Oratorio de Navidad

TÍTULO ORIGINAL Juloratoriet

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Director: Kjell-Ake Anderson. Guión: Kjell Sundstedt y Kjell-Ake Anderson. Intérpretes: Peter Haber, Johan Widerberg, Henrik Linnros, Lena Endre, Viveka Deldahl, Fiona Mogridge, Krister Henriksson. 124 min. Adultos.

En Oratorio de Navidad, el guionista y director sueco Kjell-Ake Anderson (Friends, My Great Big Daddy) adapta la novela homónima de Goran Tüngstrom al estilo de las películas intimistas de Ingmar Bergman, Bille August o Gabriel Axel, aunque muy lejos de la maestría de éstos.

El guión describe, desde los años 30 y a lo largo de tres generaciones, los avatares de una modesta familia de Värmland, la comarca de Suecia donde vivió la famosa novelista Selma Lagerlöff, que aparece brevemente en el relato. La unidad de la familia protagonista se ve trágicamente rota por la inesperada muerte de la madre, Solveig, una mujer vitalista y alegre, magnífica cantante, cuyo sueño era llegar a interpretar el Oratorio de Navidad, de Johann Sebastian Bach, con el coro de una pequeña iglesia rural. Su marido Aron y su hijo Sidner ocuparán su vida -siempre al borde de la locura- en intentar cerrar la dolorosa herida causada por la desaparición de Solveig. En este dramático proceso encontrarán un rayo de esperanza en las cartas de amor que Aron recibe de Tessa, una misteriosa e idealizada mujer neozelandesa que es maltratada por su familia.

Oratorio de Navidad es una película muy escandinava, para bien y para mal. Para bien, porque el guión incluye numerosos conflictos dramáticos de interés universal y con fuerza psicológica -el sentido del sufrimiento, la incomunicación, la soledad, el afecto familiar, el amor más allá de las distancias de tiempo y lugar…-, encarnados además por un grupo de buenos actores y traducidos en unas imágenes poderosas y bellas. Y para mal, porque la visión luterana desde la que se miran esos conflictos ofrece un retrato en exceso pesimista de la condición humana: sórdido, asfixiante, moralmente ambiguo y con un enfoque atormentado de la religión. Esto afecta también al ritmo narrativo, que a menudo resulta deslavazado y tedioso.

Queda así una película por fuera exquisita -salvo en el crudo tratamiento explícito del sexo- y por dentro desgarrada, que apunta muchos temas de gran calado a los que no da respuesta. Tan sólo deja un levísimo apunte sobre el valor de la gran música como válvula de escape hacia la esperanza; una esperanza que, en este caso, sólo se roza con la punta de los dedos.

Jerónimo José Martín