Moulin Rouge

Director: Baz Luhrmann. Guión: Baz Luhrmann y Craig Pearce. Intérpretes: Nicole Kidman, Ewan McGregor, John Leguizamo, Jim Broadbent, Richard Roxburgh. 126 min. Adultos.

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París, 1900. Cerca de Montmartre se alza el cabaret Moulin Rouge, regentado por el mefistofélico Harold Zidler. Entre las bellas que animan el local destaca Satine, que quiere ser una auténtica artista y no una simple cortesana de lujo. Su oportunidad le llega cuando Zidler intenta convertir el Moulin Rouge en teatro con ayuda de El Duque, un hombre tan rico como vulgar, que a cambio pide a la joven. Pero Satine se enamora de Christian, un cándido escritor inglés acogido en París por un grupo de alocados artistas al mando de Toulouse-Lautrec. Las cosas se enredan aún más cuando Zidler y El Duque contratan a Christian como guionista del musical Spectacular-Spectacular, que inaugurará el nuevo Moulin Rouge.

Estamos ante una apasionada historia al estilo de los seriales de finales del XIX o ante el amanerado guión de una ópera -La Traviata, La Boheme…-, con sus locos amores, sus artistas pobres, sus insulsos ricos y la tuberculosis acechando a la diva, una criatura encantadora que vive en el pecado pero tiene un corazón de oro. El australiano Baz Luhrmann (El amor está en el aire, Romeo y Julieta), también director de ópera, ha elegido la música como vehículo, y ofrece un grandioso espectáculo a medio camino entre Broadway y Milán. De este modo, se une a otros grandes directores que han apostado últimamente por el musical: Woody Allen (Todos dicen “I Love You”), Kenneth Branagh (Trabajos de amor perdidos), Lars von Trier (Bailar en la oscuridad)…

En Moulin Rouge, la música envuelve… nada, o casi nada, pues la historia se supedita al tiempo y a la melodía. Pero su envoltorio es un lujo que hay que paladear con mesura, pues Luhrmann es un artista visual. Para ambientar el célebre cabaret parisino, la exuberante puesta en escena combina decorados auténticos y digitales, maquetas, un sofisticado vestuario y un audaz maquillaje. Y, sobre todo ello, la música reina más que el amor con el fin de que unos personajes estereotipados resulten convincentes.

Hay que alabar a Kidman y McGregor que, por cierto, cantan de verdad y bastante bien. Además, resultan creíbles, él como joven casi irreal en su ingenuidad, y ella dura y frágil a la vez. Entre los secundarios destaca John Leguizamo, un Lautrec menos lánguido que otras veces. Y los diálogos de estos personajes se completan con la música y las canciones. En este sentido, Luhrmann y Craig Pearce han mezclado la casi totalidad de los mitos de la música popular moderna. Así, Sting, Madonna, Beatles, Elton John… se convierten en parte de la historia; y los arreglos de Craig Armstrong y Marius De Vries obran maravillas: los temas se disuelven, se transforman, ayudan a la acción o son la acción misma.

Poderosa música y fastuoso diseño de producción para recrear una atmósfera bohemia y muy sensual, especialmente durante el frenesí inicial del Moulin Rouge, con su famoso French Can Can. La mágica cámara de Donald McAlpine y el montaje videoclipero de Jill Bilcock, unidos a una portentosa coreografía, imponen un esfuerzo soberano a la capacidad audiovisual del espectador.

En todo caso, se trata de un collage de lujo, cuyos elementos permanecen en su sitio por un algo indefinible, y con varios momentos mágicos, como la vibrante escena del tejado, donde Christian y Satine se declaran su amor en un caleidoscopio de canciones populares. Una obra arriesgada, pues, asequible y difícil a la vez, que entusiasmará a unos y enfurecerá a otros.

Fernando Gil-Delgado

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