Mrs. Dalloway

Directora: Marleen Gorris. Guión: Eileen Atkins. Intérpretes: Vanessa Redgrave, Natascha McElhone, Rupert Graves, Michael Kitchen, John Standing, Alan Cox. 100 min. Adultos.

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La literatura es una fuente inagotable de inspiración cinematográfica, y en este campo los británicos son maestros consumados, especialmente si hay por medio una buena oportunidad de reconstruir su época de esplendor. Mrs. Dalloway viene a sumarse a esta colección de brillantes adaptaciones. Llevar a Virginia Woolf al cine es todo un desafío, y aquí el resultado es más que notable. Los espectadores que hayan leído la novela reconocerán la eficacia del lenguaje cinematográfico que emplea la directora holandesa Marleen Gorris (Broken Mirrors, Antonia), en especial sus recursos a la voz en off, al primer plano y al flash-back para traducir la prosa compleja e introspectiva de la escritora inglesa.

Virginia Woolf, o Marleen Gorris, describen un día en la vida de Clarissa Dalloway. Clarissa, en el ocaso de su vida, acaba de salir de una enfermedad y esa misma tarde va a dar una de sus célebres fiestas. El día es banal, pero está lleno de pequeños sucesos que le hacen evocar su vida y su juventud, sobre todo la gran amistad con Sally -que le provocó una compleja situación afectiva- y su gran amor, Peter Walsh. El contrapunto, que se desarrolla en paralelo, es la progresiva crisis mental de un ex combatiente, que acaba en suicidio.

Marleen Gorris dirige magistralmente un plantel de actores de lujo, encabezado por una sensacional Vanessa Redgrave, a la que dan adecuada réplica todos los demás.

Mrs. Dalloway es, al mismo tiempo, un retrato de una sociedad decadente y una reflexión sobre lo que pudo haber sido y no fue. La pregunta de fondo en toda la película es: ¿por qué te has casado con este hombre y no con el que tú querías? La respuesta es que Clarissa no quería darlo todo, sin reservas; quería un marido que la dejara libre. ¿Valió la pena? Woolf y Gorris dejan que cada uno saque su conclusión.

Tanto la película como la novela, siendo grandes realizaciones, no están pensadas para atraer a un público multitudinario.

Fernando Gil-Delgado