Kandahar

TÍTULO ORIGINAL Safar é Ghandehar

GÉNEROS

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Director y guionista: Mohsen Makhmalbaf. Intérpretes: Nilovfar Pazira, Hassan Tantaï, Sadou Teymouri. 85 min. Jóvenes.

Se estrena esta dramática road-movie justo cuando la ciudad santa afgana de Kandahar está a punto de ser liberada de la opresión talibán. En ella, el veterano cineasta iraní Mohsen Makhmalbaf confirma definitivamente la maestría que ya anticipó en Gabbeh y El silencio.

La protagonista es Nafas, que en afgano significa “respiración”. Se trata de una joven periodista afgana, refugiada en Canadá desde la guerra talibán de 1996, y que a finales de 1999 viaja clandestinamente de Irán a Kandahar. Su objetivo es salvar a su hermana pequeña, que perdió las dos piernas al pisar una mina y que le ha comunicado por carta que se suicidará dentro de tres días. Nafas registra en una grabadora las razones para vivir que se le ocurren a ella misma o a sus protectores: un afgano con cuatro esposas de diversas razas; un pilluelo expulsado de una madrasa (escuela coránica) y que expolia los cadáveres del desierto; un camuflado médico afroamericano que “encuentra a Dios ayudando a estos pueblos”, y un ladrón manco capaz de mentir sobre su madre para conseguir unas piernas ortopédicas.

Makhmalbaf se ha basado en hechos reales y en un exhaustivo trabajo de documentación, que ha reunido en el ensayo Afganistán, un país sin imágenes. Sobre esta sólida base, constata la deshumanización de la guerra y la pobreza -“las armas son lo único moderno en Afganistán”, señala alguien con desazón-, al tiempo que lanza una dura crítica al fanatismo del régimen talibán, al que califica de “ejército de la ignorancia”. Por un lado, la película denuncia su exaltación de la violencia al mostrar cómo en las madrasas se enseña a los niños el uso de la espada y del fusil al son de la recitación textual del Corán. También arremete contra la prohibición de cualquier representación de la persona, y por tanto del cine y la televisión. Pero donde Makhmalbaf muestra una especial sensibilidad es en su condena del desprecio de los talibanes hacia las mujeres, a las que denominan siya-sar (cabezas negras), pues deben ir embutidas en los asfixiantes burkas. Además de censurar la prohibición de ir a la escuela y a los baños públicos que pesa sobre ellas, desvela su grotesca obligación de hablar con los médicos a través de un intermediario y sin mostrarles más de lo que pueda verse a través de un pequeño agujero en la sábana de separación.

Maklhmalbaf enjuicia todo desde la ortodoxia islámica iraní, y sin dejar de exaltar los principales valores humanos y religiosos, entre los que subraya la esperanza. No oculta la película que “en Afganistán, la esperanza de una razón para vivir es una abstracción”. Como dice un personaje, “desde hace veinte años, muere alguien cada cinco minutos; se pierde la esperanza cada cinco minutos”. Sin embargo, Maklhmalbaf no se queda en esa constatación paralizante, sino que obliga a sus personajes a exaltar la esperanza, a la que define como “agua para el sediento, pan para el hambriento, amor para el solitario y, para una mujer tapada, el día en que le verán el rostro”. De ahí que acabe proclamando sin rubor que “por muy altos que sean los muros, más alto es el cielo”.

Este programa antropológico lo presenta el director a través de la emotividad que generan las interpretaciones de los escasos actores profesionales y las dramáticas presencias de algunos de los dos millones y medio de refugiados afganos que hay en Irán. Unos y otros son mimados por la cámara de Makhmalbaf, cuya puesta en escena aúna la cercanía del realismo documental con una sorprendente capacidad poética, próxima a veces a la abstracción o al surrealismo. En este sentido, resulta antológica la patética y pasoliniana carrera de los lisiados por las minas hacia las piernas ortopédicas que caen del cielo tras ser lanzadas en paracaídas. En cualquier caso, tanto el realismo como la poesía se ven reforzados por la espléndida fotografía de Ebrahim Ghafouri y por la sugestiva partitura de Mahamad Reza Darvishi, que incluye varias canciones populares afganas.

Queda así una obra mayor, de alta calidad estética y antropológica, y que permite al espectador occidental superar posibles prejuicios y tener una visión más rica y ponderada de la cultura islámica.

Jerónimo José Martín