El escándalo de Larry Flynt

Guión: Scott Alexander y Larry Karaszewski. Intérpretes: Woody Harrelson, Courtney Love, Edward Norton, James Cromwell, Crispin Glover. 130 min.

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Dos Globos de Oro -mejor director y guión adaptado-, el Oso de Oro a la mejor película en el pasado Festival de Berlín, dos candidaturas importantes a los Oscar -mejor director y actor (Woody Harrelson)-… y una enconada polémica en todo el mundo ha cosechado por el momento esta película que supone el retorno, después de siete años de inactividad, del director checo nacionalizado estadounidense Milos Forman (Alguien voló sobre el nido del cuco, Ragtime, Amadeus, Valmont).

El guión de Scott Alexander y Larry Karaszewski -guionistas de Ed Wood, de Tim Burton- relata la desquiciada y trágica vida de Larry Flynt, un hortera y provocador paleto de Kentucky, criado en un paupérrimo ambiente familiar, que se hizo multimillonario como fundador y editor de la sórdida revista pornográfica Hustler. Enfrentado durante dos décadas a la justicia por obscenidad y libelo, estuvo en diversas cárceles y manicomios. En 1978 sufrió un atentado que le dejó paralítico de cintura para abajo y le provocó una profunda adicción a la heroína. Esta adicción se la transmitió a su cuarta esposa y gran amor de su vida, Althea Leasure -una de sus primeras bailarinas de strip-tease-, quien finalmente murió de SIDA en 1987. Poco antes, Larry Flynt ganó ante el Tribunal Supremo de Estados Unidos un complejo caso de difamación que le enfrentó con el famoso telepredicador James Falwell.

La vida de Larry Flynt podría haber sido planteada de muchas maneras. Pero, siendo Oliver Stone el productor y principal impulsor del proyecto, se comprende que se haya optado por el lado más polémico y político. La película dedica bastante atención a la historia de amor entre Flynt y Althea -sin duda, la trama con más entidad dramática-, pero sobre todo se centra en las implicaciones políticas y éticas de la lucha permanente de Larry Flynt contra el sistema. Es aquí donde la película muestra sus pies de barro. Porque tanto el guión como la realización de Milos Forman -uno y otra muy influidos, insisto, por Oliver Stone- acaban por convertir al pornógrafo Flynt en un paladín de la libertad de expresión en permanente lucha sin cuartel contra todas las fuerzas represoras e intolerantes que, según la película, amenazan ese pilar básico consagrado en la Primera Enmienda de la Constitución norteamericana.

El gran argumento del film lo resume ante los medios de comunicación el personaje de Larry Flynt tras el fallo a su favor del Tribunal Supremo: “Si la Primera Enmienda protege a la escoria como yo, entonces os protegerá también a todos vosotros”. O sea, que la vulgaridad no es sólo el precio que hay que pagar para que exista una sociedad libre, sino también un vigoroso antídoto contra todos los intentos sociales de instaurar el puritanismo radical.

La pornografía, ¿simple cuestión de mal gusto?

Este planteamiento ha obligado a asumir en la película numerosas simplificaciones: caricaturizar maniqueamente, como ridículos e hipócritas fanáticos, a todos aquellos que lucharon contra Larry Flynt; presentar la religión como una torpe alienación del hombre; asumir como legítima opción personal el sexo libre en todas sus formas y maneras; nadar entre dos aguas para intentar que el verdadero héroe de la película sea el Tribunal Supremo; y, sobre todo, resolver el complejo tema de la aceptación de la pornografía como una simple cuestión de derecho al mal gusto, sin ninguna implicación ética ni legal. “Sólo soy culpable de tener mal gusto”, señala Larry Flynt en la película. El propio Milos Forman -no hay que olvidar que es un refugiado político checo- ha señalado en diversas entrevistas: “Prefiero un país libre y atestado de mal gusto a un país refinado pero sin libertades. La censura es el peor de los males”. Y, coherente con este planteamiento, plantea la película y su polémico cartel publicitario -finalmente retirado en Estados Unidos, Francia y Bélgica- como un alegato contra “el falso patriotismo, la religiosidad hipócrita y el falso desnudo”.

Basta ver los premios que ha recibido la película y la reacción entusiasta de cierto sector de la crítica, sobre todo en Europa, para darse cuenta de que la sutil argumentación antes descrita ha sido aceptada sin más, hasta llegar a considerar El escándalo de Larry Flynt como “una película hermosamente libre, sinceramente comprometida, vigorosa en su estética y éticamente valiente, que sabe reconocer la belleza convulsa de las flores del mal”. Todo ello en aras de una defensa ciega y sin límites de la libertad de expresión.

