La flor del mal

TÍTULO ORIGINAL La fleur du mal

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Director: Claude Chabrol. Guión: Louise L. Lambrichs, Caroline Eliacheff y Claude Chabrol. Intérpretes: Nathalie Baye, Benoît Magimel, Suzanne Flon, Bernard Lecoq, Mélanie Doutey, Thomas Chabrol. 104 minutos. Adultos.

Claude Chabrol no se cansa de contar la misma historia: una trama de conflictos morales centrados en la culpa y el mal que anida en el corazón humano. A veces, como En el corazón de la mentira, forma y fondo se unen realizando una obra de notable interés. En el caso presente los valores formales superan con mucho al tema, que recuerda demasiado al anterior film de Chabrol, Gracias por el chocolate, con unas tesis puramente retóricas.

Chabrol es un artista al crear ambientes, y además entra en materia con una facilidad pasmosa. En unos minutos sabemos que Anne y Gérard, primos, se casaron al enviudar a causa de un terrible accidente; que sus hijos respectivos, Michèle y Matthieu, se han querido desde niños; que la encantadora anciana tía Line guarda un terrible secreto que le pesa en el corazón; que pronto habrá elecciones municipales en las que Anne puede convertirse en alcaldesa; que Gérard es un mujeriego al que no le gusta que su esposa se dedique a la política…

Chabrol narra a fondo cómo late el corazón de cada miembro de la familia; cómo crecen las sospechas, los odios y los afectos mutuos; cómo una vieja culpa puede lastrar de por vida un corazón que solo alcanzará la paz con la expiación… Todo, con la absurda indagación sobre si la culpa puede transmitirse a los descendientes.

El debate intelectual y moral, incluyendo las relaciones casi incestuosas entre Michèle y Matthieu, es demasiado artificioso para tomarlo en serio. Pero la puesta en escena, el dominio de la narración y la dirección de actores son de una factura impecable y mantienen la atención del espectador hasta el último momento. El final desconcertará a un espectador no acostumbrado a los gestos de este director, pero es algo que Chabrol ya ha hecho en otras ocasiones: una vez terminado su discurso deja la historia allá donde esté.

Fernando Gil-Delgado

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