Mil años de oración

Guión: Yiyun Li. Intérpretes: Henry O, Pavel Lychnikoff, Faye Yu, Angela Dierdorff Petro, Vida Ghahremani. 83 min. Jóvenes.

Después de sorprender con títulos como El club de la buena estrella y el díptico SmokeBlue in the Face, el director de Hong Kong Wayne Wang ha llevado una carrera un tanto errática, con rarezas como El centro del mundo y títulos comerciales de Hollywood como Sucedió en Manhattan. Aquí vuelve a lo que mejor se le da, una historia sencilla y muy humana, basada en un relato de Yiyun Li, que firma también el guión. Lo que le ha hecho merecedor de la Concha de Oro en el Festival de San Sebastián.

Shi, un anciano chino, viudo y jubilado, viaja a Estados Unidos para visitar a su hija Yilan, instalada en ese país y recientemente divorciada. Se trata de una película donde importan, y mucho, las cosas pequeñas. Cuando Yilan propone a su padre volar, para conocer mejor el lugar, él contesta que prefiere ir en tren, conocer las cosas directamente. Wang nos habla del viejo problema de la comunicación, común en Oriente y Occidente. En un momento dado, Yilan comenta con su padre los problemas del mandarín, un idioma que parece pensado para no expresar los sentimientos, propicio para los secretos. Pero lo cierto es que la sociedad occidental también favorece el aislamiento, el no poder volver a comer a casa tranquilamente, las llamadas impersonales de los televendedores, los planes en solitario como acudir a una sala de cine…

No hay “terremotos” en esta película de condición minimalista, todo es la vida misma. Vemos a Shi hablar su inglés elemental, hacer migas con una vecina de origen iraní, que también tiene problemas con el idioma; somos testigos de la sorpresa de este hombre mayor, porque una joven en edad de trabajar esté tomando el sol tranquilamente en la piscina, y hable con la mayor naturalidad en biquini a un desconocido, algo que despierta en el protagonista la elemental modestia en que se ha educado.

Hay buenas metáforas, como esas muñecas rusas que esconden dentro otras muñecas, y que se encuentran entremezcladas. Shi las ordena, lo que habla de problemas no compartidos por el otro, que dan pie a prejuicios, a pensar lo que no se debe pensar. Hay magníficas interpretaciones -Henry O ganó el premio al mejor actor en el Festival de San Sebastián- y buen equilibrio entre elementos dramáticos y humorísticos.

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