Un final made in Hollywood

TÍTULO ORIGINAL Hollywood Ending

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Director y guionista: Woody Allen. Intérpretes: Woody Allen, Téa Leoni, George Hamilton, Mark Rydell, Debra Messing, Tiffani Thiessen, Treat Williams. Jóvenes. 114 min.

Se diría que Woody Allen vive una nueva etapa en su filmografía, iniciada con Granujas de medio pelo y continuada con La maldición del Escorpión de Jade y Un final made in Hollywood. Alcanzada sobradamente la senectud, con lo que parece una anhelada (aunque propia de culebrón) estabilidad familiar, el cineasta neoyorquino se muestra más sereno, con un humor no tan ácido, con ganas de que las películas, como la vida, tengan final feliz.

Entiéndaseme bien. Woody sigue siendo Woody. Y en el film que nos ocupa siguen abundando los elementos autobiográficos -el protagonista es un director de cine, amante de Manhattan, considerado un auténtico autor, más comprendido en Francia que en casa (genial el gag que resuelve el film)- y continúa, omnipresente, su preocupación por las relaciones hombre-mujer. Aquí ella productora y él director de cine son Téa Leoni (magnífica elección) y Woody Allen, matrimonio divorciado, cada uno con nuevas parejas, pero en realidad todavía enamorados, aunque no lo reconozcan. Sobre todo ella, que se las arregla para que su compañía confíe a su ex marido una nueva película. Todo muy profesional, claro, nada personal. ¿O no? Los ribetes de comedia se disparan cuando el personaje de Woody se queda ciego. Con ayuda de su agente mantendrá la situación en secreto, aunque lo cierto es que la película va camino del desastre.

Como puede imaginarse, la ceguera del director da lugar a gags desternillantes. Sin embargo, Allen opta por no excederse en este campo, para reflexionar acerca de otras cuestiones. Como la de, ¡oh, novedad!, el hijo de Woody, con pelo de colores, piercings y tatuajes, del que se ha distanciado culpablemente. Hasta la cuestión de la libido, como ya ocurriera en La maldición del Escorpión de Jade, es tratada de modo sorprendente. En ambas películas se repite el tema de la mujer exuberante que se ofrece al protagonista, y que en un caso por ceguera, en el otro por hipnosis, éste no llega siquiera a advertir. ¿Estará diciendo Woody que llega un momento en que hay que poner el sexo en su sitio, sin dejarse llevar sólo por impulsos primarios? No me parece descabellado.

José María Aresté