The Devil and Daniel Johnston

Guion: Jeff Feuerzeig. Documental. 110 min. Adultos. (D)

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Hay premios que justifican la existencia de un festival. Es el caso del que ha concedido a “The Devil and Daniel Johnston” el jurado de Sundance 2005, el premio a la mejor dirección. En Estados Unidos se están haciendo documentales de muy notable originalidad y gran calidad material y formal. Y este es uno de ellos.

Feuerzeig ha sido montador antes que director y la edición del material que ha filmado en super 16 mm, mezclado con el archivo de películas caseras, cintas de audio y dibujos propiedad del propio Daniel Johnston es sencillamente brillante. Era muy fácil perderse y perder al espectador en el relato de la vida y la obra de un hombre de 45 años, aquejado de una severa enfermedad mental que empieza a manifestarse en la adolescencia, a la par que va desarrollando una intensa creatividad para componer e interpretar canciones, dibujar y rodar películas caseras. Y por eso resulta admirable el grandísimo pudor, el enorme respeto del que hace gala Feuerzeig para una película que en absoluto es el homenaje de un freaky a su ídolo, un freaky galáctico.

Hubiera sido facilísimo irse a uno de los dos extremos que se erguían tentadores para cualquier realizador: la adulación bobalicona del insensato y el brutal cinismo del buitre carroñero.

Feuerzeig se mantiene en el centro, sin incluir una sola declaración del tal Johnston (una opción inteligentísima), con unas entrevistas a los padres verdaderamente arrasadoras (la intervención llena de humanidad de Feuerzeig cuando llora el padre de Daniel es una bellísima lección de cine de un tipo honrado y bueno), demostrando que hay muchas maneras de conducir un documental pero solo una para no entrar como un elefante borracho en el campo quebradizo del dolor ajeno.

Dejo para quien esté interesado en la figura de Johnston y en la gestación de este documental la pista para ahondar en los detalles de la vida y las canciones de Daniel Johnston (por cierto, pocas, pero bellísimas), cantadas y admiradas por muchos artistas consagrados. La película se sigue con extraordinario interés, en buena medida porque es bastante amena. Para serlo no ha necesitado mentir como tanta película mediocre (“Una mente maravillosa”, por ejemplo) sobre la realidad de las personas con enfermedades mentales.

Cualquier persona medianamente inteligente percibe el admirable comportamiento de los padres de Daniel, su amor incondional por su hijo y la aceptación de la enfermedad. No menos clara es la benéfica influencia del cristianismo -aun de un cristianismo bastante imperfecto- en el ejercicio de la paternidad.