La noche cae sobre Manhattan

TÍTULO ORIGINAL Night Falls on Manhattan

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Director y guionista: Sidney Lumet. Intérpretes: Andy García, Richard Dreyfuss, Lena Olin, Ian Holm, Ron Leibman. 105 min.

Después de varios años de películas discretas, Sidney Lumet, de 72 años, recupera en La noche cae sobre Manhattan el vigor visual, la firme dirección de actores y la hondura de tratamiento de sus mejores films: Doce hombres sin piedad, Network. Un mundo implacable o Veredicto final. La clave quizá esté en que ha vuelto, actualizándola, a la fórmula en que es un maestro: el thriller judicial con fuertes dilemas morales.

El guión, del propio Lumet, se basa en la novela Tainted Evidence, de Robert Daley. Sean (Andy García), un ex policía idealista y honrado, se ha convertido, tras mucho esfuerzo, en ayudante del fiscal del distrito de Manhattan. Su ilusión por acabar con la corrupción y el crimen se ve compensada cuando le encargan instruir un caso contra el principal capo neoyorquino de la droga. Se trata de un violento afroamericano que asesinó a dos policías y dejó malherido al propio padre de Sean (Ian Holm), un veterano agente a punto de retirarse. El caso eleva el prestigio de Sean, que acaba sustituyendo al propio fiscal de distrito. Desde su nueva posición, se da cuenta de que la corrupción policial que denunciaron en el juicio los abogados del capo (Richard Dreyfuss y Lena Olin) no era falsa. De modo que se enfrentará a un difícil dilema, en medio del cual está su propio padre.

Lumet recrea este poderoso entramado de conflictos morales con una seguridad pasmosa. Sobre todo, ha logrado lo más díficil: una magnífica galería de personajes, todos ellos con gran entidad dramática y encarnados con apabullante convicción por un reparto espléndido. La cámara de Lumet mima a los actores y les permite desarrollar sus personajes sin ralentizar el ritmo, que a veces es realmente frenético. Aquí se aprecia el talento de Lumet, que pone al servicio de lo importante -la historia y los personajes- el puro despliegue técnico: el soberbio montaje de Sam O’Steen, la contrastada fotografía de David Watkin, la sobria partitura de Mark Isham… Esta subsidiariedad de lo formal no impide que muchas secuencias -la espectacular redada contra el capo, las conversaciones en la sauna entre García y Dreyfuss…- tengan una planificación magistral y una fuerza visual enorme.

En los espinosos conflictos planteados, Lumet huye certeramente del maniqueísmo, hasta situarse en esa incómoda zona de tonos grises que marca la existencia de tantas personas: todos tenemos los pies de barro -parece decirse-, y a veces no es fácil delimitar lo legal de lo justo. Frente a las actitudes cínicas u oportunistas que esta evidencia puede suscitar, Lumet asume la objetividad de la moral y el papel de la providencia divina -el famoso “En Dios confiamos” (“In God We Trust”) que preside los tribunales norteamericanos-, para abogar decididamente por el compromiso esforzado con la verdad y con la propia integridad. Y es que esas reflexiones, críticas pero ponderadas, que plantea Lumet sobre la ética en la justicia, la política o la labor policial no son simples aderezos serios de la acción, sino su misma razón de ser, su principal impulso.

Jerónimo José Martín