La maldición del Escorpión de Jade

TÍTULO ORIGINAL The Curse of the Jade Scorpion

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Director y guionista: Woody Allen. Intérpretes: Woody Allen, Helen Hunt, Dan Aykroyd, Elizabeth Berkley, Charlize Theron, Wallace Shawn. 103 min. Jóvenes.

Nueva York, 1940. C. W. Briggs (Woody Allen) es el investigador de una compañía de seguros, un tipo veterano y baqueteado, con legendaria fama de eficiente, meticuloso, singular y mujeriego. Los planes reformadores de Betty Ann (Helen Hunt), la nueva y enérgica responsable de calidad de la compañía, vienen a trastocar la consolidada posición de Briggs. Pero un misterioso robo…

El métodico Allen repite comedia y no falla a la cita anual. Tras la buena acogida de Granujas de medio pelo, primera colaboración con la Dreamworks de Spielberg, el director neoyorquino reitera su apuesta por un cine ligero y alocado, predominantemente lúdico y festivo.

Allen, a sus 65 años, pisa un terreno que conoce bien (Balas sobre Broadway, Días de radio) y se le nota suelto, menos recurrente que otras veces. Tiene esta película más equilibrio que las dos anteriores (Granujas de medio pelo y Acordes y desacuerdos), que albergaban magníficos tramos pero resultaban irregulares. Allen vuelve a contar con Zhao Fei, responsable de la fotografía en películas de Yimou y Chaige, que borda su trabajo con el auxilio de un esmerado diseño de producción, habitual en el cine de época de Allen y propiciador de efectos humorísticos de atmósfera. Así, por ejemplo, una cabeza de alce disecado preside una conversación con el cuello girado hacia el escritorio donde se sientan los interlocutores.

La frescura de Helen Hunt hace más llevadero el ya muy sabido -y a ratos cargante- personaje (de) Allen. Varios chistes de carcajada, situaciones de un divertido surrealismo, diálogos verborreicos, buen pulso narrativo y menos tics ideológicos de los habituales, llenan los excesivos 103 minutos de este elegante paseo de Woody Allen por la screwball comedy y las películas de ladrones de joyas, mujeres fatales y detectives privados.

Alberto Fijo