John parpadea de forma extraña, se sacude, escupe, dice vulgaridades y pone los ojos en blanco. También salta involuntariamente, le da besos a las farolas que están “torcidas” y pega puños al aire… o a quien sea que tenga a su lado derecho. Sufre de síndrome de Tourette, un trastorno neurológico crónico que causa tics, comportamiento compulsivo y, en ocasiones, gritar obscenidades aleatorias.
Kirk Jones (La niñera mágica, Despertando a Ned) es el director y guionista que traslada a la pantalla la historia de John Davidson, quien recibió su diagnóstico cuando tenía 15 años, en una sociedad tan poco sensible a lo diferente y tan centrada en lo cortés como podría ser la Gran Bretaña de los ochenta.
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El motor de Incontrolable son las conexiones personales. Tal vez a eso se deba la decisión de omitir que Davidson, a lo largo de su vida, ha tenido también una importante faceta pública: fue el protagonista de diferentes documentales con la BBC, lo que le sirvió como plataforma para el activismo. El film apuesta, así, por un tono más intimista, que resalta y subraya la importancia de las relaciones humanas para la identidad de cada uno. Ahí juegan un papel importante las actuaciones de Robert Aramayo (Dance First, Animales nocturnos), que da vida al protagonista, Maxine Peake (la madre adoptiva) y Shirley Henderson (la madre biológica), quienes son capaces de mostrar, a través de miradas y gestos, cómo John Davidson supo sobreponerse a algunas de las limitaciones derivadas de su diagnóstico de Tourette.