Hairspray

Director: Adam Shankman. Guión: Leslie Dixon. Intérpretes: Nikki Blonsky, John Travolta, Michelle Pfeiffer, Christopher Walken, Amanda Bynes. 117 min. Jóvenes. (SD)

DIRECCIÓN

GÉNEROS

En 1988, el casi siempre impresentable John Waters rodó una película titulada Hairspray (“Laca”), que consiguió hacer bastantes adeptos, acerca de una adolescente de Baltimore de los años 60, que sueña con acudir al Corny Collins Show, un programa de baile de la televisión local. La historia de Tracy Tumblad, que superaba las dificultades de su figura rechonchita para triunfar meneando el esqueleto, se trenzaba con una lucha más importante, la de la integración racial. Una historia así, simple y con buenas intenciones, era carne de cañón de musical de Broadway, y en efecto, en 2002, llegó la versión escénica, con música y libreto de Marc Shaiman y Scott Wittman. Han bastado cinco años para que ahora tengamos la correspondiente película, donde John Travolta da el salto de la brillantina (Grease) a la laca, con el papel de la madre de Tracy.

¿Es esta una gran película? La respuesta es no. Las canciones son agradables, muy sesenteras, y la cosa se deja ver. Pero Adam Shankman (Planes de boda, Un paseo para recordar) es un director discreto incapaz de trascender la escasa estructura dramática para ofrecer algo memorable. Así, nos entrega un “pastelito” de buenos y malos, donde da un poco de pena ver a Michelle Pfeiffer en plan seductora “madrastra” ejecutiva de una cadena televisiva; la causa racial queda como excusa para decir “qué fetenes somos” -se hace difícil imaginar a un Spike Lee, pongamos por caso, filmando en esta dirección- y las puyas al puritanismo -la “beata” encarnada por Allison Janney, la CJ de El ala oeste de la Casa Blanca– resultan impropias de un musical de estas características.

Quizá lo mejor es el descubrimiento de la jovencita Nikki Blonsky, una encantadora protagonista; y sin duda tiene mérito Travolta, convertido en oronda mujer y esforzándose por bailar con ritmo, aunque alguien debería explicarnos alguna vez por qué tanto empeño en complicadas tareas de maquillaje, cuando seguro que hay ahí afuera alguna señora gruesa encantadísima de hacer el papel de madre de Tracy.

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