Magnolia

Director y guionista: Paul Thomas Anderson. Intérpretes: Jeremy Blackman, Tom Cruise, Melinda Dillon, Philip Baker Hall, Philip Seymour Hoffman, William H. Macy, Julianne Moore, John C. Reilly, Jason Robards, Melora Walters. 180 min. Adultos.

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Un joven se lanza al vacío desde la azotea de un bloque de viviendas. Al pasar a la altura de un cierto piso, le alcanza un disparo fortuito de su padre, que en ese momento amenazaba a su mujer con un arma. Un suicidio se transforma en asesinato. Son cosas que pasan. ¿Cosas que pasan? Se trata, en cualquier caso, de uno de los disparatados ejemplos con los que Paul Thomas Anderson, director y guionista de Magnolia, pretende hacer valer que, en esta vida, hasta las cosas más extraordinarias son cosas que, sencillamente, pasan. Y viceversa; en las situaciones más corrientes aletea algo que las hace especiales.

Un anciano moribundo y su joven esposa; el enfermero que cuida al anciano; una especie de predicador del sexo para machos; un policía en busca del amor; un célebre presentador de televisión; un niño prodigio de los concursos televisivos; un adulto ex niño prodigio de ese tipo de concursos, acomplejado con su homosexualidad; una mujer con traumas sexuales de la infancia… Todos ellos viven en San Fernando Valley. Y existe una especie de hilo invisible -junto a otro más visible, el de los lazos familiares- que une sus vidas. A lo largo de tres horas, el espectador es testigo de sus amores, su compasión, odio, capacidad de perdón, complejos, ambiciones, máscaras…

Anderson es un director complejo; lo demostró con Boogie Nights, sórdido viaje al submundo del cine pornográfico, y en Sidney, denso retrato de los ambientes del juego. En esta ocasión, opta por una historia coral. Jugando con el corazón, Happiness, American Beauty, Tormenta de hielo, Amigos y vecinos, son títulos recientes que vienen a la memoria, y que tienen un planteamiento estructural e intencional muy similar a Magnolia. Son en el fondo vidas cruzadas -así se titulaba el film de Robert Altman, verdadero precursor de este tipo de película-, que permiten presentar la perplejidad vital de una serie de personajes. Lo que varía de una película a otra es el enfoque, en algunos casos más ácido y descorazonador, en otros más abierto a la esperanza, a la capacidad del hombre para ser mejor.

La película de Anderson cuenta con un magnífico guión: la historia progresa adecuadamente, hay una buena definición de tipos humanos. Además, los actores están bien dirigidos. A una buena narración sobre el papel, se une una buena puesta en escena, fluida, y un buen uso de la música (magnífico y nada cursi ese encadenado de todos los personajes cantando la misma canción). Dentro de una visión más pegada al suelo que trascendente -pese a una curiosa lluvia celestial que acontece casi al final-, el film se afana en dibujar bien las virtudes y miserias de los personajes, con un relativo optimismo sobre la capacidad redentora del amor y del perdón. Algunas de las situaciones planteadas no están exentas de crudeza. Pero, ciertamente, son cosas que pasan.

José María Aresté