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Bethany Hamilton era medio sirena, decía su madre: nació para estar en el agua. Esa joven hawaiana iba a convertirse en campeona del mundo de surf, pero en 2003 un tiburón le arrancó un brazo. Estuvo a punto de morir, pero sobrevivió; estuvo a punto de deprimirse, pero su fe la ayudó a seguir luchando, y finalmente, con un solo brazo, a volver a la competición y llegar a ser surfista profesional.

El caso de Bethany Hamilton, una maravillosa historia de superación, ha sido escrito por ella misma, y fue llevado en 2007 a la pantalla en forma de documental. Ahora le toca el formato grande en el que el director Sean McNamara ha seguido con corrección pero sin brillantez, senderos mil veces transitados. No parece haberse esforzado en salir del cliché; y a veces parece que sigue rodando para la televisión; pero la historia original tiene tanta fuerza que llega y conmueve al público, sobre todo a los jóvenes.

Las competiciones de surf están muy bien rodadas. Además, la película es valiente y se atreve a hablar directamente de fe y de pensar en los demás; y trata con acierto los aspectos familiares. Anna Sophia Robb (la niña de Puente a Therabitia), Helen Hunt (a quien no habíamos visto desde hace tiempo en el cine) y Dennis Quaid forman una familia normal, creíble. En cambio, resulta un poco extraña la misionera Sarah, consejera espiritual de Bethany.

Los más exigentes comentarán –con razón– que la película podría ser mejor; pero es aceptable y positiva.

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