Poco se puede objetar a la calificación estrictamente técnica de la película: guión, interpretaciones y puesta en escena son de alta calidad, aunque, eso sí, asumen el mal gusto del biografiado en lo referente al sexo libre -hay numerosísimas secuencias sexuales explícitas- y al lenguaje grosero. Pero aceptar su fundamentación sin más resulta cuando menos ingenuo. Deberían hacer pensar las durísimas críticas que ha recibido la película en Estados Unidos, lanzadas curiosamente desde el lado que menos se esperaba: la izquierda radical y los principales grupos feministas.

Críticas feministas

Según muchas feministas norteamericanas -algunas de las cuales han llegado a calificar a Larry Flynt como “el Goebbels de la guerra contra las mujeres”-, es alucinante presentar a un pornógrafo como paladín de la libertad de expresión. Porque el verdadero dilema respecto a la pornografía nada tiene que ver con la libertad de expresión, ni con la Primera Enmienda, que protege sobre todo la libertad de expresión política, como, por cierto, sucedió en el caso descrito en el film. Un análisis ponderado de la pornografía debería afrontar qué calificación ética y legal merece la explotación comercial del sexo y sus posibles efectos dañinos, deshumanizadores y cosificantes, en las mujeres y hombres que la sufren como trabajadores de la industria pornográfica y en la sociedad entera, como manifestación y seguramente causa mayor de la violencia sexual contra las mujeres. Y esto es precisamente lo que no afronta la película.

Como señalaba recientemente una comentarista norteamericana, la revista Hustler nunca ha sido sinónimo de liberación sexual, ni siquiera de libertinaje o amor libre, sino la principal encarnación del sexismo más violento y machista. Y recordaba una famosa portada de la revista que, por supuesto, no aparece en la película: presentaba a una mujer desnuda y fuertemente atada, exhibida como un trofeo de caza sobre la baca de un coche. Por detalles mucho menos explícitos de sexismo se han organizado potentes campañas y se ha obligado a retirar anuncios. ¿Simple cuestión de mal gusto o verdadero delito con graves consecuencias sociales que habría que perseguir legalmente?

Conviene no simplificar respecto a la libertad de expresión, ni olvidar la necesidad de una correspondiente responsabilidad de expresión, porque entonces la ley podría quedarse sin argumentos, por ejemplo, contra las publicaciones racistas neonazis, las redes de pornografía infantil en Internet o la apología pública del terrorismo o de los movimientos antidemocráticos. ¿No serían también simple cuestión de mal gusto, y su persecución legal, otra manifestación de intolerancia represiva puritana? Al quitar la voz, ridiculizándolos, a todos los que luchan contra la pornografía, la película comete una grave injusticia y demuestra una gran intolerancia. Cualquier persona sensata está de acuerdo en que pegar un tiro a Larry Flynt es un hecho decididamente execrable y perseguible, pero de ahí a convertirle en un héroe hay un abismo.

Críticas desde la izquierda

La izquierda radical norteamericana ha aportado al debate otro elemento de juicio, bastante evidente y que los partidarios de la película sorprendentemente no tienen en cuenta. Para esos movimientos izquierdistas, Larry Flynt no es en absoluto un luchador de la libertad, sino un espécimen más de capitalista sin escrúpulos que se ha enriquecido explotando, como trabajadores y principales usuarios del negocio del sexo, a las clases más desfavorecidas de la sociedad.

Creer que la lucha del rey del porno contra el sistema se enmarca en la defensa de la libertad de expresión y no en la simple necesidad de mantener a flote su próspero negocio es de una ingenuidad sorprendente. El propio Milos Forman ha señalado, sobre todo en las entrevistas más recientes: “No poseo la certeza de si Larry Flynt es un loco, un saco de mierda que se esconde detrás de la Primera Enmienda o un arribista que trata de incrementar la venta de sus revistas”. Pues, si realmente piensa así, ¿por qué no lo refleja en su película, que más bien parece una gigantesca campaña publicitaria de limpieza de imagen pagada por el propio Larry Flynt, quien, por cierto, aparece en la película dando vida, para más inri, al primer juez que le condenó?

Pienso que, una vez más, el visceral y enfermizo resentimiento de Oliver Stone contra el sistema USA le ha llevado a engaño, incluso hasta parar en las antípodas de su propio pensamiento político. Pues si la libertad de expresión justifica a Larry Flynt, el libre mercado bastaría para justificar igualmente cualquier explotación de los trabajadores.

Jerónimo José Martín

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