Medianoche en el jardín del bien y del mal

TÍTULO ORIGINAL Midnight in the Garden of Good and Evil

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Director: Clint Eastwood. Guión: John Lee Hancock. Intérpretes: John Cusack, Kevin Spacey, Jack Thompson, Irma P. Hall, Jude Law, Alison Eastwood, Paul Hipp, The Lady Chablis. 155 min. Adultos.

John Kelso debe escribir, para una revista, un reportaje sobre una lujosa fiesta de Navidad que convoca anualmente Jim Williams, millonario sureño amante de las antigüedades. El trabajo se troca en investigación de una muerte violenta, en la que está implicado Williams.

Clint Eastwood hace su película número 20 como director. Tal bagaje, reforzado por un equipo técnico que le conoce, y mucho, ayuda a crear una sólida puesta en escena, una bella textura. Pero este buen acabado, o el sólido reparto, no ocultan las debilidades de lo que se narra. La adaptación de la novela de John Berendt, un prestigioso libro basado en hechos reales, no está lograda. Llama la atención, sobre todo, la inclusión de un elemento sobrenatural -una mujer negra que convoca a los espíritus a través del vudú-, completamente inconexo en la trama.

De este modo, lo que empieza como dibujo de ambientes sureños, con personajes excéntricos quizá algo excesivos, enseguida se convierte en un thriller judicial con elementos sórdidos, donde se aceptan con naturalidad comportamientos inmorales. Los responsables del film dicen que han querido hacer hincapié en la ambigüedad sobre la inocencia o culpabilidad de Williams en la muerte de su amante masculino. Si eso deseaban, no han tenido éxito, pues la suerte del millonario preocupa más bien poco: el espectador se identifica con el reportero, y a éste la solución del caso no parece afectarle personalmente, mientras consiga escribir un libro curioso con todo lo que ve.

Al final se da la paradoja de que la película se hace larga al mismo tiempo que se echa en falta elementos que expliquen algunos comportamientos. Eastwood y su guionista John Lee Hancock juegan con los dados trucados de la buena creación de atmósferas, del aplomo narrativo, con la esperanza de que el espectador mire hacia otro lado. Y no aciertan.

José María Aresté