La eternidad y un día

TÍTULO ORIGINAL Mia eoniotita ke mia mera

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Director: Theo Angelopoulos. Guión: Theo Agelopoulos, Petros Markaris, Tonino Guerra y Giorgio Silvagni. Intérpretes: Bruno Ganz, Isabelle Renauld, Fabrizio Bentivoglio, Achileas Skevis, Despina Bebedeli, Iris Chatziantoniou. 130 min. Adultos.

Al día siguiente, lunes, Alexander, reconocido poeta, entrará en el hospital -“Cuando el dolor se haga insoportable”- para morir. Mientras, ordena todas sus cosas, deja su casa junto al mar, donde siempre ha vivido. Viejas cartas de su mujer, hace mucho tiempo muerta, y recuerdos de su amor por él: conciencia de su falta de correspondencia, y de que ha dejado todo incompleto, sin acabar. Por las calles de Salónica llueve; Alexander encuentra a un niño albanés, clandestino, al que ayudará a cruzar la frontera hacia la libertad y la plenitud. Y el niño le ayudará a prepararse para entrar en la eternidad.

El cine del director griego Theo Angelopoulos -por muchos considerado un maestro del cine- no rompe las taquillas, no es pan y circo; que una Palma de Oro del Festival de Cannes, en 1998, tarde dos años en estrenarse aquí es prueba de ello, en un momento en el que se cultiva en primer lugar la facilidad superficial y cómoda.

La consideración de la muerte, tema inacabable, tiene en Angelopoulos un tono sereno y melancólico, tratado con profundidad poética, con aliento trascendente. La narración es pausada, como quien deja su última mirada sobre todas sus cosas amadas, cargada de presagios y sugerencias. Alterna los recuerdos en imágenes luminosas, marinas de mediodía, escenas festivas; y el hoy, en grises diurnos, ocres de atardecer, y la noche sobre el mar, punto final del relato; escenas de despedida. El mar, con su fuerza evocadora, siempre presente en esta alegoría del hombre y su destino. Voces en off, preguntas que inquieren sobre la vida que se ha vivido, la conciencia, poemas…

Una película en tono mayor, en cierto modo declamatoria, con rasgos barrocos…, y al mismo tiempo sencilla y realista, mediterránea.

Pedro Antonio Urbina