Las razones de mis amigos

Director: Gerardo Herrero. Guión: Ángeles González-Sinde. Intérpretes: Marta Belaustegui, Joel Joan, Sergi Calleja, Lola Dueñas, Paz Gómez, José Tomé, Ana Duato, Jorge de Juan, Roberto Enríquez. 105 min. Jóvenes-adultos.

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Tres amigos. Viejos compañeros de la universidad. De izquierdas. Están por la treintena, la época de asentarse, de tomar decisiones que afectarán al resto de la vida. Uno de ellos, Santiago, tiene una empresa electrónica. Está en apuros económicos. Necesita cuatro millones. Marta y Carlos, sin dudar, se los prestan. ¿Sin dudar?

Una historia sencilla que no lo es tanto. Adapta una novela de Belén Gopegui, La conquista del aire (ver servicio 117/98). Con ella, Ángeles González-Sinde construye un guión de hierro al que Gerardo Herrero da forma cinematográfica hasta servir su mejor película hasta la fecha. Mirada a la juventud desconcertada. Mirada pesimista, agridulce, serena. Porque todos estamos cargados de buenas intenciones, deseamos ayudar a los demás, cambiar el mundo. Pero hay una realidad exterior, que nos asfixia, con la que fácilmente nos mimetizamos hasta perder lo mejor de nosotros. El préstamo desinteresado con que arranca el film es así motivo de dudas y temores. ¿No ha habido precipitación? ¿No se han sentido obligados a realizarlo? ¿Por qué no se pueden hablar las cosas a la cara? Carlos, el profesor universitario, es el ejemplo palmario: rompe con su novia porque ha encontrado a una mujer divorciada que le gusta; querría que su ex no sufriera, que sus amigos no piensen que es un trepa que se encama con alguien que le proporciona seguridad económica… Hay dudas en los dos matrimonios, temor a tener un hijo (¿qué futuro cabe ofrecerle, de dónde sacar el maldito dinero para una casa y…?), incapacidad de entender al otro. Santiago no se hace entender (¿intenta acaso compartir sus problemas laborales?) por su esposa, que empieza a coquetear con un compañero médico.

Herrero cuenta con un magnífico plantel de jóvenes actores, que dan el tipo de urbanita pegado al terreno y carente de horizontes amplios, en parte porque el entorno le ha obligado a mirar el mundo por un canuto. Es ésta una película en la que flota un humor muy de la gran ciudad: agobio, estrés, desesperanza… El encuentro final de los tres amigos, breve, en el que quedan emplazados para una próxima reunión que, se intuye, nunca tendrá lugar, tiene una enorme fuerza. El director ha sabido jugar la baza de la contención, de las miradas que dicen más que mil palabras, de la elipsis. Y toda la película gana. Aunque te deje completamente abatido. ¿De verdad que uno no puede tener amigos?

José María Aresté