La lista de Schindler

TÍTULO ORIGINAL Schindler’s List

PRODUCCIÓN EE.UU. - 1993

DURACIÓN 195 min.

DIRECCIÓN

GÉNEROS,

PÚBLICOAdultos

CLASIFICACIÓNViolencia, Sensualidad

ESTRENO04/03/1994

Oskar Schindler (Liam Neeson) fue un bon-vivant, cínico, mujeriego, derrochador, comerciante sin escrúpulos y nazi. Sin embargo, este alemán-checo salvó del campo de exterminio de Plaszow –dirigido por el paranoico y cruel comandante Amon Goeth (Ralph Fiennes)– a los 1.100 judíos que trabajaron en su fábrica de Cracovia. Schindler buscaba hacer fortuna durante la Segunda Guerra Mundial aprovechando su amistad con los jerarcas nazis y el capital y la mano de obra barata que le proporcionaba la perseguida comunidad judía; pero acabó convirtiéndose en un héroe, a costa de arriesgar su vida y hacienda por sus trabajadores.

La historia real de Schindler, según la novela de Thomas Keneally, ha servido a Spielberg para mostrar su renovado judaísmo y ofrecer una versión fílmica del Holocausto que quiere ser definitiva. El resultado es una película espléndida, que se sale de las clasificaciones convencionales. Para cuando estén publicadas estas líneas, los Oscars ya habrán confirmado lo que antes han reconocido los Globos de Oro, la Asociación de Directores Norteamericanos, la mayoría de la crítica… Por lo pronto, ahí están sus doce candidaturas.

Destaca en primer lugar el sensacional guion de Steven Zaillian. En 3 horas y 15 minutos –que se pasan en un suspiro– Zaillian logra condensar un complejo combinado de historia intimista y epopeya histórica, en el que se unen con increíble naturalidad decenas de personajes e hilos narrativos, todos ellos de gran hondura dramática. Sorprende sobre todo su habilidad para integrar singulares y arriesgados golpes de humor en todo el atroz maremágnum de degeneración moral y física que describe la historia. Y aunque las motivaciones reales de Schindler y Goeth no quedan del todo claras, ninguno de ellos resulta de cartón-piedra.

Por su parte, Spielberg aporta su extraordinaria fluidez narrativa y su sentido del espectáculo habituales, aunque a través de un estilo visual distinto al de sus anteriores trabajos. Por un lado, ha rodado todo en blanco y negro –en esos colores se imagina el Holocausto–, con dos únicas incursiones en el color absolutamente magistrales: la niña perdida en medio del brutal desalojo del gueto judío de Cracovia y la primera celebración del sabbath en la fábrica de Schindler en Checoslovaquia. En este punto, brilla con luz propia la preciosa fotografía de Janusz Kaminski. En segundo lugar, Spielberg da a toda la puesta en escena un vigoroso aire de documental. Parece que no hay artificio ni planificación, que realmente ha metido su cámara en el centro de la tragedia para captar los gestos decisivos, los hechos más relevantes. Esta película constituye el doctorado de Spielberg como director, y en ella demuestra, cum laude, su absoluto dominio del lenguaje cinematográfico. Hay veinte o treinta secuencias completas y cientos de encuadres dispersos auténticamente magistrales.

Las interpretaciones están al nivel del despliegue de matices del guión y de la convicción de la puesta en escena. Si destacan Liam Neeson, Ben Kingsley y Ralph Fiennes, es seguramente porque llenan más tiempo la pantalla. Los dos primeros llevan a cabo los mejores trabajos de su carrera, y el joven y poco conocido Fiennes sorprende con su portentosa caracterización de Amon Goeth. Tampoco hay que insistir en la calidad de la partitura del veterano John Williams.

En cuanto al tono, Spielberg ha optado por un cortante verismo, que resulta estremecedor a pesar de que huye de un hiperrealismo nauseabundo. En este sentido, es decisiva su mirada humanizante a todos los personajes y su exaltación de las pequeñas y grandes virtudes que florecen en los estercoleros de maldad creados por el nazismo. Spielberg sólo cae en una irritante falta de contención al mostrar que Schindler y Goeth eran unos mujeriegos. Nada tienen que ver estos detalles obscenos con los patéticos desnudos del campo de concentración. También resulta excesivo el epílogo en Israel, con los supervivientes de la lista. Por el contrario, se echa en falta alguna referencia a los numerosos polacos no judíos que también sufrieron la persecución nazi. En este punto el film es muy exclusivista en su judaísmo, aunque resalta en algún pasaje aislado el origen católico de Schindler. En fin, son leves defectos en una película que posee casi todos los ingredientes de eso que se da en llamar obra maestra.

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