Love Actually

Director y guionista: Richard Curtis. Intérpretes: Hugh Grant, Emma Thompson, Colin Firth, Alan Rickman, Laura Linney, Liam Neeson. 129 min. Adultos.

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Debuta en la dirección el guionista de Cuatro bodas y un funeral, Notting Hill y El diario de Bridget Jones. Love Actually es una larguísima comedia de enredo pseudorromántico con un alud navideño de historias de londinenses enamorados al son de la música de Craig Armstrong (Moulin Rouge). Hugh Grant es el nuevo -y muy risiblemente improbable- primer ministro, que se enamora de una ayuda de cámara de su residencia oficial. Un escritor (Colin Firth) escapa al sur de Francia para reponerse de una desilusión amorosa. Emma Thompson es una esposa y madre que sospecha que está perdiendo a su marido (Alan Rickman), asediado por una arpía. Keira Knightley es la atolondrada recién casada que interpreta mal la actitud del mejor amigo de su marido. Un desconsolado viudo (Liam Neeson) trata de conectar con un colegial hijastro al que apenas conoce. Una ejecutiva (Laura Linney) está secretamente enamorada de un compañero de trabajo. Un viejo y acabado rockero (Bill Nighy) reaparece para promocionar una canción navideña de la mano de su infatigable manager.

Al inglés Richard Curtis (1956), formado en Oxford y guionista de Mr. Bean, le faltan sutileza, buen gusto y pulso narrativo cuando, al grito de todo vale, adopta reiteradamente un tono muy procaz (la relación entre dos actores de cine porno, una absurda trama de un niñato sediento de sexo y abundante metralla malsonante en los diálogos), que perjudica decisivamente al conjunto, convertido finalmente en un collage irregular con excesivos peajes. Y es una pena porque hay momentos divertidos, una historia de muy buen nivel (la de Colin Firth) y otro par muy bien llevadas (la de Thompson-Rickman y la de Neeson).

Es bastante patético el tesón de algunos guionistas, directores y productores contemporáneos por dulcificar con el adjetivo romántico unas historias con una comicidad pobre, tosca y elemental, que se parece demasiado a la que caracteriza a las sitcom televisivas, con su generoso surtido de erotismo incoado (en el cine parece obligado ir más lejos) y un humor grosero que quiere ser sofisticado con el recurso al más difícil todavía.

Las limitaciones de la censura te obligaban a ser sutil, venía a decir hace poco un añorante Berlanga, a propósito de la comedia en general y de Bienvenido Mr. Marshall en particular. En línea con ese Berlanga -que perdió su genio en su etapa postfranquista- uno se pregunta qué tendría que ocurrir para recuperar la deliciosa comicidad de películas como La pícara puritana (The Awful Truth), de Leo McCarey, que siguen asombrando por su sutileza y chispa.

Alberto Fijo