La fortuna de vivir

TÍTULO ORIGINAL Les enfants du marais

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Director: Jean Becker. Guión: Sébastien Japrisot. Intérpretes: Jacques Villeret, Jacques Gamblin, André Dussollier, Michel Serrault, Isabelle Carré, Eric Cantona, Jacques Boudet. 115 min. Jóvenes.

Esta última obra del francés Jean Becker (Un tal La Rocca, Verano asesino) viene oportunamente a recordar a realizadores y espectadores que el Mediterráneo está aún por descubrir y que la esencia del arte consiste en contar una buena historia, humana y sincera, sin necesidad de recursos gratuitos a los efectos especiales. Becker ha tomado como punto de partida una bella novela que trata de la amistad, la libertad, el amor a la vida, de todo aquello que produce alegría y hace mejores a los hombres.

Garris sobrevive en las marismas, a orillas del Loira, desde que lo desmovilizaron en los años 20. Su pacífica existencia consiste principalmente en sacar adelante a su amigo y vecino Riton, un inocente incapaz de cuidar de su familia y de sí mismo. No necesitan mucho. Sus grandes amigos son Tane, conductor de tren, y Amedée, un soñador enamorado de la cultura y de una viuda. Los cuatro conocerán a Pépé, un anciano millonario que proviene también de las marismas y que añora su humilde pasado.

La historia comienza en 1930, cuando Garris está cansado de hacer de niñera de Riton. Esa amistad es una cadena, y Riton se empeña en complicarle la vida a cambio de nada. Y, sin embargo, piensan continuamente el uno en el otro. La película consiste en detalles simples, como ir a cantar las mañanitas, recoger caracoles para venderlos, comprar un traje a Cri-cri, la pequeña hija de Riton, o conocer al viejo millonario, al que la riqueza ha arrebatado la libertad y le ha “rodeado de imbéciles”. Conocer a Garris y Riton da nuevamente sentido a su vida.

Todo esto -muy bien encarnado en unas interpretaciones espléndidas y en una elegante puesta en escena- alcanza grandeza artística, y transmite un nítido mensaje: la alegría y la libertad auténticas las dan la amistad y la ausencia de falsas necesidades.

Fernando Gil-Delgado

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