The Princess of Nebraska

Guión: Michael Ray. Intérpretes: Li Ling, Brian Danforth, Pamelyn Chee. Patrice Binaisa. 77 min. Adultos. (S)

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Wayne Wang (Hong Kong, 1949) hace películas por parejas, y The Princess of Nebraska forma un dúo con Mil años de oración, como Smoke y Blue in the Face, ambas basadas en relatos de Paul Auster y estrenadas en 1995.

Las dos últimas obras del realizador asiático, asentado en California desde su juventud, se basan en relatos de Li Yiyun, nacida en China pero igualmente establecida en Estados Unidos, donde estudió desde 1996. Coinciden las dos películas en el retrato de una mujer china que viaja a Estados Unidos. En el caso de The Princess of Nebraska seguimos durante 24 horas la vida de Sasha, una joven estudiante china recién llegada a la Universidad de Nebraska, embarazada de cuatro meses tras una aventura fugaz en Pekín con un compañero de una escuela de danza. Sasha viaja desde Omaha a San Francisco para abortar y se encuentra con un escritor gay que ha tenido una relación con el padre del hijo que espera.

Cualquiera que lea esta sinopsis percibirá una evidente semejanza con buena parte de la filmografía del español Pedro Almodóvar, experto en culebrones protagonizados por personajes degradados que se ven envueltos en conflictos desgarradores. Pero el desarrollo de la película de Wang desmiente esa aparente similitud.

Wang cuenta de una manera muy visual e introspectiva una historia de una joven inmadura, confusa y rota. Sasha procede de un país comunista en el que los jóvenes se mueven con esquemas capitalistas, sin ideales y dominados por el hedonismo consumista que marca la vida occidental. No ha dicho nada a sus padres de su embarazo porque teme su reacción. La película de algún modo juega con la metáfora de la América tradicional del interior (Nebraska) y la zona de América donde tuvo más implantación la llamada revolución sexual, California, y de manera más precisa la ciudad de San Francisco.

Wang sabe hacer películas pequeñas (esta lo es, incluso en el exiguo metraje) sin que le salga un telefilm. La cinta esta bien estructurada y su estética es acertada, con unos insertos de registros de móviles que representan esa tendencia tan oriental a capturar la realidad. Teniendo en cuenta la sordidez de algunos ambientes donde se mueve la protagonista, es de agradecer que renuncie a la estridencia y el mal gusto. Las interpretaciones son notables, y los encuentros de Sasha con una prostituta china mayor que ella, con el escritor gay y con la mujer que le va a practicar el aborto hacen pensar al espectador en muchas cuestiones importantes.

Wang, casi siempre ecléctico -chino, norteamericano y californiano-, expone y, cuando parece que toma partido no lo hace, o bien lo hace para contradecirse a continuación. Quizás sea la aportación del guionista Michael Ray. El final de la película es, en ese sentido de la confusión, muy revelador. Película minoritaria, en fin, para gente reflexiva.

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