El “shock” demográfico en Japón

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Duración lectura: 6m. 38s.

La generación del “baby boom” se jubila
Ashiya. A finales de diciembre, el Ministerio de Salud, Trabajo y Bienestar anunció que en 2005 el número de defunciones en tiempo de paz superaría al de nacimientos por primera vez en 106 años. Según los resultados del censo de 2005, el total de la población es de 127,75 millones, 19.000 menos que en 2004.

La razón principal es que los nacimientos se han reducido más deprisa de lo que se esperaba. En 1974 el índice de fecundidad (promedio de hijos en la vida de una mujer) cayó por primera vez por debajo de 2,1, cifra necesaria para asegurar la renovación de las generaciones. Desde entonces, y a pesar de la política de estímulo a los nacimientos -que comenzó en serio a partir de 1989-, el índice de fecundidad ha seguido bajando hasta 1,29 en 2004.

La edad media al contraer matrimonio ha subido de forma continuada. En 1975 el promedio era de 27 años para los hombres y 24,7 para las mujeres. En 2004 subió a 29,6 años para los hombres y 27,8 para las mujeres.

Jóvenes que no pueden casarse

Los expertos piensan que las condiciones de trabajo de los jóvenes y su preocupación con respecto al futuro son causas principales de la baja de natalidad y, por tanto, del descenso de la población, que ha comenzado dos años antes de lo previsto. Acerca de esto, un funcionario del gobierno comenta que “el incremento del número de “freeters” [jóvenes que no quieren un compromiso laboral permanente y prefieren cambiar con frecuencia de trabajo a tiempo parcial: ver Aceprensa 25/05] y de los que ni estudian ni trabajan ni poseen ningún tipo de capacitación laboral, ha elevado mucho el número de gente joven que no pueden casarse debido a sus escasos ingresos. Crecen también los matrimonios que no tienen hijos por la pesada carga económica que supone la educación”.

Atushi Miura, autor del libro “Karyu Shakai” (“Sociedad de clase baja”), describe el aumento de estratos sociales con ingresos bajos y poca motivación como consumidores. A este respecto dice: “A no ser que cambiemos nuestro sistema de empleo y salario, bajo el cual sólo los grupos con ingresos altos pueden permitirse tener hijos, la natalidad continuará disminuyendo”.

Reducción de la población activa

Por otra parte, según el “Libro Blanco de la Población”, publicado el pasado junio, en Japón hay más de un millón de personas de 90 años para arriba; los de más de cien años pasan de los 25.000; y el 19,72% -casi una de cada cinco personas- sobrepasan los 65 años de edad.

El advenimiento de una sociedad con descenso de población, acompañada de su rápido envejecimiento, llevará necesariamente a una reducción de la población económicamente activa. Y esto traerá consigo una montaña de problemas, tales como pérdida de productividad, aumento de las cotizaciones a la Seguridad Social y notables cortes en las pensiones.

Según datos del Instituto Nacional de Población, la población bajará a 117,58 millones de habitantes en 2030, y la población activa se reducirá en más 10,5 millones.

Peligra la Seguridad Social

La reducción del número de trabajadores hará difícil mantener el sistema de Seguridad Social, en el que las generaciones que cotizan sostienen a los jubilados. La reforma del plan de pensiones que hizo el gobierno en 2004 asumía que la población empezaría a declinar en 2007. Y garantizaba una pensión por familia tipo -es decir, con un solo sueldo y ama de casa a tiempo completo- equivalente al menos a un 50% del promedio anual de ingresos de los empleados. Pero si la población laboral disminuye, será imposible mantener ese porcentaje y las pensiones tendrán que reducirse.

Para asegurar la vitalidad económica del país con una población menguante, una comisión ministerial presentó en julio pasado una serie de recomendaciones. Sus propuestas eran, en síntesis: ayudar a encontrar empleo regular a los jóvenes, especialmente a los llamados “freeters”; facilitar la reintegración laboral de las mujeres después de tener hijos; asistir en la búsqueda de empleo a los mayores de 60 años.

“El gobierno debería unir fuerzas con el sector privado para crear un ambiente en el que a los que antes no eran considerados como parte de la población laboral les sea más fácil encontrar trabajo. De lo contrario será imposible detener el deterioro económico del país, debido a la disminución de la población”, dice Akira Ono, presidente del Japan Institute for Labor Policy and Training, que presidió la comisión sobre política de empleo.

Retiro en masa de los “baby boomers”

Un nuevo “shock” aguarda a Japón en 2007. En esa fecha empezará la jubilación masiva del “Dankai sedai”, los “baby boomers” nacidos inmediatamente después de la II Guerra Mundial.

Los nacidos entre 1947 y 1950 superan los 7 millones. Su jubilación preocupa especialmente a las empresas privadas. El descenso de la población puede espaciarse en un período gradual y tratar de resolverlo con medidas a corto y medio plazo, pero el retiro masivo de los “baby boomers” presenta un problema inmediato.

Desde un punto de vista optimista, la jubilación masiva representará una reducción de los costes de personal para las empresas, reducción que la Oficina del Gabinete estima en un 5,7 % en 2014.

El reverso de la medalla es que la jubilación masiva producirá una considerable escasez de empleados con experiencia y de personal especializado. Es posible, por supuesto, que las empresas usen el dinero ahorrado por la reducción de los costos en la formación de nuevos trabajadores, pero eso llevará su tiempo. Por este motivo muchas empresas están estudiando medidas que permitan alargar la edad de jubilación.

Facilitar la inmigración

Otra posibilidad es abrir más las puertas a la inmigración. De hecho, ya en octubre del 2004 un panel formado por el Ministerio de Asuntos Exteriores para estudiar este asunto, urgió al gobierno a buscar un consenso nacional para la admisión de trabajadores extranjeros no cualificados.

Desde hace tiempo Japón admite trabajadores especializados, pero siempre ha sido reacio a aceptar a personal no cualificado. Sin embargo, en 1991 se relajó la política de inmigración para admitir a un grupo selecto de extranjeros, descendientes de emigrantes japoneses y sus familiares. De este modo se tranquilizaría a los que se oponían a la entrada de mano de obra extranjera, por miedo al deterioro de la homogeneidad social de la nación.

La reforma atrajo a familias procedentes de Brasil, Perú y otros países de América del Sur, donde la población de origen japonés es numerosa. Los brasileños forman el grupo mayor entre estos inmigrantes, que son ya alrededor de 300.000. Siguen excluidos, sin embargo, los originarios de muchos países asiáticos vecinos que quisieran trabajar en Japón. Muchos de ellos vienen de todos modos, aunque vivan como inmigrantes ilegales.

Para tratar de legalizar su situación, en 2003 el gobierno creó una serie de zonas en las que se permite trabajar durante tres años a los que han venido con un programa de intercambio para adiestramiento y práctica. Dada la escasez de obreros japoneses, son cada vez más las regiones con empresas pequeñas que solicitan al gobierno que se amplíe el esquema para recibir a más obreros extranjeros.

A finales de 2004, de los 800.000 obreros extranjeros, alrededor de 120.000 eran aprendices o estaban adquiriendo experiencia en programas de transferencia de tecnología.

Mientras no aumente la natalidad y siga, como consecuencia, el envejecimiento de la población, no parece que haya más remedio inmediato que abrir más las puertas a los trabajadores extranjeros.

Antonio Mélich