Llega la última película del animador japones Katsuhiro Ôtomo, que alcanzó fama mundial por su “Akira”, de 1988, y que se convirtió en un referente del manga y el anime, a través de una visión post-apocalíptica del Tokio de 2019. Ôtomo vuelve a la reflexión catastrofista con “Steamboy”, ambientada en la Inglaterra victoriana, donde se está celebrando la Exposición Internacional de Londres, y se especula sobre las armas de destrucción masiva que algunas naciones o empresas pueden presentar. Un chaval llamado Ray recibe una misteriosa bola metálica de su abuelo Lloyd, un gran científico. A partir de ese momento, Ray entra en un mundo de increíble intriga y aventura. La bola metálica resulta ser una llave secreta a una fuerza de incomparable poder. Pero existen poderosas instituciones que desean apoderarse de la bola con fines bélicos, y la lucha por hacerse con ella será implacable.
La película, que ha requerido diez años de preparación, es un excelente trabajo de animación en 2D, detallista y minuciosa, tanto en su presentación de la ciudad de Londres, como en las maquinarias que nos muestra. Con una estética retrofuturista que nos recuerda a “Sky Captain y el mundo del mañana”, Ôtomo reflexiona sobre las implicaciones éticas de la ciencia, los conflictos generacionales, la lealtad familiar y las complejas relaciones paternofiliales, al tiempo que plantea los límites de la industria bélica, de las empresas armamentísticas y su influencia en la política internacional e incluso en el medio ambiente. Aunque su planteamiento de la filosofia de la historia es muy inmanentista, no deja de poner el dedo en llagas innegables de la humanidad.
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Todo ello, supeditado a un festival de imágenes realmente portentoso, quizá algo excesivo, en el que se reconoce la huella de los grandes maestros del anime japonés.
Juan Orellana