambas sobre católicos reales en destacadas actuaciones públicas. O sea, que, a sus 79 años, Spielberg sigue en plena forma, y durante 145 minutos nos sigue entreteniendo como nadie, al tiempo que nos incita a plantearnos las grandes cuestiones. Así es como el cine se convierte en el séptimo arte.
Jerónimo José Martín
@Jerojose2002