Dos jóvenes están a punto de pasar la peor noche de su vida. Son empleados de un almacén de trasteros que antaño fue una base militar en la que, entre otras cosas, se custodiaba un hongo alienígena, en principio totalmente aislado. Pero, con el paso de los años, este parásito –de efectos horriblemente asquerosos– ha logrado sobrevivir y evolucionar, dispuesto a infectar a cualquier ser vivo. Solo con la ayuda de un veterano agente del Pentágono, estos guardias nocturnos tendrán que evitar que se expanda por todo el mundo.
¿Qué podemos esperar del prestigioso guionista de Jurassic Park y de los productores de Zombieland? Exactamente eso. Esta vez, David Koepp, fiel a sí mismo, adapta su propia novela Bajo cero y construye una historia imparable, descabellada y, a pesar de todo, muy medida. En ella, los personajes principales tienen más profundidad de la que cabría esperar de una película de estas características.
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Joe Keery parece moverse en un nuevo capítulo de Stranger Things –con todo lo bueno y lo malo que eso implica– y Liam Neeson se ríe de sí mismo –una vez más–, aunque ya empieza a echarse de menos al gran actor que fue en La lista de Schindler o Michael Collins.
Turno de noche no pretende ser más de lo que es: en el fondo, una especie de atracción de feria, un recorrido cerrado, lleno de sobresaltos, que no oculta en ningún momento sus trucos, pero que funciona precisamente por eso. Sabe lo que quiere, tiene un objetivo claro y lo cumple. Y ya está. Eso sí: nada recomendable para estómagos delicados.