Núremberg, año 1945. Los principales líderes nazis han sido capturados y los aliados han acordado juzgarlos de manera pública y justa, decididos a evitar los errores vengativos de Versalles. Para tal fin, encargan al psiquiatra estadounidense Douglas Kelley una misión delicadísima: evaluar si los acusados están en condiciones de afrontar el juicio. Entre ellos está nada menos que Hermann Göring, mano derecha de Hitler, con quien Kelley establecerá una relación tan fascinante como tóxica, a medio camino entre la admiración intelectual y el rechazo moral.
James Vanderbilt, al mando de la película, es un guionista de ficción con oficio, pero también con experiencia en historias basadas en hechos reales. Ahí están Zodiac, obra maestra de Fincher, o La Verdad, que él mismo escribe y dirige. En Núremberg se nota ese interés por el lado humano de las situaciones límite, y realmente la cinta consigue sacar lo mejor de sus dos protagonistas.
Russell Crowe –actor que llevaba tiempo sin un papel realmente memorable– encarna con precisión inquietante a un Göring prepotente y narcisista, siempre en combate psicológico con el personaje más reservado y metódico de Kelley (Rami Malek).
Pese a sus más de dos horas y media, la película funciona muy bien gracias a las excelentes interpretaciones y a un guion inteligente que alterna, con acierto, la historia de una extraña amistad y la trama de un auténtico thriller judicial con tintes psicológicos. Lástima que, de forma algo forzada, incorpore una pincelada superficial y poco matizada sobre el papel de Pío XII en la Segunda Guerra Mundial.