La venganza del Conde de Montecristo

TÍTULO ORIGINAL The Count of Monte Cristo

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Director: Kevin Reynolds. Guión: Jay Wolpert. Intérpretes: Jim Caviezel, Guy Pearce, Dagmara Dominczyk, Richard Harris, James Frain. 115 min. Jóvenes-adultos.

El director norteamericano Kevin Reynolds se formó a la sombra de Steven Spielberg; pero triunfó gracias a su amigo el actor Kevin Costner, al que dirigió en la entretenida Robin Hood, príncipe de los ladrones, y en la ampulosa Waterworld. Entre una y otra, también fracasaron juntos -esa vez con Costner como productor- en la singular Rapa Nui. Ahora, Reynolds intenta recuperar el caché perdido con La venganza del Conde de Montecristo, enésima versión del popular folletín de Alejandro Dumas. Los resultados son bastante estimables.

La película relata la tragedia de Edmundo Dantés, un honrado marino francés de principios del siglo XIX que es traicionado por su mejor amigo y encerrado en una mugrienta prisión. Al cabo de trece años, con la ayuda de un anciano sacerdote, huye y rehace su vida con una nueva identidad: el rico y vengativo Conde de Montecristo.

De atractivo aroma clásico, solo roto en un par de breves escenas sexuales, el guión desarrolla el entretenido argumento con calidad literaria, fluidez narrativa y hondura dramática, que permite reflexiones interesantes sobre la locura de la venganza y la liberación por el perdón. En este sentido, el film rebaja el cinismo de la novela e incluye certeras referencias sobre la providencia divina y el sentido del dolor, que Dantés pierde en la cárcel. Cuando comienza su cautiverio, graba en la pared de su celda: “Dios me hará justicia”. Al cabo de los años, olvida tal inscripción, y llega a gritar al sacerdote: “¡No creo en Dios!”. A lo que el otro contesta: “No importa, Él sí cree en ti”.

A estas cualidades se añade la humanidad que los actores aportan a los personajes. Richard Harris confirma su maestría, y Jim Caviezel demuestra que tiene madera de estrella. El conjunto se completa con una fotografía, una banda sonora y una ambientación muy cuidadas. De modo que las únicas limitaciones de la película provienen del propio carácter folletinesco -y, por tanto, algo epidérmico- de la novela de Dumas.

Jerónimo José Martín

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